Se hace necesario un urgente, fuerte y estructural rediseño del Fondo Monetario Internacional para que pueda prevenir crisis y ayudar a su solución, cambiando el rumbo que lo llevó de prestamista de fomento a acreedor con demanda de privilegios.”

Con ese mazazo verbal y otros repartidos a lo largo de más de una carilla de las casi seis de su discurso, el presidente Néstor Kirchner tomó el podio de la Asamblea General de la ONU para responder con dureza las críticas —también públicas— que el titular del FMI, Rodrigo Rato, le había lanzado el lunes.

“No cualquier superávit es defendible”, le espetó Kirchner —sin nombrarlo— a Rato, quien un día antes insistió en que un 3 por ciento no basta y que Argentina debería conceder el 4 por ciento de su superávit fiscal primario para el pago de la deuda.

“Cuando los superávit se logran merced a la eliminación de las inversiones en infraestructura física o social se afectan de tal modo la posibilidad de sustento político y el crecimiento que termina por hacerse de algo virtuoso un instrumento de desequilibrio negativo para el país y para el funcionamiento global de la economía”, sostuvo Kirchner.

Para entonces se percibía un clima de mayor atención en la sala de la Asamblea y el tradicional murmullo que acompaña los discursos vespertinos se había acallado unos cuantos decibeles.

“Nos hacemos cargo de la adopción de políticas ajenas que nos llevaron al peor de los mundos. Pero no basta con la simple aceptación por parte de los organismos multilaterales de crédito respecto de su error al aconsejarlas, exigirlas y apoyarlas”, señaló Kirchner, que a cada línea iba levantando el tono de voz.

“Ellos harán un mea culpa y nosotros veremos crecer la cantidad de pobres si les volvemos a hacer caso. Por eso decimos que los que más reformas estructurales necesitan son esos organismos de crédito internacional”, replicó el Presidente.

Kirchner también instó a “evitar el funcionamiento de normas absolutamente inequitativas, como muchas veces pasa en los propios organismos multilaterales de crédito, que se terminan convirtiendo en problemas durísimos para muchísimas naciones del mundo”.

Entre inquietos y excitados se revolvían en sus bancas varios de los miembros de la comitiva. Los legisladores (Jorge Yoma, Mario Losada, Miguel Pichetto, Horacio Pernasetti y José María Díaz Bancalari), el canciller Rafael Bielsa, el embajador ante la ONU, César Mayoral, y el secretario de Legal y Técnica, Carlos Zannini. En una bandeja lateral estaba todo el resto, salvo la primera dama, Cristina Fernández de Kirchner.

En consonancia con Kirchner, el brasileño Luiz Inácio Lula da Silva también deslizó ayer críticas al papel del FMI, y resaltó la “relación estratégica” con la Argentina, dato que causó satisfacción en la delegación que acompaña a Kirchner.

Al comienzo del mensaje, el Presidente también criticó la invasión estadounidense a Irak, aunque con términos más sutiles. “No existe alternativa aceptable a la acción multilateral” (es decir la de la ONU) y “la única legitimidad para el uso de la fuerza debe provenir de las decisiones del Consejo de Seguridad”, apuntó.

“Es central para enfrentar con éxito el terrorismo contar con legitimidad en la respuesta y respaldo en la opinión pública internacional”, completó Kirchner, quien, de todos modos, hizo un diplomático balance en torno a la cuestión del terrorismo. “Condenamos con firmeza los actos de terrorismo internacional y sus delitos conexos que tan profundas huellas han dejado en la memoria del pueblo argentino (…) asignándole máxima prioridad.”

Hacia el final, Kirchner se refirió a las islas Malvinas y tras reiterar la tradicional fórmula de cada año apuntó que deseaba “reafirmar una vez más la permanente disposición de nuestro país a alcanzar una solución justa, pacífica y duradera de esta disputa de soberanía. Exhortamos al Reino Unido a dar pronto cumplimiento al llamado de la comunidad internacional a reanudar las negociaciones”. Mientras tanto, en su banca, una joven de la delegación británica tomaba notas febriles del discurso.