Mientras las protestas se van extendiendo y profundizando en el mundo árabe, el precio del petróleo se dispara y el valor de la onza de oro sube a niveles récord. Se trata de una reacción lógica, que refleja temores por la situación política en varios países productores de crudo y el impacto que la suba de este último tendría en la inflación y el crecimiento globales.

Sin embargo, ello podría ser sólo el efecto más inmediato. Vale recordar que las manifestaciones tuvieron como desencadenante al alza global de los precios de los alimentos, que actuó como la llama en un entorno altamente combustible: postergación de derechos sociales, subdesarrollo permanente y regímenes autoritarios encabezados por líderes corruptos. Quizás el símbolo más patético de dicho cuadro sea Khadafy, quien dejó de abrazar la causa de la revolución para aferrarse a la del bótox.

Al aumento de la demanda global de la comida debido al extraordinario crecimiento económico de países superpoblados se le opone una restricción que puede postergarse por un tiempo pero finalmente resultará ineludible: para obtener alimentos hace falta tierra fértil, y para ello también se requiere agua. Ambos recursos son limitados.

Lamentablemente, todo parece indicar que vastas regiones del mundo deberán enfrentar el desafío de la escasez de agua. Y no se trata sólo de la tendencia descripta en el párrafo anterior sino que el problema se agrava debido que al cambio climático provoca una disminución en la disponibilidad de agua potable.

Al igual que ocurre con los combustibles fósiles, nuestro consumo de agua también es mayor que lo que el proceso natural repone. De acuerdo a Jeffrey Sachs, economista y director del Earth Institute de la Universidad de Columbia, cerca de 1400 millones de personas viven hoy en zonas donde el uso actual del agua tiende a exceder la velocidad con la que se renueva su fuente.

La falta de agua podría dar lugar a problemas geopolíticos. La historia muestra que si su suministro no está garantizado para el hombre, sus cultivos y su ganado, suelen producirse conflictos. Y no estamos hablando de países que algún desalmado podría considerar como periféricos. Dos potencias nucleares rivales, India y Paquistán, se encuentran comprometidas en sus fuentes de agua potable. Lo mismo ocurre con la llanura septentrional china, con Irak, Irán y la península arábiga. Para peor, como los cursos de agua atraviesan muchas veces amplios territorios, hay países que dependen de la acción de otros en cuanto a su potencial disponibilidad. Para citar sólo algunos casos, Bangladesh depende de la India; y Palestina, de Israel.

No solemos valorar el agua que tenemos disponible ni cuánto en realidad la utilizamos. No es sólo lo que bebés por día, ni su uso para asearte o lavar los platos. Ni siquiera de la ridiculez de dejar la canilla permanentemente abierta a la hora del cepillado de dientes o de afeitarte. Nos olvidamos que todos los procesos industriales, mediante los cuales se fabrican las cosas que consumimos, requieren de agua.

En su libro "Historia de las cosas", Annie Leonard estima que el cultivo del algodón para una simple camiseta insume casi 1.000 litros de agua y que en la fabricación de un auto estadounidense promedio se utilizan cerca de 150.000.

Nuestro país cuenta con buena disponibilidad de este recurso que a futuro será clave. Sin embargo, no se conoce ningún análisis riguroso sobre la sostenibilidad del uso que le estamos dando y cómo cuidarlo mejor (¿lavamos los autos en la calle? ¿aún se riega por inundación en varios procesos de cultivo? ¿se paga por el consumo realizado? ¿el precio es el correcto?). Sería un crimen darnos cuenta de la enorme riqueza que hemos desperdiciado runa vez que ya no la tengamos. Todavía estamos a tiempo de repensar nuestra política al respecto, que puede llegar ser una de las más relevantes para el largo plazo.

Hace unas décadas la campaña publicitaria de una bebida alcohólica (Añejo W) puso de moda la frase "No va a andar". La idea era que los pesimistas que daban semejantes augurios se equivocaban. En una de ellas se veía un antiguo jeque árabe que no se dejaba convencer de las bondades de la explotación petrolera y expresaba: "Agua negocio de hoy y de futuro. Petróleo nadie usa. No va a andar". Quizás no estemos tan lejos de convertir lo que antes era un chiste en una agobiante realidad.