Desde hace un tiempo se sabe de la candidatura de Juan Carr y la Red Solidaria al Premio Nobel de la Paz. Algunos diarios, incluso, patrocinan la campaña con anuncios y cadenas de adhesión, parecidas a otras que circulan en la web.

Sin dudas, la extraordinaria labor desplegada por Juan, a quien conozco y aprecio, así como de la Red misma, con la cual he colaborado modestamente en alguna ocasión, me parece incuestionable y por eso mismo yo apoyaría gustoso su candidatura, cuyos merecimientos nadie discute, si no fuera que la Argentina ya tiene, desde hace años, otra candidatura que me parece más poderosa, más trascendente y sobre todo más necesaria.

Me refiero a la candidatura de Estela de Carlotto, esa inquebrantable mujer argentina que es la cara visible de las Abuelas de Plaza de Mayo, seguramente la organización más representativa de nuestra sociedad civil ante todo el mundo.

Lanzada, si mal no recuerdo, en 2004 o 2005, la candidatura de las Abuelas se ha sostenido en el tiempo y esto puede comprobarse cada vez que se viaja al exterior. Es cierto que algunos promotores y quienes la apoyaron parecen haber disminuido últimamente su entusiasmo. Pero es sencillo repotenciar una campaña que ha logrado importantísimas adhesiones en muchos países y por parte de innumerables organizaciones y personalidades. Un Nobel no siempre se otorga a quien es propuesto un año, sino más bien a quienes tienen largas y macizas trayectorias.

Y los méritos de las Abuelas de Plaza de Mayo –a las que Estela preside y representa– son definitivamente colosales: han recuperado ya a más de un centenar de hijos y nietos, y continúan en la incesante búsqueda de otros cuatrocientos argentinos y argentinas que fueron arrancados de sus padres durante el plan de exterminio de la pasada dictadura, esa misma que hoy anda confesando –y era hora– ese infame sujeto apellidado Videla que alguna vez dictó reglas en esta tierra.

Si el plan de apropiación de bebés mediante tormentos a sus madres fue, como en efecto fue, el más horroroso proyecto político que se pudo parir en la Argentina, consecutivamente el accionar pacífico y amoroso de las Abuelas de Plaza de Mayo fue la más perfecta respuesta humanista, moral y amorosa que se pudo dar al espanto.

Durante más de treinta años, tres largas décadas, ellas han venido dando un ejemplo ético superior, constituidas en el gran modelo moral que este país nuestro jamás había tenido antes.

No hay, entonces, mejores cartas para aspirar a un Premio Nobel de la Paz. Lo otorguen en Oslo a la Argentina o no, esa candidatura es inigualable y debe ser sostenida por la inmensa mayoría de nuestra nación. Por eso considero, más allá de los muchos méritos del amigo Juan Carr y de la infatigable Red Solidaria, que el sostenimiento de su candidatura no es bueno para ninguna de las dos.

Es verdad que somos un país que casi siempre se divide en sectores irreconciliables, pero sería bueno que esta vez, en este asunto, no se fortaleciera neciamente una candidatura incuestionable, sí, pero inoportuna porque ya está instalada otra, mejor, y desde hace años.

En el lugar de Juan, yo me bajaría como candidato. Y no les haría el juego a esos unos cuantos que aviesa, pícaramente sólo buscan neutralizar el posible Nobel a Estela. No es bueno que el resentimiento de unos pocos manipule a un excelente candidato en el intento de debilitar a una candidata inmejorable.

Y lo mismo vale decir de quienes más recientemente, y no dudo de que también con las mejores intenciones, impulsan la candidatura de Susana Trimarco, esa admirable madre tucumana cuya tragedia y cuya lucha tanto han hecho para destapar esa cloaca nacional que es la trata de mujeres.

Es como si la Argentina de la democracia estuviera plagada de meritorios y honorables candidatos al Nobel de la Paz, lo cual habla bien de nosotros como sociedad. Podemos sentirnos orgullosos de ello. Pero no debemos perder de vista que hay una candidatura indiscutiblemente superior.