Más allá de las interpretaciones sectoriales, de los que acuerdan o no con el resultado de la Convención. Más allá de las cada vez menos explicables diferencias discursivas entre unos y otros bajo la misma convicción de representar “al radicalismo”, mucho más allá de los recortes que se quieran hacer de acuerdo a las conveniencias actuales, las facturas del pasado, y las promesas de futuro, hay una conclusión sana: el radicalismo se sinceró. Y lo hizo a través de los órganos institucionales del partido. Es decir: el radicalismo, democráticamente definió su naturaleza, y en sí mismo es una buena noticia.

Marcados a fuego por el fracaso de la gestión De la Rua, los radicales se pasaron 15 años discutiendo que eran. Huérfanos de liderazgos fuertes, cada uno fue haciendo lo que creía que había que hacer y así, fueron diluyendo la importancia del partido hasta dejarlo casi sin representación en la sociedad.

No es que no hubiera gente que no los votara. El problema es que la gente, dependiendo del discurso individual de cada radical, fue interpretando cada dos años lo que representaba el radicalismo, sin ninguna precisión. Y mientras esto ocurría, fueron naciendo otras fuerzas nacionales que fueron ocupando los lugares que el radicalismo fue vaciando por su indefinición.

Desde aquel fracaso hasta hoy, el PRO, el Socialismo, el GEN, el ARI, luego la Coalición Cívica, el propio Frente Para la Victoria y decenas de partidos provinciales y municipales se fueron quedando con fragmentos discursivos del viejo partido que siguió buscando recuperar su identidad, intentando reflejar expresiones diametralmente opuestas en una misma caja: la que guarda  la bandera roja y blanca, el escudo, la Lista 3,  las boinas blancas, las frases de su último líder indiscutido o la reivindicación del viejo partido antiperonista que encabezó la resistencia en los 50.

El radicalismo tomó este domingo a la madrugada, una decisión que traerá coletazos y probables rupturas. Pero al menos dejó en claro que quiere ser, con quiere reunirse para construir una alternativa política en Argentina, y con quienes no.

El triunfo del sector que encabeza el mendocino Sanz, decidió que se sienten mejor acompañados por la “centroderecha”, si caben todavía esas clasificaciones. Que el radicalismo es mayoritariamente un partido cada día más alejado de las ideas socialdemócratas que supo enarbolar Raúl Alfonsín, y aun compartiendo el respeto por la institucionalidad, eligieron el camino del nuevo conservadurismo que gobierna algunos países latinoamericanos, como Paraguay, Perú o Colombia.

El triunfo de Sanz consagra también, el concepto pragmático del partido. “Hay que volver al poder, y este es el camino adecuado” dijo el Presidente mendocino en su arenga. Sin maquillar ninguna intención. Ya no se trata de discutir con quienes, con que ideas, con que programa, sino de definir cual es el camino más rápido.

En uno de sus últimos reportajes, Raúl Alfonsín había dicho: “será mejor perder muchas elecciones, ante que traicionar nuestra historia acordando con quienes defienden otros intereses que los nuestros”. Y mencionó a Macri, como ejemplo de lo que no debían hacer. Alguien la recordó a la frase en la sala de convencionales. No pareció tener ninguna importancia.

Se trata de una decisión muy importante que aclara definitivamente el panorama electoral argentino: Los radicales serán

dejó vacante la UCD, pero que fundamentalmente abrevó de los radicales porteños que supieron confiar en el ala más liberal del partido, con la figura de Fernando De la Rua.

Resta saber que harán los otros radicales. Los que el domingo votaron en contra, los que sostienen frentes “progresistas”, como en el caso de Santa Fe, o los que imaginaban que el camino era una alianza con sectores del peronismo no Kirchnerista, como el caso de Morales que propuso directamente un acuerdo con Sergio Massa.

Nace un nuevo tiempo político en Argentina. Y la UCR, ya sabe hacia dónde va. Les guste o no a muchos radicales.

Marcados por su propia historia, no habría que descartar que los radicales no representados en la decisión, elijan otros destinos. “Que se rompa y no se doble”, dice la vieja marcha. Y no faltaron jóvenes enardecidos en la puerta del Teatro de Gualeguaychú, que la entonaron como un grito de guerra.

El tiempo dirá si la UCR  dio el paso correcto o no. Mientras tanto, cada uno en su lugar, y los radicales, mal que les pese a muchos de ellos, ya lo eligieron. Los que no piensen así, tendrán que buscar nuevas siglas que los cobijen.