En las últimas horas los argentinos asistimos a una discusión que nos desnuda en nuestro umbral de tolerancia sobre la corrupción. Por Coni Cherep

 

La denuncia contra el periodista, ex funcionario de Carlos Menem y actual candidato a diputado nacional por el PRO, Fernando Niembro, sobre la utilización de una empresa fantasma para manejar discrecionalmente la friolera de 21 millones de pesos del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires en publicidad, despertó una respuesta que resulta impactante:

 

“Viste, ustedes denuncian pero son tan corruptos como nosotros”, dijo el archikirchnerista panelista de televisión Brancatelli, en una especie de sinceramiento final.

 

Increíble. Ya no importa si uno es corrupto o no. Lo que importa es cuan corrupto es, y en qué grado de corrupción se ubica.

 

Niembro es, si se confirma lo que parece muy claro, un corrupto. Usó el dinero del Estado, en forma irregular para hacer negocios particulares.

 

Pero bajo ningún aspecto, la corrupción de Niembro, justifica la corrupción de los demás, ni viceversa.

 

Los funcionarios o candidatos que son “descubiertos” en plena faena irregular, y sus explicaciones no alcanzan para convencer a nadie –ni siquiera a los propios– deben inmediatamente ser destituidos o separados de sus cargos. La corrupción no admite ni gradualidad, ni compensaciones.

 

Argentina se ha convertido en una plaza donde parece natural ser corrupto, y aun más natural, que los acusados continúen ocupando sus cargos como si nada de lo que ocurre con ellos, mellara en la confianza de la gente.

 

No se trata de que la justicia después determine la existencia o no, y la gravedad de las acusaciones. Se trata también, de no instalar en la sociedad la idea de que “no importa si sos corrupto, porque todos lo son”, que es lo que tanto Niembro como el kirchnerismo terminan instalando en estas peleas con olor a operaciones electorales, pero con bases muy firmes de certeza.

 

Es imposible sostener a un candidato que administró la plata del estado para su propio beneficio, amparándose en una empresa sin empleados y que no deja en claro cuáles eran sus objetivos comerciales. Definitivamente es inaceptable y Niembro debería o reunciar –si tiene honor– o ser echado a las patadas por sus compañeros. Claro, ellos fueron los que compartieron el negocio, y esta última alternativa los pondría en las puertas de un escándalo mayor.

 

Pero la contracara del caso Niembro es aun peor: el kirchnerismo , que ostenta una interminable lista de casos aún no resueltos judicialmente, pero claramente reales de corrupción, como los hoteles de Hotesur, el escándalo Boudou-Ciccone, la plata de las Madres y Schocklender que nunca se rindió ni se utilizó para lo que estaba previsto, o los contratos groseros del hijo de De Vido con el Gobernador Urribarri (de 31 millones por publicidad, diez más que Niembro en una provincia con un Producto Bruto cinco veces inferior) o el colosal enriquecimiento de su candidato Daniel Scioli que no puede explicar sus propiedades, o la denuncia contra Aníbal Fernández por su supuesta vinculación el tráfico de Efedrina, etc., etc., celebra el “caso Niembro” cómo si un hecho de corrupción del adversario legitimaría los propios.

 

Y no.

 

Lo razonable sería que no se admita ni uno ni otros y que todos aquellos que están involucrados sean separados de sus cargos. No por cuestiones legales, sino por razones morales. Porque guste o no y resulte alguno ingenuo: una sociedad naturaliza abajo los mensajes que se repiten desde arriba. O para mejor decir, los ciudadanos comunes, entienden que “no pasa nada” si somos corruptos, total…

 

La imagen es patética. Ellos se pelean para ver quién es más o menos corrupto. No para decir que no lo son. Y ni siquiera se preocupan por parecerlo, o no parecerlo.

 

La crisis del país, que se descubre dolorosamente en niños que se mueren por desnutrición, en las cada vez más altas tasas de violencia y en el ya indisimulable proceso de enfriamiento de la economía, se agrava profundamente cuando se la patina con corrupción.

 

Y es difícil pensar en una sociedad distinta, con ciudadanos comprometidos con el otro, cuando lo que ofrece en el espejo es un campeonato de corruptos que ni siquiera al descubierto, se dignan a abandonar sus puestos

 

Es moral, profundamente moral, la crisis. Y a ellos no parece preocuparlos.