Pareciera que la crisis de 2001 está destinada a quedar para siempre en nuestra memoria. Los recuerdos de esa época se tornan imborrables por el sufrimiento que nos tocó vivir y también porque desde el Gobierno se la revive continuamente como una fácil contraposición.

Ahora nuestra experiencia recorre también el mundo como una herramienta pedagógica para explicar la profunda crisis en la que están sumidos algunos países europeos. Nuestra historia se usa así para argumentar cómo una construcción política que representaba el cenit de la civilización occidental -la Unión Europea y su moneda única- hoy corre riesgos significativos.

Los griegos son gritones y efusivos. Las calles de sus ciudades son sucias. Pero también son bastante cálidos, amigueros y les encanta la diversión. En algunos aspectos son bastante parecidos a nosotros. Y son varios los analistas que trazan otras similitudes, como la que existe entre aquella economía argentina de fines de la convertibilidad y las circunstancias griegas actuales.

Hablamos de estar atados a una moneda ajena y con un valor ficticio e insostenible. Y que esa paridad haga que el país sea caro para los extranjeros pero barato para viajar al exterior, y que la economía posea baja competitividad y produzca cada vez menos. En ese contexto, una sociedad sólo puede mantener un elevado nivel de vida recurriendo a un fuerte endeudamiento. Y los inversores externos están dispuestos a prestarle durante mucho tiempo porque perciben que el régimen monetario y cambiario otorga certidumbre. Algo que después resulta falso.

La Argentina tardó diez años en conocer en profundidad las tremendas consecuencias de la convertibilidad. Grecia también vivió distraída una década entera: desde que adoptó el euro en 2000 hasta que entendió su condena en 2010. Para ese entonces, ya había perdido un 30% de competitividad respecto de Alemania, una cifra similar al 25% que la Argentina había resignado ante Brasil durante los 90.

Y las semejanzas continúan. El endeudamiento público se incrementó más de 20 puntos del PBI en ambos casos, aunque la deuda griega es hoy dos veces mayor que la argentina en 2001. Y detrás del aumento de deuda, tanto acá como allá, se encuentran los ya famosos déficit gemelos. El déficit público es de 11% en el caso griego mientras era de 6% en el argentino, y el déficit de cuenta corriente en Grecia es de 11% cuando en 2001 era acá de 4%.

Uno muestra que el gasto estatal es superior a lo que el gobierno podría mantener si nadie le prestara, y otro que indica que la sociedad vive por encima de sus posibilidades porque otros países le financian el disparate. Mientras todos mantienen la ficción parecen no haber problema. Pero cuando la burbuja de cristal se empieza a resquebrajar, los inversores financieros se asustan y el famoso "riesgo país" se dispara: el griego se multiplicó por 16 en sólo seis meses.

¿Cómo sigue una historia así? La nuestra ya la sabemos: la Argentina corrigió las inconsistencias que la ahorcaban (déficit gemelos, atraso cambiario, peso de la deuda) con un doloroso desenlace que incluyó cesación de pagos y mega-devaluación. Apenas cinco meses después de ingresar al gran caos, la economía estaba otra vez en la senda de crecimiento. Y eso es precisamente lo que miran algunos al analizar las perspectivas de los griegos. Pero sus circunstancias pueden ser aún más complicadas.

Por ahora se suceden los paquetes de rescate aportados por la propia Unión Europa y el FMI. La ventaja de estos "blindajes" es que tienen un poco más de sustancia que aquel que fue motivo de una campaña publicitaria de la administración De La Rúa a fines de 2000. Pero al igual que en aquellos tiempos exigen como contrapartida importantes ajustes que tanto la sociedad como la economía no parecen en condiciones de digerir (¿te acordás del déficit cero?).

Tarde o temprano Grecia deberá encarar una reestructuración de su deuda. A la hora de diseñarla muchos pretenderán que combine el mantenimiento de una buena relación con los mercados (como el mega-canje de Cavallo) con los resultados de la renegociación obtenidos en 2005 por Kirchner. Casi una contradicción lógica. Y hay quienes sugieren que ni siquiera eso bastaría y que se verán forzados finalmente a devaluar y abandonar el Euro.

Una medida así también era más sencilla en el caso argentino porque significaba que un peso ya no se podía cambiar por un dólar en el BCRA. En cambio, cuando la moneda que hay que abandonar es la misma que la gente tiene en sus bolsillos y usa para las transacciones diarias -como es el Euro en este caso- el asunto se torna bastante más engorroso. Aunque te cause gracias, hay quienes imaginan que una salida podrían ser.¡las cuasimonedas!

Para colmo, nuestra economía estaba relativamente aislada y lo que hiciéramos no afectaba mucho más allá de nuestras fronteras. Grecia, en cambio, tiene un sistema financiero más grande y una deuda mayor, que en parte está en manos de otros Estados y bancos europeos. Y el riesgo del efecto dominó no sólo es financiero sino también político: la manera en que Grecia y la Unión Europea lidien finalmente con este asunto puede teñir la que adopten Portugal e Irlanda para resolver cuestiones similares. En ese caso el impacto ya sería cualitativa y cuantitativamente distinto.

Ahí radica una de las grandes preocupaciones europeas y del mundo, hace poco tan lejanas como que la zona que provee el grueso de la producción global de petróleo esté hoy en un estado de inestabilidad inusitado, que un tsunami en Japón haya puesto en jaque nuestras creencias respecto de la energía nuclear, o que la situación fiscal en los EE.UU. no pueda ser abordada por las disputas partidarias.

El mundo actual presenta para nosotros grandes oportunidades pero también riesgos no menores. A pesar de tener a mano la comprensión de algunos fenómenos por haberlos vivido, poco tiempo empleamos en discutir acerca del verdadero alcance de estas cuestiones y de lo que pueden implicar para nuestro futuro si no leemos con inteligencia las señales y actuamos en consecuencia