En la novela "Un Mundo Feliz" de Aldous Huxley se describe una sociedad signada por el avance tecnológico y por el control de las personas. En esa fantasía, mezcla de ciencia ficción y pesimista predicción, la eliminación de la individualidad, del ejercicio intelectual y de los sentimientos extremos a través de la ciencia y el condicionamiento psicológico permite construir un entorno más estable, de características dictatoriales pero donde una satisfacción vana es la norma.

El rol de la tecnología está simbolizado por la religión oficial de ese mundo utópico: su dios es Henry Ford, el creador de la producción en masa. Y el símbolo que utilizan no es ya una cruz sino la letra "T" debida al histórico modelo de la marca del óvalo. El condicionamiento al que se ven sometidos los seres es abrumador y va desde la manipulación genética, una educación que incluye la hipnopedia (adiestramiento con altavoces mientras se duerme porque "62.400 repeticiones hacen una verdad") y el consumo de una droga denominada soma que "con un gramo a tiempo, te pone contento".

Últimamente no puedo sacarme de la cabeza la idea de que algo nos tiene narcotizados y distraídos con respecto a nuestro porvenir. Hace unas semanas un amigo oficialista me expresó su convicción de estar viviendo el momento de discusión política más profundo y fructífero desde el retorno a la democracia. Me sorprendí porque, por el contrario, pienso que estamos inmersos en una endogamia que se esmera en dar debates cada vez más superficiales.

En el mundo están ocurriendo cosas significativas. La disponibilidad de dos de las principales fuentes de energía del planeta, el petróleo y lo nuclear, están siendo afectadas por la rebelión en los países árabes y el tsunami en Japón. Varios países de la Unión Europea se acercan a la cesación de pagos. China continúa creciendo y demandando alimentos pero debe enfrentar tensiones internas que podrían derivar en el enfriamiento de su economía o mayor inflación. Los EE.UU. padecen un severo problema fiscal que enfrenta agriamente a sus dos principales partidos. Y el desempleo juvenil en el mundo desarrollado se ha transformado en un problema social que tendrá efectos duraderos.

Todo ello tendrá fuertes impactos globales y consecuencias en cómo la Argentina se debe pensar como país. Sin embargo es difícil encontrar lugares de reflexión rigurosa sobre los desafíos que enfrentamos, tanto los auto-generados como los que el entorno nos presenta. ¿Pero qué es lo que nos distrae y nos hace despreciar tanto los obvios inconvenientes domésticos como esa agenda de largo plazo?

En una entrevista que Maximiliano Montenegro me hizo para Página 12 dije lo siguiente: "Durante los primeros años de la Convertibilidad hubo crecimiento del 8% en promedio, pero aumentó la desigualdad y algunos sectores quedaron excluidos del boom de consumo. Los más pobres, aún durante el principio de la Convertibilidad, empeoraron su condición quedando fuera del sistema productivo". La misma se publicó en 1997, un año en el que la economía logró un crecimiento del 8,1%. Habíamos dejado claramente atrás el cimbronazo del Tequila: el consumo se multiplicaba, el crédito subía, los préstamos hipotecarios eran cuatro veces más comunes que hoy, estábamos inundados de productos importados y viajar a Miami parecía habitual. Pero esa comodidad del acceso a bienes y servicios impedía a un sector importante de la sociedad ver lo que estaba teniendo lugar debajo de la superficie.

En 2010 crecimos a un ritmo similar al de 1997. Y el consumo tuvo un comportamiento casi desenfrenado, impulsado por los mayores ingresos de muchos sectores y también por el nulo incentivo a ahorrar y a invertir que genera la dinámica inflacionaria. Podemos creer que todo está en orden y solazarnos con la venta de electrodomésticos o automóviles y las cifras récord de turismo en la Semana Santa venidera. Pero estar peleando el podio mundial de aumento de precios con Venezuela y cuadriplicando los valores del resto de los países de nuestra región son claros indicios de que algo no funciona como corresponde. La inflación constituye una hipoteca sobre nuestro futuro. Y solamente sirve para mantener temporalmente un estándar de confort que contribuye a que neguemos la realidad.

Mustafá Mond, uno de los líderes globales en la ficción de Huxley, describía la droga oficial de la siguiente manera: "Y si alguna vez.ocurriera algo desagradable.siempre se puede disponer del soma, que puede ofrecernos unas vacaciones de la realidad. Usted se zampa dos o tres tabletas de medio gramo, y listo. Actualmente cualquiera puede ser virtuoso. Uno puede llevar al menos la mitad de su moralidad en el bolsillo, dentro de un frasco". El consumo es nuestro soma.