Se nota que la explosión que significaron las elecciones del domingo pasado no sólo fue estruendosa, sino que su onda expansiva sacudió algunos cimientos. Las esquirlas de la aplastante victoria macrista continúan impactando en sectores simpatizantes o tributarios del gobierno nacional.

El lunes pasado en Radio Metro discutimos fuera del aire con un amigo después de que él dijera que, como porteño, Buenos Aires y su manera de votar le provocaban náuseas. Soy de la visión de que en una Democracia el resultado que emana de las elecciones es, por definición, siempre el correcto. Y ello significa que no corresponde posicionarse en un plano de aparente superioridad para condenar el voto de la mayoría cuando resulta opuesto a nuestros deseos o convicciones.

Se trata de una reacción común en gobiernos nacionales a los que el electorado de la Capital Federal les da la espalda, que suelen así quejarse por la imposibilidad de entender a su habitantes. En el acto de cierre de la campaña del 2007, Néstor Kirchner les pidió que "de una vez por todas, se acerquen al latir fuerte de la patria profunda, que está sedienta de justicia e igualdad". Después de los resultados de esos comicios, fue Alberto Fernández el que le reclamó "a la Ciudad que sea parte de un país, y deje de votar y pensar como una isla", aunque inmediatamente después tuvo el tino de disculparse por sus palabras. En esta oportunidad fue Aníbal Fernández quien expresó que no le "llama la atención que la Ciudad se le parezca a Macri". Conociendo sus opiniones sobre el Jefe de Gobierno (lo ha tildado sucesivamente de "mentiroso", "vago" e "impresentable", entre otros calificativos) no creo que se trate de un elogio para los porteños.

La frustración de un mal resultado electoral después de la intensidad que conlleva una campaña puede explicar las declaraciones exaltadas. Pero ahora se ha sumado más gente -como mi amigo- que despotrica con vehemencia sin la excusa de haber participado del fragor previo y tener por esa razón las pulsaciones a "mil por hora", como suele decirse cuando un jugador de fútbol reacciona de manera desmedida.

Una de las voces más conspicuas en sumarse a ese coro de indignación es la del músico Fito Páez. Dado que lo hizo mediante una columna en la contratapa de Página 12, parece difícil que sea consecuencia de una "calentura" del momento. El artista escribió que "A la mitad de los porteños le gusta tener el bolsillo lleno, a costa de qué, no importa…le encanta aparentar más que ser. Y lo que esa mitad está siendo. repugna. Hablo por la aplastante mayoría macrista. Da asco la mitad de Buenos Aires…(que) quiere un gobierno de derechas". Con semejantes declaraciones, Páez demuestra que posee sobradas condiciones como para incorporarse al gabinete nacional.

Una de ellas es la incapacidad para aceptar que otro opine distinto y para indagar en sus motivos para ello. En lugar de ofuscarse, el kirchnerismo haría mejor en intentar comprender más acabadamente qué es lo que los porteños rechazan de su accionar, en particular teniendo que enfrentar un ballotagge sumamente desfavorable el 31 de julio.

Quizás uno de los elementos que no gustan en la Ciudad sea esa impermeabilidad a la crítica o la falta de matices ante las diferencias. Probablemente no agrade que todo aquel que no piensa exactamente igual termine siendo considerado un enemigo. O puede que resista la actitud cerrada de centralización en la gran mayoría de las decisiones.

En los resultados de la primera vuelta hay un par de cortes de boleta que merecen la pena ser analizados. Como candidato a legislador porteño, Juan Cabandié -es decir, La Cámpora- obtuvo la mitad de votos que Daniel Filmus. Una parte podría explicarse porque el nombre de Aníbal Ibarra, al ser más conocido, genera una atracción natural, casi automática, para algunos votantes. Pero, de ser así, no se entiende por qué el mismo fenómeno ocurrió con la lista encabezada por Gabriela Cerruti. Una posible explicación es que el rechazo al tinte autoritario de la Presidenta sumado a la incondicionalidad acrítica de La Cámpora sea mayor que el atractivo de la idea de renovación y juventud que esa agrupación pretende representar.

Por otro lado, la fórmula Macri-Vidal sacó tres puntos más que su lista de legisladores, encabezada por Sergio Bergman. No parece tratarse de un voto negativo contra el rabino, sino de un apoyo adicional para Macri en la disputa más emblemática con el gobierno nacional. De ser así, el Frente para la Victoria haría bien en sosegar estas declaraciones de desprecio hacia los votantes y escuchar el mensaje que le acaba de enviar, con un megáfono, la Ciudad de Buenos Aires.

Soy porteño, algo que exhibo orgulloso. Confieso que hasta me agrada la perplejidad de la clase política frente al humor de este distrito a la hora de sufragar. Nunca voté a Macri ni lo votaría, a pesar de que considero valiosos a algunos funcionarios de su administración. Quizás hay otra gente que tampoco simpatiza de lleno con su visión del mundo, pero que termina depositándole el voto ante la permanente intolerancia que demuestra el kirchnerismo. Sería bueno que revise esta actitud. Por sus propios intereses de cara a las elecciones de octubre pero, principalmente, por el bien de la discusión política en nuestro país.