Mitos urbanos, leyendas, sugestión colectiva, miedo y apariciones. Un cóctel sabroso y prohibido que las sociedades toman. En algunos casos para escaparse de la realidad concreta. En otros, para encarnar un enemigo muchas veces difícil de corporizar. “La Llorona”, el personaje que estaba en boca de todos los santafesinos en la década del setenta y cuya historia se reconstruye, siempre parcialmente, en varias líneas que hilvanan este relato.

Rodolfo Carlos De los Santos, a quien la Justicia santafesina detuvo hace treinta años, fue el acusado de darle vida al personaje que inundó cada uno de los comentarios de los aterrados santafesinos en los años setenta.

Tres décadas después, “el asustador urbano”, recorre los fríos pasillos del Penal de Las Flores, en la capital santafesina. Fornido, decididamente mulato y viejo, deja deslizar las piernas cansadas. Lo acompaña en cada paso el desaliño, el dolor fisíco y el juicio de una leyenda.

Va y viene por la granja de la cárcel y cuando el sol abriga el lado externo de los muros, se anima a golpearle la ventana al despacho del juez de ejecución penal. -“Lo hace todos los días”, dirá el magistrado.

Rodolfo Carlos De los Santos nació el 6 de octubre de 1935 en Santa Fe. El hijo de Eleonor Mattier y Carlos de los Santos supo pasar su infancia en el norte de la ciudad, donde, se sabe, muy pocas veces llueven sueños.

A pesar de todo, pudo formar una familia. Se casó con Nélida Nuñez, con quién tuvo dos hijas: Nélida y Angela. También se sabe que tuvo dos hermanos: Ciro y Oscar, de quienes se desconoce su derrotero en esta parte del mundo terrenal.

Cursó los estudios primarios –según sus palabras – hasta el segundo grado del viejo plan de estudios. Suficientes para saber leer y escribir. Y de la infancia, escasa en contenciones y afectos, saltó a la adultez con el dolor pegado al alma y el paladar.

No demorarían en precipitarse los problemas con su mujer a quién, según las actuaciones policiales consultadas, golpeaba con frecuencia. Dice el sumario policial, que fue detenido el 6 de octubre de 1.973 por prácticas incendiarias. Entonces, el juez de Instrucción de la Primera Nominación, Dr. Municoi, lo envía al Hospital Psiquiátrico, donde se fugó el 17 de febrero de 1.974.

La vuelta a casa, siempre difícil, no cambió las cosas. Se hicieron más frecuentes las agresiones a su cónyuge y se sumaron los “desórdenes en la vía pública”.

Comenzó a asociarse aquellas correrías con la presencia de un personaje que asustaba a los ciudadanos con un martillo atado a una soga- o una cadena -, que trasladaba en bicicleta, utilizando como celada el llanto de un bebé.

Dormido en el baldío de una edificación en la zona sur de la ciudad, la policía santafesina lo detuvo a finales de noviembre del año 1.974. Y, para un Estado que se preparaba para la carnicería del Proceso Militar, nada mejor que poner fin a una leyenda.

Fue así. O así se intentó que sea. Se encontró un vaso comunicante entre “el monstruo asustador de niños y ancianos” y el hombre desgreñado y a la intemperie, localizado entre los escombros que derramaba la construcción en marcha.

El 27 de noviembre de 1.974 se le abre una causa por “agresión, lesiones y tentativas de violación”. El sumario policial indicó que De los Santos era inimputable por sus antecedentes y el Juez de Instrucción de la Tercera Nominación de entonces ordenaba, en su resolución, una “medida de seguridad” para el ciudadano De los Santos. El secretario de la Primera Secretaría del Juzgado, Danilo Guillermo Imhoff, resolvió que “atento al artículo 52 del Código Penal, el ciudadano De los Santos será trasladado a una dependencia policial o penitenciaria con una medida de seguridad, de acuerdo a su insanía”. La historia será rápidamente archivada en la grisura de los cajones tribunalicios, como el Expediente 540, Folio 197 del año 1.974.

SEGÚN PASAN LOS AÑOS

Tres décadas después, Notife fue en búsqueda de la leyenda al Penal de las Flores, enclavado en el norte de la ciudad.

La radio se enciende y alerta sobre la ola de frío polar que avanza sobre el Litoral, las disputas gubernamentales, la reforma del régimen electoral y las precarias condiciones de los inundados hacinados en las carpas del barrio La Tablada.

El presente se toma licencia y husmea en el corazón de un hombre aferrado a Dios y a unos pocos medicamentos que lo mantienen de pie.

“Me llamo Rodolfo Carlos De los Santos (…) me dicen La Llorona. Desgraciadamente tuve ese nombre porque muchos no saben que yo he sido un buen hombre en todo sentido. Pero desgraciadamente me pasó este caso. Yo no he cometido tantas infracciones como dicen. He sido, como cualquier hombre, solo que me faltaron un poco de palabras para defenderme, porque yo nunca había estado preso. Yo acá recuperé todo lo que me faltaba afuera. Estoy prisionero, pero en realidad, todo me fue bien”, arranca el relato De los Santos, el que enhebrará, sin darle descanso a su cabeza, que movió en forma circular y sin pausa durante toda la charla.

– ¿Cómo surge el apodo? – El apodo surge de la misma sociedad. Pero yo no he hecho tantas cosas como se dijo, he sido un hombre común. La verdad es que, en realidad, yo no soy La Llorona, porque no me han llevado a reconocimiento, no me han llevado a nada por estilo, así que yo no tengo ningún motivo para difundir que ciertamente yo lo soy. Pero ya que estoy por eso, lo acepto. Acá, lo digo con todo el corazón, soy La Llorona, pero allá, en el cielo, no lo soy, porque Dios no lo va a permitir, porque me he confesado y he dicho todo lo que he hecho. Yo me arrepiento porque soy ser humano y porque a Dios no lo conocía como lo conocí acá. Yo era un extraviado, pero tengo a ese Dios que me ayuda en todo. Lo único que le digo a la gente que no se lleve por los cuentos, porque eso, no sólo me afecta a mi, sino a quien fue La Llorona. Yo, ya no soy un inimputable, soy libre, yo no tengo nada que ver en eso”.

José Luis Pagés, cronista de Policiales y Jefe de la Sección Sucesos del Diario El Litoral recuerda: “Yo no hacía periodismo en esa época, pero estaba al tanto de las andanzas de un personaje que para mi siempre será de ficción, porque formaba parte de la leyendas urbanas que circulan popularmente. La historia de La Llorana tiene su origen a comienzos de los años setenta cuando estaba el Gobierno Militar de la Revolución Argentina (Onganía, Levingston, Lanusse). Recuerdo que ‘Nuevo Diario’ (un matutino ya extinguido) se ocupaba del personaje y recuerdo una caricatura donde lo presenta como un personaje anodino, sin una definición precisa entre hombre y mujer, con rostro sufriente y aferrado a una bicicleta donde, también, colgaba un martillo atado con una cadena que, al parecer, era el arma con la que había atacado a unas personas, supuestamente”.

Pagés es memorioso. Su meticuloso relato es construido literariamente. “En definitiva, nadie sabía muy bien quién era La Llorona y a nadie le convenció mayormente que De los Santos, un personaje de la vida real, pudiera corporizar un personaje que todo el mundo prefiere seguir creyendo que es de ficción. Es como si de golpe te presentaran a alguien y te dijeran ‘esta es la solapa’. Cuando alguien, entonces, se refería a La Llorona no se refería claramente a un hombre o una mujer, ni siquiera a un ser humano. Era como una aparición fantasmagórica (…) se escuchaba el llanto de un bebé. En algunos casos parecía un bebe abandonado en la puerta de una casa.”.

ANTES DE “LA LLORONA”

“Yo me había comprado un carrito y pensaba trabajar de ‘ciruja’ para juntar unos pesos y comprar mercadería para ser verdulero. Tenía mi casa, mi terreno, yo vivía en Pompeya, en (las intersecciones de las calles) San Lorenzo y Larrea. Extraño, porque fue mi barrio, pero no puedo ir porque me han vendido todo y yo no agarré ni cinco centavos. El barrio era lindo, pero ya no hay un lugar para mí”. Se lamenta De los Santos. Mueve la mandíbula como si mascara chicle y durante toda la charla dejará sus manos cruzadas sobre la mesa. Solo desarrugará sus dedos gordos, anchos, callosos para prender un Derby.

“Desgraciadamente soy un poco corto de palabras y estoy tomando remedios, eso me quiero sacar en el hogar, se lo digo con franqueza, no estoy mal acá pero quiero irme para allá (por el Hogar de ancianos donde será trasladado) porque los años pasan y uno se tiene que acomodar porque los años pasan. Me gusta tener la casa limpia, si me aceptan, a buena hora. Yo me voy por un mes, sino me aceptan vuelvo acá”

“LA PIOJERA”

Rodolfo Carlos de los Santos, estuvo detenido cuatro años en la Alcaidía de la Jefatura de Policía de Santa Fe. Allí pasó, tal vez, los peores años de detención. José Pagés, entonces encargado de Prensa de la Policía, rememora: “Yo recuerdo que a De los Santos lo ‘cargó’ la Policía y lo depositó en ‘La Piojera’, que era un recinto realmente deplorable y, si hoy está sobrepasada la capacidad de gente, en aquellos tiempos era peor porque la suciedad era espantosa. En verano los presos comían y yo los veía desde los altos comiendo un guiso repugnante, todos rodeados de moscas, en ‘cueros’, sobre el piso grasiento, rodeados de tachos con desperdicios… A ése lugar lo mandaron, pero no era compatible con los otros presos, por la leyenda que lo rodeaba. Para todo el mundo era La Llorona. Vivió en el patio, en la parte externa y no adentro con los demás detenidos…como el perro que duerme en el patio. Con el tiempo, fue a parar (a la Alcaidía) otro personaje de la ciudad que era siniestro y tenebroso. Era un exhibicionista que andaba por calle San Martín y que se lo conocía por el apodo de ‘El Zorro’. Desde adentro de La Piojera fueron instigados a pelearse. El Zorro lo había ‘molido a palos’ y después fue trasladado. Al tiempo volvió, pero ya estaba maltrecho”.

De los Santos también viaja en el tiempo y describe ése lugar lúgubre. “Estuve cuatro años en la Alcaidía (…) estuve trabajando ahí. Tuve un kiosco adentro, le pedí al señor Alcalde que me dejara hacer algo y me lo dio. Así que no puedo quejarme de los policías, porque ellos me dieron todo, toda la vida. Desgraciadamente tuve que pasar todos estos años acá adentro. Vine acá (a la cárcel de Las Flores), estuve en el pabellón disciplinario de la Cárcel Vieja, después pasé a la nueva. De ahí, pasé a los pabellones, donde estuve 17 años. Desde hace trece, estoy en la granja”

Prefiere no acordarse de los golpes, de las riñas, del olor a mierda y el guiso repugnante. O, tal vez sí se acuerda. Pero decido no abundar al respecto.

Se lo ve contento con la externación. Solo agrega, como un comentario ligero, fugaz: “tuve una pelea y la empaté, me pagaron cien pesos por eso”. Me mira a los ojos. Serán contadas las veces que levantará la cabeza para charlar.

La orfandad envuelve al recluso. Ya no hay familia. Dice que su mujer falleció – se lamenta – ¿Y nadie viene a visitarlo? – Tenía una nieta, pero mi familia me ha dejado desamparado. Tuve relaciones con mi mujer pero desgraciadamente murió. Mi nieta no viene más porque yo la borré porque me hacia fraude”.

No abundará más – en lo que resta de la charla – sobre datos de sus afectos. O sus viejos afectos.

SE ME CHISPOTEÓ

“La llorona” dice que el personaje de Roberto Gómez Bolaños (el Chavo del Ocho) lo hizo reir mucho. Pero no oculta su disgusto por las sucesivas brabuconadas del compañero de andanzas de Quico, La Chilindrina y Don Ramón. En su pequeña casillita se encierra a ver la tele.

– ¿Mira la televisión en su casita?

– Veo los partidos de fútbol de Europa, películas y documentales. Si puedo veo los partidos de Colón, porque soy colonista y también los partidos de la Selección y me parece que Bielsa tiene que dar un paso al costado porque no sabe cómo hacer las cosas. También veo “El Chavo”. Ahí salí cuatro veces porque “El Chavo” me nombra y tengo ganas de hacer una queja porque me nombra, pero no se la hago porque eso ya pasó. Es un hombre grande, gordo, casado, que me ha hecho reir mucho por eso no hago nada.

-¿Y cree que hace referencia usted?

– Si, si. No presenté las quejas porque me ha hecho reir mucho y me confortó mucho.

Sin señalárselo, Pagés encuadra la anécdota: “La Llorona, como personaje legendario, es originario de América. Tiene unos cuantos siglos de existencia, es prehispánico, guarda relación con los sueños premonitorios que tenían los pobladores de México antes de la llegada del español. Al parecer, La Llorona andaba gimiendo por ahí porque presentía la llegada del hombre blanco y se dolía por la suerte de sus hijos. Por eso, en el ‘Chavo del Ocho’ aparece un personaje que decía ¡¡¡Ayy, mis hijos!!!. Bueno, ésa es La Llorona de los mexicanos”.

LA EXTERNACIÓN

De los Santos está contento. Está cerca de cumplir 69 años. También está muy cerca la posibilidad que sea trasladado a un hogar de ancianos. “Es una buena noticia y ‘me da agrado’ porque me lo consiguió el cura del penal. El me saca a pasear por todos lados, me da aliento para todo y eso me conforta y me da aliento para todo. Hace un año y medio que estoy con él. Me viene a buscar, nos vamos a comer, hacemos las compras, pero él no paga nada, todo lo pago yo”, se ríe.

El “cura” al que hace referencia es el capellán del Penal, el sacerdote Dante De Biaggi. Párroco de la Iglesia del Tránsito y uno de los gestores del traslado al Hogar Don Guanela.

Para la psiquiatra Gabriela De Paoli, la situación del recluso es compleja, pero confía en su externación. De Paoli es amable, sensible y muy rubia.

Hace varios años que atiende psicológicamente a De los Santos. Lo describe así: “Es un hombre que, después de treinta años encerrado, lleva rasgos de institucionalización. Es una persona sumamente afable, educado, respetuoso, con muchos vicios que yo creo que tiene que ver con su edad avanzada. Es una persona con una posibilidad de reflexión muy limitada. Es pueril, inmaduro, infantil en sus planteos y altamente influenciable. Escuchó que prontamente va a ser externado y se ‘embala’, en estas posibilidades ‘del afuera’”.

“En el afuera – continúa la psiquiatra – algo se viene intentando desde hace bastante tiempo, ahora surge la posibilidad del hogar (…) no es una persona violenta y queremos que se rodee con personas afines”.

– ¿Le leyenda que rodea a De los Santos puede traerle inconvenientes en la externación?

– La leyenda puede tener, socialmente, dificultades. Tal vez no desde él. Creo que ha tenido un peso esta leyenda en la sociedad, que pide encierro, seguridad y controles. Pensar que alguien que tuvo un peso muy fuerte en el afuera como “asustador” creo que va a significar, por lo menos, tenerlo en cuenta. Esto le puede jugar en contra. Las leyendas no tienen edad. El capellán Dante de Biaggi es quien más contiene a De los Santos y quien está más en contacto. Es decir, De los Santos se siente contenido y reconocido por el capellán, porque es quien le consigue hasta los medicamentos y es quien, más activamente, está trabajando en la externación.

SOBRE LA LEYENDA

“Vos me sorprendes diciéndome que lo encontraste. Yo no lo sabía. Tal vez aboné a esta leyenda, más que a la realidad”, dice José Luis Pagés. –

¿Piensa que, efectivamente, De los santos era “La Llorona”? – Yo no sé si era La Llorona o, como se dice, “le colgaron la gallina”.

-¿Y entonces?.¿Qué sospecha?

-La presencia de La Llorona había creado un estado de conmoción pública. Los chicos vivían aterrados, la gente mayor no hablaba de otra cosa. Habia un estado de conmoción que los vecinos salían en grupo, como en las películas de Woody Allen, tipo patrulla, a ver si agarraban al personaje. Todos los días contaban que ‘casi lo habían agarrado’ y estos relatos se escuchaban en Santa Rosa de Lima, Coronda o Laguna Paiva. Había un fenómeno de sugestión colectiva. Yo no sé si con la captura de este hombre, no se puso fin a un episodio de ‘cosa descontrolada’ y fuera de lugar para un Gobierno que le gustaba tener los arbolitos pintados de blanco. ¿Me explico?.

CASILLEROS SIN RESPUESTAS

¿Habrá sido éste De los Santos, que pernocta en la cárcel, el asustador de los años setenta?. ¿Será ese hombre morocho y ancho, que habita despreocupadamente en la Unidad Penitenciaria Nº2, “La Llorona”?. ¿Pudo haber sido este sujeto amable, tímido y sufrido el que simulaba el llanto de un bebé para atacar sin piedad a los santafesinos?.

Todas las dudas que plantea esta reconstrucción siguen vigentes.
Es – parafraseando a Eduardo Galeano – como la persecución de la palabra que huye. O, en todo caso, una posible respuesta.

Tal vez, no hay respuestas. Solo preguntas.

Quizás, es la única forma de mantener vivo al mito.

Pasaron tres décadas. Y usted, impaciente lector, es probable que deba esperar otros tantos años para responderlas.