Un mes con los peores rendimientos bursátiles desde 2008. Al mes siguiente se concatenan jornadas de fuertes subas una tras otra. Así de volátil está el mundo. Cierta mañana, una Grecia paralizada por las protestas está al borde de la cesación de pagos; a la semana, la Troika compuesta por la Comisión Europea, el FMI y el Banco Central Europeo le libera 8.000 millones de euros para que pueda afrontar sus vencimientos de deuda. En una aguardada votación en el Parlamento alemán, la premier Angela Merkel logra apoyo para ampliar el Fondo Europeo de Estabilización Financiera; quince días más tarde, parece que problemas internos en países como Eslovaquia o Eslovenia pueden neutralizar la política de rescate común. Todo luce mejor cuando las autoridades económicas anuncian que se pondrán de acuerdo para implementar políticas más expansionistas, y la ilusión se desmorona cada vez que los gobiernos francés y germano discuten quién debe pagar la factura para capitalizar sus bancos, un reclamo que el FMI repite para intranquilidad de los inversores.

Tanto vaivén demuestra el desconcierto existente. Pero estos movimientos financieros poco importan, en definitiva. El problema es más profundo: el modo en que las principales economías del mundo han funcionado en los últimos tiempos ha colapsado. Y esto no se limita a los helenos, sino que abarca a Portugal, Irlanda, España, Italia, la UE toda y hasta los EE.UU. Los excesos acumulados durante tantos años deberán ser purgados, y después de la fiesta llegará la inevitable resaca. El sistema cruje en sus cimientos, más allá de que ante la menor señal coyuntural, ya sea positiva o negativa, los mercados reaccionen exageradamente.

La economía global crecerá menos, y hasta tiene probabilidades importantes de entrar en una nueva recesión. Habrá menos demanda para nuestros productos, y a medida que aumenten las tensiones quizás asistamos a un mayor proteccionismo. Esta no es una nueva crisis, sino otra etapa de la que se desató en agosto de 2007 y que se profundizó en 2008 y 2009. Ya lleva cuatro años en los que experimentamos sucesivamente pánico financiero, caída en las economías reales con aumento del desempleo, incremento de los déficit fiscales y la deuda pública que generaron el actual temor a la insolvencia soberana de varias naciones. El riesgo es que, de haber defaults, podamos retornar al punto de partida, con el sistema financiero internacional nuevamente en apuros severos y necesitado de nuevos aportes y capitalizaciones. Si ello ocurre, seguramente veremos nuevas y más profundas demostraciones de “indignados” en diversos lugares del mundo: protestarán los jóvenes que ven cómo las promesas de un buen estándar de vida futuro se evaporan y también aquellos afectados en su vida cotidiana mientras los bancos son rescatados porque el riesgo potencial de sus quiebras amenaza con ser aún más grave.

En este contexto, nadie puede sentirse blindado o a salvo. Nuestro país está en mejor situación que en el pasado pero, tal como lo demostró la recesión de 2009, no estamos exentos de los impactos de una crisis global. Nuestro inconveniente no proviene del contagio financiero: somos una economía desendeudada que no depende de préstamos del exterior para subsistir, el sistema financiero argentino es diminuto y posee poca vinculación con lo que ocurre afuera, y en comparación con otros países de la región no nos beneficiamos del ingreso de capitales por lo que tampoco sufriremos su salida.

Sin embargo, la menor actividad global requerirá menos importaciones, es decir que venderemos menos o más barato. Y nuestros socios comerciales padecerán los efectos de la situación global, que se trasladará así también a nosotros aunque debilitado. Brasil, que representa un cuarto de nuestras ventas al exterior y el 45% de las exportaciones de productos industriales, probablemente se desacelerará y tendrá una depreciación del real. China, que envía la mitad de sus exportaciones a regiones en problemas como los EE.UU., la UE y Japón, tendrá un menor dinamismo, algo agravado por su situación económica interna que combina inflación, burbuja inmobiliaria, inversiones poco productivas y desarreglo fiscal.

La soja padecerá altibajos. China es sólo uno de los factores detrás de su precio, tal como lo demuestra el hecho de que pueda caer casi 20% en una semana para luego recuperarse el 10 por ciento. Además de la demanda de alimentos global, existe un fuerte componente especulativo en las commodities que, se estima, explica un 20% de su precio. Y como los países que las adquieren poseen monedas distintas del dólar, cuando la divisa estadounidense pierde su valor aquéllos aumentan su poder de compra, lo cual eleva el precio. Por eso, si la incertidumbre es acotada, la soja puede subir. Pero si las dudas se transforman en temor, los capitales especulativos dejan de comprar commodities y se derrumba su valor, a la vez que se refugian en bonos estadounidenses y hacen subir el dólar, deprimiendo aún más el precio de la soja.

Como se puede apreciar, más allá de ciertas fortalezas, lo que ocurre en el mundo nos afecta. Negarlo es pueril por más que estemos en campaña, y no tomar este nuevo escenario en cuenta resulta casi negligente, en especial cuando la evolución doméstica de nuestra economía ya muestra signos de agotamiento.

El próximo período presidencial será distinto de lo que hemos vivido en estos últimos ocho años, y mantener las expectativas implícitas en el voto que tendrá lugar dentro de una semana requerirá mucho más que eslóganes. Se precisará de un gobierno que comprenda el diagnóstico, hable con la verdad, convoque al trabajo conjunto y sea capaz de gestionar.