La situación no es normal. Eso es obvio. Es muy difícil que una elección termine como terminó la elección para gobernador en Santa Fe. Parece escrito por un mal autor de novelas de suspenso. La diferencia entre el primero y el segundo es de 2100 votos, y encima hay un tercero que grita, y aprovecha para patalear, total, ya no hay nada que perder. Por Coni Cherep

Los periodistas, sobre todo los porteños, hablan por boca de ganso. Nadie entiende demasiado las reglas, pero como hay que opinar, opinan. Para llenar los espacios, para cumplir con los segundos que le piden que llenen. Incluso dictaminan sentencias sin argumentos, ignorando que se basan en premisas falsas. Por ejemplo: “es inexplicable el corte de boletas”, asevera un columnista de TN con tono irónico. Claro. Es que nunca estuvieron pegadas. “Es sospechoso que faltando un 4,36% de los votos, se haya interrumpido el escrutinio”. Claro. En la misma página web dice que faltan escrutar un 4,36% de las mesas, porque sus telegramas fueron desestimadas por el Tribunal.  “Un porcentaje habitual  en todas las elecciones en Argentina”, aporta Pablo Cecchi, director Ejecutivo de Poder Ciudadano , uno de los veedores que controló el acto electoral santafesino.

Y la ley dice claramente que esos votos deben contarse desde el miércoles. O sea, nada raro. Pero tratándose de una elección en la que entre el primero y el tercero hay 20 mil votos de diferencia, ningún reparo en hacer apreciaciones que confundan aún más al televidente.

Nadie imaginaba este final, ni el más pesimista de los dirigentes del PRO, ni el más entusiasta militante del FJPV, ni el más perverso de los dirigentes del FPCyS. El resultado es cruel, y lo será aún más, cuando se ratifique en el conteo provisorio, y se consagre en el definitivo.

No hubo una sola irregularidad. No hay una sola denuncia por incidencias que pudieran haber violado la voluntad del ciudadano. Simplemente hubo una tremenda paridad, y aunque las cosas sean así e inevitablemente así, queda mucho margen para la queja, y mucho espacio para tender sospechas. Total… Ya no hay nada que perder.

Los miembros del FPCy S saben que ganaron. La diferencia a lo sumo será de 4 mil votos. Lo constataron con las copias de los telegramas de sus fiscales. Lo mismo habrán hecho ya los fiscales de los dos contendientes, y abrumados por el reñido número, insistirán con inventar causales para demorar el recuento. Perdieron, lo saben. Pero es difícil digerirlo. Es como perder sobre la hora en el fútbol. Es el triple de Ginóbili en el último segundo de la final de las olimpiadas. Cómo cuando la bola de la ruleta salta  en el diamante y termina cayendo en el 0, cuando habíamos apostado todo al 32. Es definitivamente frustrante. Perder duele siempre, de esta manera es aún mucho peor. Y en esa frustración es posible que salga lo peor de cada uno.

“Pasaron cosas raras, siempre pasan cosas raras” dice Del Sel sin explicar a que cosas hace referencia. Pero igual dice que son raras y los medios porteños titulan “En Santa Fe pasan cosas raras”. Omar Perotti, baja el tono de la queja, pero deja caer una inexplicable duda: “queremos saber que pasó con las urnas hasta que llegaron a Santa Fe”. ¿ cómo? ¿ que puede pasar con las urnas, si están celosamente vigiladas por Gendarmeria y la Policia? ¿ y que duda puede haber si cada uno de los fiscales de su partido tiene una copia del telegrama del escrutinio?. Ninguna duda. Pero es mejor dejar caer la mancha sobre el piso. Dejar una marca que permita cuestionar lo que naturalmente resulta extraño: que una elección se defina por un margen tan estrecho. Que un pueblo divida con tanta intensidad su voluntad. Y que, como rezan las reglas de la matemática, se termine definiendo a favor del que tenga UN voto más. No dos mil, tres mil o diez mil, sino UN voto más.

Ganó Miguel Lifstchitz, y los integrantes del PRO lo saben. No hace falta traer al protagonista de “Lie to me” para que lo diga. Sus rostros se leen con facilidad. Se habían probado los trajes de ministros, se estaban repartiendo el botín del estado, y de golpe, por dos mil o tres mil votos, todo se derrumbó.

Perotti también lo sabe. Le molestó el festejo anticipado del Frente Progresista en Rosario y salió al cruce. Pero llegó a su bunker sabiendo que había perdido, y aprovechó la “volteada” del PRO, para sumarse a la queja.

Ganó Lifstchitz, y no habrá dudas cuando el recuento termine. Pero se tejerán decenas de historias que intentarán cuestionar ese triunfo, sobre todo cuando de ese “triunfo” dependían los sueños presidenciales de otros, como Mauricio Macri, que enfurecido, se puso a dictar cátedra desde el hotel Los Silos, como si fuese el Papa. Indicando que corresponde o que no corresponde hacer, dando consejos a diestra y siniestra, sin entender que lo que pasaba era lo que pasaba: que habían perdido por muy pocos votos.

De esta elección aprendimos mucho. Aprendimos que no se puede dejar librado al azar ningún detalle. Aprendimos que los ciudadanos eligen, cuando el sistema se lo permite, a los que quieren y a los que no. Eso explica los 750 mil votos de Antonio Bonfatti en la categoría a diputados , y la gran diferencia que tuvo sobre lo candidatos a gobernador. Eso explica que Corral y Fein hayan retenido sus intendencias. La boleta única ofrece una oportunidad de selección única. Un margen de libertad individual que aterra a los viejos partidos y a los punteros políticos. No hay rehenes, casi, a la hora de contar los porotos previos.

Igual, nos merecemos otros mecanismos que no nos obliguen a tantas angustias. Si existiese el instituto del Balotagge, hoy estaríamos hablando de otra cosa.

Ganó Lifstchitz, y Del Sel y Perotti no lo quieren aceptar. Y la realidad los ayuda para no hacerlo. Y los medios porteños empujan el agua y prefieren inundar en lugar de secar la zona.

Los santafesinos elegimos, y asi de raros somos. Nos gusta elegir sin que nos digan a quien. Se trata del juego de la maldita democracia. Esa a la que le hacemos reverencia en cada discurso, y a la que convocamos cuando los resultados no nos convienen.

Ganó Lifstchitz, por dos, o tres mil votos. Y aunque resulte indigerible, sus rivales tendrán que aceptarlo.