La devaluación y la suba de las tasas de interés –es decir, las medidas clásicas de un ajuste ortodoxo- calmaron la histeria de los mercados que drenó las exiguas reservas del Banco Central. Ganaron así los de siempre: los sectores concentrados exportadores, fundamentalmente cerealeros – no los pequeños y medianos productores- y el sector financiero.

 

 

Ganó así la prédica de los economistas del establishment, que recorren todos los días y a toda hora los programas de actualidad en la TV, inclusive los del corazón. Con caras y actitud de sabios a quienes se les ha dado la razón, incluso critican: “es un devaluación sin plan”, es decir, van por más, ya que consideran al ajuste insuficiente.

¿El gobierno los seguirá escuchando?. Los viajes de Kicillof al Club de París y los intentos de acuerdo con REPSOL hablan por sí mismos.

Para el cambio de expectativas del mercado financiero fueron mucho más efectivas las medidas que las palabras del gobierno acusando “intentos desestabilizadores”.

El mercado actúa con el bolsillo, no con el corazón. Su alfa y omega es la ganancia, no la democracia.

Con el ajuste ortodoxo –como lo fue siempre a lo largo de la historia- pierden los de siempre: los jubilados y pensionados que tendrán un aumento del 11% en un escenario de inflación del 40%; los trabajadores en negro que representan el 40% de la fuerza laboral y no tienen sindicatos que protejan su poder adquisitivo en las próximas negociaciones salariales.

A pesar del intento con los “precios cuidados”, el precio de los alimentos, los medicamentos, los servicios y los combustibles no bajaron, por el contrario ya subieron suficiente y lo seguirán haciendo. Los grupos económicos –formadores de precios- cubren siempre sus ganancias y rentabilidad, las familias trabajadores no tienen como hacerlo.

La Argentina desigual se profundiza y lo seguirá haciendo si el gobierno no cambia el método de hablar por izquierda y marchar por derecha, perdiendo así la batalla cultural que dice encarnar.