No. Loca, no. Por Coni Cherep

 

Llamarla de esa manera a Elisa Carrió es ponerla en un lugar que le conviene: el de la inimputabilidad. El de la señora graciosa que dice cosas sobre las que nunca dará explicaciones. Y no. Llega un momento en que su soberbia, su profundo individualismo, su malicia y su cinismo superan cualquier paciencia. Sobre todo la de aquellos que alguna vez intentaron construir algo con ella.

 

Carrió no es loca. En pleno uso de sus facultades mentales, se ha pasado los últimos 20 años huyéndole al poder. Y cuando digo poder, claro, hablo del poder político. De ese que se construye a base de votos y en compañía de semejantes que persiguen objetivos terrenales y posibles.

 

Ojo. No le escapa al verdadero poder. Desde hace algunos años goza del pleno ejercicio de la libre comunicación en los medios del Grupo Clarín. Y desde hace un poco menos, se rindió al amor incondicional de los gestores de los ‘90 en Argentina. Ella ahora ama a Macri, a Reutemann, al radicalismo conservador de Sanz e, incluso, a los ignorantes devenidos en marionetas de los anteriores, como Miguel Del Sel. A todos los que decía combatir en los ‘90.

 

Loca no es. De ninguna manera. Los locos son inocentes de serlo.

 

Pero ella no. Ella, cual utópica bañada en mala leche, se encargó de destrozar cualquier proyecto que compartió, hacerlo añicos, pisotearlo y, siempre, terminó en la tribuna explicando que “que la República es ella, y solamente ella. Que es la pre-ideología, la socia de Dios en la fundación de los nuevos tiempos. La hermana no reconocida de la Virgen María bendiciendo a los que la siguen” y claro: una máquina de calumniar a quienes comprenden su juego macabro de eliminación sistemático del que piensa diferente.

 

Lilita es Torquemada. En el nombre del “Bien” que ella encarna en forma exclusiva y por orden divina, no distingue matices si hay que destruir al que no piensa como ella. A ellos, la hoguera. En el nombre de la “unión nacional”, el señalamiento impugnativo a todos aquellos que no siguen su camino.

 

No hay sujeto político más dañino y excluyente que Elisa Carrió. Se cansa de explicar desde las tribunas las “verdades heroicas” que sólo ella es capaz de explicar y denunciar, pero cuando se acerca el momento de colaborar en la construcción de algo que se constituya en superador de lo existente, se borra. Se cruza de vereda. Elige asociarse con quienes juró que nunca se iba a asociar. Se desmiente a sí misma y huye. Para quedarse en el único lugar donde sirve: en el de la crítica.

 

No se le conoce, además del ejercicio sistemático de la crítica opositora, ninguna cualidad ejecutiva a Carrió. Por el contrario. Cada vez que ocupó la Presidencia de algún partido, se encargó de chocarlo rápidamente y darle destrucción total. Sin seguro alguno. Y cuando sale del choque, sabiendo que es culpable del siniestro, se abraza a frases ligadas a la divinidad y acusa al otro, sin medir el daño: así pisoteó a Alfonsín, así se hizo socia del Duhaldismo en nombre del antiduhaldismo para colaborar con el incendio del 2001, así abandonó rápidamente al ARI, así se deshizo de sus responsabilidades en la Coalición Cívica, así rompió UNEN apenas habían iniciado la etapa fundacional. Así abrazó a Binner, a Stolbizer, a Pino Solanas, a los radicales frentistas, a Ocaña y a cualquier expresión de centro-izquierda argentina, para luego darse vuelta y fusilarlos en clara traición, en el nombre de Dios.

 

Macri era ladrón, ahora es un hombre que “hace cosas importantes”.

 

Sanz era un “delincuente” y ahora es “el radicalismo sano”.

 

Margarita era una mujer honorable y ahora “es un engranaje funcional al kirchnerismo”.

 

Binner era un hombre que representaba los valores morales que necesitaba Argentina y hoy “es el narcotráfico”.

 

No hay forma de entender el circuito de Carrió que no sea bajo la lógica de una mente profundamente marcada por el egocentrismo extremo, pero sobre todo por la irresponsabilidad. No hay un solo dato que permita entender su sinuoso cambio constante de posiciones y conveniencias, que no sea el de la protección exclusiva de sus intereses personales.

 

Carrió no es loca. Llamarla así, la justifica.

 

Carrió no es loca. Eso implica quitarle responsabilidad en sus acciones.

 

No, Carrió no es loca.

 

Es plenamente responsable de todos y cada uno de los daños que hizo y hace. Y que en gran medida impidieron la construcción de una alternativa socialdemócrata en Argentina.

 

Carrió no es loca. Y en su derrotero parece acompañar a Macri, a Reutemann y a cada uno de los que toca, a un nuevo fracaso. Porque todo lo que toca, se rompe.