El comentario es uno de los tantos comentarios que aparecen debajo de una nota mía publicada en Notife. Allí la gente se expresa libremente. Bastante hemos discutido sobre si corresponde o no dejar expresarse a la gente sin filtros. Es un sitio privado, de acceso libre. Por lo tanto es un medio público en su uso, y nadie debe impedir que se expresen. Pienso distinto de las redes sociales y los sitios privados. Allí somos libres de decidir que queremos que se publique y que no. Coni Cherep

Un lector me insulta. Me dice : “Sos un Mercenario. Con todas las letras. no hay ninguna diferencia entre un ladrón con revolver y vos, que has sido sobornado por este gobierno de narcos para hablar bien… Contentos van a estar tus hijos cuando crezcan y se den cuenta de la lacra que tienen como padre. O no tenes talento para ganarte la guita honestamente?”. Y me duele.

Me duele y a esta altura se presume que ya no debieran dolerme esas afirmaciones. Pero el cuero duro no significa insensible, y cuando me dicen que mis hijos (dos hijas en mi caso) van a sentir vergüenza de mi, me enrosco.

No quiero personalizar la cosa, así que prefiero hablar de un cuerpo de gente que somos periodistas. Y que como corporación, nos merecemos cierto desprecio bien ganado. En general el periodismo ha ganado méritos para ser acusado de complicidades y corrupciones. Basta mirar la tele y comprender que no hay medio “nacional” que no responda hoy a un sector político. Lo más grave es cuando lo hacen en nombre del “periodismo independiente”; pero resulta igual de lesivo cuando se hace con recursos públicos para hacer periodismo partidario.

Pero en medio de esas expresiones, y mucho más en los periodismos locales, existimos tipos que perseguimos convicciones, aun sabiendo que nuestras expresiones y firmas en algunos textos, nos costarán desprecios, y probablemente, si los resultados electorales no coinciden con nuestras miradas, posibles represalias.

Existen periodistas que, efectivamente, ejercen la profesión desde una postura mercenaria. No voy a discutir que lo hacen con la ligereza de quien atiende un bar y cambia de marca de cerveza. Algunos tienen la habilidad de no ser detectados. Se mueven con la suavidad de las Gacelas, y pegan los saltos a tiempo. Ayer se abrazaron a las causas que luego defenestraron, y hoy se mueven con habilidad para volver a abrazar aquellos principios originales, hasta que estos vuelvan a caer en desgracia.

No se trata sólo de dinero, sino de adoración por el poder “per se”. También disfrutan del placer de pertenecer a ciertas mesas, y ese sentido de la amistad que dan accesos a comodidades, autos nuevos, casas en la playa  y lujos , que les ofrece ese modo de hacer las cosas.

Son generalmente los que se callan ante cualquier desgracia de sus colegas. Son los que se anuncian como “serios y objetivos”.

Pero existimos otros que no merecemos ese trato. Alcanza con mirar un poco para atrás, controlar nuestros archivos y comparar lo que pensábamos en el pasado, y lo que pensamos en el presente. Puede gustar o no, merecemos la respuesta, incluso la calentura de la réplica cuando se tocan temas que ofrecen distintas miradas. Pero no la acusación falsa.

Cuando escribo lo que escribo, crease o no, lo hago desde la plena convicción. Que son las mismas que tuve siempre.

Resistí a las gestiones del 90. Enfrente sin escudos a los ajustes de Reutemann y Mercier; reclamé justicia por los asesinatos del 2001; me opuse a la privatización del Banco de Santa Fe y acompañé a los bancarios reprimidos; formé parte del escaso grupo original que impulsó la caída de Storni, me opuse a los abusos del Poder Judicial de Santa Fe y no titubeé en dar nombres y apellidos de sus miembros cuando imponían mantos absolutos de impunidad sobre la corrupción estructural que montó el peronismo en el Estado. Me enfrenté a los sindicatos que acompañaban en silencio el vaciamiento y los descuentos a los salarios de los empleados públcicos. Estuve con los docentes cuando eran los peores pagos del país, cuando sufrían la persecución del presentismo, cuando eran despreciados, sin concursos, sin paritarias, sin dignidad.

Fui parte de quienes levantamos la voz , mientras asistíamos a las víctimas de las inundaciones de 2003 y 2007. Soportamos en soledad el aluvión de votos para Reutemann, y nunca, nunca, aceptamos un solo guiño de acercamiento de quienes gobernaban.

Exigimos, y seguimos exigiendo justicia para los inundados, y condenas a los inundadores, y abrimos los micrófonos, y nuestros espacios a todos aquellos a los que se les negaba expresión. Cuando los diarios callaban, cuando las pantallas no mostraban nada o casi nada.

A los mismos me enfrento hoy. Contra los mismos escribo. Contra ese modelo me expreso.

¿ Soy oficialista, ahora? No. Soy defensor sin tibiezas de un modelo diferente de gestión.

Comprendo el flagelo de la violencia y entiendo perfectamente los reclamos de inseguridad, y no ignoro que tenemos problemas graves ,aún, desde el punto de vista social.

Pero defiendo la siembra de escuelas, jardines maternales, espacios culturales,  hospitales, Centros de Salud en los pueblos y en los barrios,  planes educativos, intervenciones en los barrios, los cambios en el Poder Judicial, los cambios en la Policia. La realización de acueductos, de defensas contra las inundaciones. Las obras que no se ven en superficie pero que efectivamente le cambian la vida a la gente: agua potable y cloacas, como nunca en la historia.

¿ Es ser oficialista eso? Probablemente si, es una forma objetiva de mirarlo, nada puedo negar. Pero es también coherente con mi pasado. No hubiese podido, desde el estómago, oponerme a este proceso.

¿Cobré dinero? Claro. Pauta publicitaria.Y sólo pauta publicitaria.  Y mucho menos de lo que la gente supone. Todo en blanco y facturado. Cuando este gobierno se vaya, si es que se va, nadie podrá reprocharme haber cobrado indebidamente nada , y mucho menos, por encima de los costos de mis espacios.

¿ Me enriquecí? No. Al contrario. Desperdicié una oportunidad única de hacerme rico, pero preferí defender mi tranquilidad personal, y apostar a los espacios colectivos. Generando trabajo para mis compañeros, invirtiendo en espacios carísimos de realización, y tratando de mejorar dia a dia los productos que realizamos.

Pude “inventar” espacios individuales, sin costos, y ganar mucha plata. Pero no lo hice. Porque no creo en eso. Y contrariamente a lo que se supone, no tuve ningún privilegio ni protecciones especiales. Justo me tocó la “década ganada”, y algunos sectores progresistas, me eligieron también como enemigo, y terminaron haciéndome cosas que ni la derecha se animó a hacerme.

¿Me acomodé? No. Cuando llegue diciembre, probablemente tenga menos esatabilidad laboral de la que tenía en el cambio de gestión. Perdí un empleo por culpa de las internas partidarias, y no pedí nunca un empleo público. No tengo “chapas”, ni me amparo en el estado para vivir. Tengo una casa en hipoteca. Un auto modelo 2011 comprado con prenda en cuotas. Veraneo en Necochea, cuando puedo. Y si hice algún viaje “caro”, todavía lo debo.

Basta con repasar mis cuentas bancarias, o mis tarjetas de crédito para confirmarlo. No hay mucho que rascar.

Trabajo muchas horas al día. Hago televisión, radio, escribo, edito, en fin… Hago lo que en general no hacen los mercenarios: trabajar.

¿Por qué digo todo esto?

Porque me duele que me digan Mercenario. Me duele que lo escriban en mis propios espacios, y me sulfura que pongan en duda los valores  que se supone, serán mochila para mis hijas. Absolutamente no.

Mercenario nunca. Probablemente jodan mis convicciones, pero es así como soy, como fui, y lamentablemente seré.

Yo podría tener un perfil más bajo. Llamarme a silencio. Moverme con cautela para acomodarme a los tiempos y especular con los tiempos que pueden llegar.

Pero no. No soy un mercenario. Y si las cosas cambian, lo lamentaré mucho. No por mi situación personal, al contrario. Lo lamentaré por  el futuro de la sociedad donde crecerán mis hijas, y mis nietos. Lo lamentaré por los sectores sociales que no entienden que quienes dicen venir a defenderlos, son los que los hundieron en el estiércol. Y ahora vienen por más.

Yo no soy un mercenario. Soy un idiota que persigue convicciones, y al que todavía le duelen las acusaciones falsas. Y las seguiré persiguiendo, gobierne quien gobierne. Nada cambiará para mi.

No puedo evitar que se digan estas cosas, claro. Mucho menos que lo piensen. Pero, aún en contra de lo que me recomiendan mis amgos, no puedo callarme cuando me afrentan. Eso no.

Porque no soy un Mercenario.