Otra vez se dispara el paralelo . Ayer terminó cotizando a más de $6,50, llevando la brecha con el oficial a un nivel superior al 40%. Diez meses atrás esta diferenciación entre mercados para la divisa estadounidense ni siquiera existía. Lo único que ocurría en aquel entonces era que, producto de las inconsistencias acumuladas por los errores de política económica, crecía la tendencia a buscar refugio en el dólar. La respuesta del Gobierno consistió en restringir cada vez más su venta, guardando los que tenía (las reservas) bajo siete -o más- llaves. También optó por cuestionar las oscuras razones psicológicas que generan en los argentinos esa apetencia por el billete verde. Y hasta se decidió por una terapia para lidiar con semejante patología: la batalla cultural por la Pesificación .

 

El Jefe de Gabinete, Juan Manuel Abal Medina, se preguntó retóricamente por esa extraña obsesión nacional por la moneda de otro país, instando a los argentinos a no ser tan raros. No se había percatado, claro, de que muchos de sus compañeros de Gobierno también exhibían la misma manía. Para dar el ejemplo entre propios y ajenos, la Presidenta anunció en una de sus apariciones que pesificaría sus plazos fijos en dólares , además de sugerir fuertemente que sus colaboradores hicieran lo mismo. Con o sin bonete.

 

Por otro lado, Ricardo Echegaray -titular de la AFIP- usó algunos datos referidos a transacciones en el mercado cambiario para explicar que, en rigor, son muy pocos los que poseen capacidad para adquirir dólares. Sin embargo, bien leídos, los números revelan que, en tan sólo cinco meses y con férreos controles, aproximadamente una de cada diez familias optó por adquirir la moneda estadounidense. Y una gran proporción de los que no pudieron hacerlo, igualmente utiliza la evolución en su cotización para hacerse una idea de la sanidad de la economía argentina. Aunque sea un instrumento precario o deficiente a tales efectos, lo cierto es que se trata de información fácilmente disponible y que su comportamiento puede relacionarse directamente a episodios críticos del pasado.

 

La Argentina experimentó en los últimos treinta y seis años nada menos que catorce recesiones. Y hemos vivido ocho años en medio de crisis sistémicas, a las cuales hasta les hemos puesto nombres: Rodrigazo, Crisis de la Deuda, Colapso del Plan Primavera, Hiperinflaciones I y II, Plan Bónex, Efecto Tequila, Explosión del 2001. En casi todas ellas -siendo la de 1995 la excepción-, el dólar mostró vertiginosas alteraciones en su valor. Y fue uno de los pocos lugares accesibles y efectivos a la hora de defender el poder adquisitivo de los ahorros. Ese doloroso aprendizaje, adquirido en el ejercicio de la supervivencia, no puede ser modificado por resoluciones administrativas. Para que los argentinos elijamos al peso como refugio de valor es necesario que le tengamos confianza a la economía en el largo plazo.

 

Hace poco más de una década también se recurrió al fórceps para resolver inconsistencias: a medida que quienes dudaban de la solvencia de la Convertibilidad retiraban los depósitos bancarios se instaló el Corralito. El mismo fue una manera de forzar la bancarización de todas las transacciones, impidiendo su salida. Y antes se había sancionado una ley prohibiendo que las operaciones superiores a diez mil pesos se realizaran en efectivo. No hace falta aclarar que las medidas no funcionaron. Ni para salvar la Convertibilidad ni para reducir culturalmente el uso del efectivo, que hoy está en sus máximos históricos.

 

Cuando trabajaba en el BCRA, entre los años 2002-2004, recibimos un par de veces una misión comercial de Australia que venía a ofrecer su tecnología para imprimir nuestros billetes en polímero (más específicamente en uno llamado polipropileno biorientado). Se trata de un material de la familia de los plásticos. Sus ventajas radican en que se desgasta mucho menos que el papel, es prácticamente infalsificable (por su naturaleza pueden, inclusive, producirse billetes con partes transparentes), y es más higiénico. Por estos motivos, los bancos centrales lo prueban utilizándolo primero para aquellas denominaciones que más circulan. Si has viajado a países como Brasil, Chile, México o Paraguay quizás te hayas topado con algún ejemplar. Y si has tenido la suerte de visitar Australia o Nueva Zelanda habrás observado que la totalidad de la circulación está hecha en polímero.

 

Hoy ya utilizan ese material para algunos de sus billetes aproximadamente cincuenta países. Pero la lista no era tan extensa en aquel entonces. Al preguntar qué otras naciones habían adoptado el polímero para sus monedas la respuesta se componía de una decena de países con un desarrollo similar o mayor al nuestro, con una llamativa excepción: Zambia. La explicación para ello fue contundente: en esa nación africana mucha gente todavía enterraba sus ahorros en la tierra, y el polipropileno protegía esos fondos del paso del tiempo, ya que resiste mejor la humedad que el papel y tarda muchísimo más en descomponerse.

El dólar es, en cierta forma, nuestro billete de polímero. Y los intentos por reemplazarlo con el peso únicamente serán exitosos el día en que tengamos la certeza de que la política económica ha dejado de ser un gusano con afición a devorarse todo lo que guardamos.