Desde 2003 hecha la economía argentina habrá crecido a un promedio del 6,5% anual. Tan notable performance es debida tanto a factores internos como externos que han ido mutando a través del tiempo, y de su evolución futura dependerá lo que vaya a ocurrirnos de aquí en adelante.

El período 2003-2011 constituye el tercer mejor desempeño histórico detrás de 1903-1911, tiempos de boom de commodities , y 1918-1926, con la actividad económica rebotando después del colapso que significó la Primera Guerra Mundial. Los ocho años recientes combinan elementos de cada una de aquellas dos experiencias: precios récord de nuestras exportaciones y recuperación después de la depresión 1999-2002, en la que el PBI sufrió un desplome acumulado de nada menos que el 20%.

Argentina retomó la senda de crecimiento en mayo de 2002, pero recién en el primer trimestre de 2005 pudo alcanzar el pico previo de producción de octubre de 1998. En esos primeros años, desde el punto de vista macroeconómico crecer era relativamente sencillo: tipo de cambio híper-competitivo, capacidad ociosa que volvía a ser aprovechada, rentabilidad privada muy elevada que permitía autofinanciar la inversión, superávit fiscal y externo que brindaban colchones frente a posibles shocks externos.

Las medidas económicas más importantes de la administración de Néstor Kirchner consistieron fundamentalmente en valientes posturas políticas cuya virtud era la de señalar un rumbo claro: la importancia asignada a la sanidad fiscal y a un tipo de cambio competitivo, la firmeza para renegociar la deuda pública, el rechazo a la injerencia de visiones externas respecto del manejo de la política económica local, aumentos en los mínimos de salarios y jubilaciones (imponiéndose a una precaución heredada de la crisis pero que ya no tenía sentido), la postergación inicial de la renegociación con las empresas de servicio público privatizadas (a un costo menor a los dos mil millones de pesos de subsidios). Eran años de un mundo que crecía bien por encima del 4% y un precio promedio de la soja que era aproximadamente la mitad del actual.

Como correspondía, el gasto primario del sector público nacional también fue recuperándose paulatinamente. En 2005 alcanzó un 13,7% del PBI, superando el máximo de la convertibilidad; y al año siguiente se elevó al 14,3%. Pero desde entonces subió nada menos que diez puntos porcentuales hasta llegar al 24%, y el superávit fue desapareciendo aún cuando gran parte del incremento pudo ser financiado con recursos imprevistos. En los últimos cinco años el resultado fiscal se deterioró en cinco puntos del PBI, lo que da una muestra clara del impulso adicional que el gobierno le dio a la economía. Hoy el gasto público consolidado por persona es US$ 3.200 superior al de apenas un lustro atrás. Los subsidios antes mencionados evolucionaron como una bola de nieve y llegarán este año a 75 mil millones de pesos (4% del PBI). El tamaño de ese despilfarro es, para nuestra economía, superior al del paquete de estímulo de 450 mil millones de dólares que el presidente Obama acaba de proponer en los EE.UU..

Para financiar esa dinámica el gobierno nacional contó con una ayuda fundamental: la soja, cuyo precio era en 2005 y 2006 de alrededor de 230 dólares por tonelada, pasó a valer más de 330 dólares en 2007 y 475 dólares en 2008. Y aún así el comportamiento fiscal resultaba insostenible. Con un mundo sumido en crisis y el precio apenas por encima de los 400 dólares la tonelada en 2009-2010, hizo falta recurrir a otras fuentes de dinero para continuar con semejante ritmo de gasto. Así llegaron la estatización de las AFJPs y el nuevo rol del BCRA entregando reservas y emitiendo para financiar al Tesoro. No es de extrañar que desde principios de 2007 la inflación se haya duplicado.

El próximo 10 de diciembre comenzará su tarea una nueva administración. Desde el punto de vista económico enfrentará una situación distinta a la que sus futuros protagonistas han conocido hasta ahora. El aumento sistemático de precios ha ido carcomiendo nuestra competitividad. Desafortunadamente, ello le está poniendo un límite a la generación de puestos de trabajo (el empleo privado registrado sólo subió 3% desde finales de 2008) y eventualmente lo hará también con el poder adquisitivo del salario. El sector privado mostrará así menos dinamismo, y al sector público le costará encontrar nuevas fuentes de ingresos para reemplazarlo.

Ya no habrá superávit fiscal y externo, resguardos fundamentales frente a eventos negativos externos que parecen más probables. El mundo no sólo no crece como antes sino que tiene probabilidades significativas de entrar en una nueva recesión. En ese contexto es difícil imaginar que el precio de la soja vuelva a incrementarse cada año en cien dólares. Si no se reordena y prioriza adecuadamente, el gobierno sólo podrá seguir con el aumento de gasto si continúa emitiendo, si profundiza el malgasto actual de los fondos que deberían respaldar las jubilaciones futuras o si vuelve a endeudarse. Para esto último cuenta con un bien ganado margen, pero a las tasas actuales no parece conveniente una utilización sistemática de esta herramienta.

Los seres humanos -y los gobiernos- solemos actuar automáticamente como si el futuro fuera a ser una mera continuidad del pasado. Luego, cuando los eventos nos sorprenden, reaccionamos. Hemos tenido la suerte de que el contexto nos brindara espacio y instrumentos para compensar nuestros tardíos reflejos, pero ello no ocurrirá tan fácilmente de aquí en más. Sería un signo de inteligencia no confiar nuevamente en nuestra buena fortuna y encarar con rigurosidad los desafíos pendientes.