a manifestación de la semana pasada en oposición a muchas medidas del Gobierno ha sido y es objeto de los más variados análisis y especulaciones. Existen visiones diferentes acerca de la magnitud y grado de representación de la misma. También se ha generado una poco constructiva controversia respecto de la identificación socioeconómica de los protestantes. Para interpretar sus causas se apela a la intransigencia del cristinismo, a la falta de articulación de la oposición, al rol de los medios de comunicación, o al vacío político que dejó la crisis de 2001. Y a la hora de proyectar sus consecuencias se analiza quiénes podrían aglutinar el descontento, y si este último tenderá a apaciguarse o acrecentarse dependiendo de las respuestas que dé el oficialismo de aquí en más.

 

Hubo expresiones de odio. Puntuales y reprochables. Tanto como la descalificación generalizada de la marcha que hicieron algunos sectores del Gobierno . También volvieron a salir a la luz los políticos de ocasión, que intentan apropiarse de lo que no son capaces de generar. Pero, más allá de estos condimentos, algo significativo acaba de ocurrir. Una parte de la sociedad ha alcanzado un punto de saturación respecto de la acumulación de gestos y medidas gubernamentales tan innecesarios como nocivos. Y, más importante aún, parece haberse perdido la actitud de pasividad frente al propio futuro.

 

En físicoquímica, cuando se va agregando soluto a un solvente (sal en agua, por ejemplo), hay un momento en que la solución llega a un punto límite y todo exceso permanece en forma sólida. Pero si el experimento se hace en ciertas condiciones especiales se puede ir un poco más allá y llegar un punto de sobresaturación. La solución en ese estado se mantiene en un equilibrio metaestable, en el cual inclusive pequeñas disrupciones pueden causar que el exceso de soluto se precipite rápidamente.

 

El crecimiento acelerado y el furor consumista parecen haber interpretado el rol de esas condiciones especiales. Pero la súbita y fenomenal pérdida de dinamismo de la economía cambiaron el escenario, a lo que se le sumó una escalada en la imprevisibilidad y arbitrariedad de las decisiones de política económica. Todo ello fue finalmente coronado por el proyecto re-eleccionista.

 

A la Presidenta la gusta referirse al descontento que expresan los estudiantes en Chile para ponderar las ventajas del modelo local. Algunas características y valores culturales que un tiempo atrás supo tener la sociedad argentina hacen que ciertos aspectos del país trasandino no resulten de nuestro paladar. Pero eso no puede hacernos ignorar lo obvio: Chile evoluciona, y las demandas que enfrentan sus autoridades hoy son producto de haber atendido con eficacia desafíos anteriores. Por el contrario, nuestros reclamos son recurrentes a través de los años y desnudan la absoluta falta de avances, cuando no severos retrocesos. La pobreza continúa en niveles escandalosos; el nivel y la calidad educativos han perdido la distancia que alguna vez tuvimos en la comparación con nuestros vecinos y vamos rezagándonos respecto de otras naciones con las cuales debemos competir; la infraestructura resulta cada vez más vetusta; la capacidad de acción estatal está severamente erosionada; la inseguridad se transformó en un problema cotidiano; nuestra economía sigue siendo volátil porque no encuentra cómo mejorar su productividad; y la calidad institucional de nuestro sistema democrático -con el funcionamiento de los partidos y del Congreso Nacional como síntomas más evidentes- se ha deteriorado fuertemente.

 

Después de casi treinta años tenemos que reconocer que nuestra democracia está en deuda. Sin embargo, sus falencias no pueden ser atribuidas a nuestra Carta Magna. Con ella, por ejemplo, las propias administraciones kirchneristas fueron capaces de generar un bienvenido recambio en la Corte Suprema, de priorizar políticamente la sanción de violaciones a los derechos humanos, de renegociar la deuda pública, de mantener una salud fiscal que reforzaba nuestra capacidad soberana y no llevaba a malgastar recursos correspondientes al largo plazo, de lograr un crecimiento récord que redujo sustancialmente el desempleo y la pobreza heredados.

 

De un tiempo a esta parte el Gobierno dedica más tiempo a pensar en cómo perpetuarse que en retomar aquella agenda. Y se vuelve cada vez más intolerante e impermeable a lo que no sean sus deseos. En su actitud provocadora y endogámica opta sistemáticamente por desoír otras voces, avasallar derechos y abusar de las instituciones tergiversando su fin. En este contexto, que una Presidenta que bromea con que hay que temerle coquetee con reformar la Constitución Nacional suena casi tan inquietante y sugestivo como que sea el propio Amado Boudou quien firma los billetes que circulan en la Argentina. Y de allí a la manifestación hay sólo un paso.