“¡A ver si esta vez es la última!” Agustí Bassol hablaba ayer en medio de una masa de gente frente al Arco del Triunfo barcelonés. Llevaba atada al cuello una bandera catalana descolorida, con aires de reliquia. Por quinto año consecutivo salía en el Día Nacional a gritar por la independencia que no termina de llegar.

Era un sentimiento extendido en la multitud que lo rodeaba: impaciencia, algo de frustración y la esperanza de que se cumpla la promesa de la nueva república.

Ahí estaban de nuevo. Cientos de miles de personas desbordaron las calles de Barcelona y otras cuatro ciudades de Cataluña en apoyo del plan del gobierno regional de acelerar definitivamente hacia la separación de España.

A tono con esa urgencia, el presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, anunció que este mes hará una propuesta a las autoridades españolas de un referéndum pactado para resolver el conflicto. Y si el intento fracasa, como se descuenta, advirtió que en el primer semestre de 2017 convocará a unas “elecciones constituyentes” a partir de las cuales una eventual mayoría separatista declararía el nacimiento del nuevo Estado.

“Entramos en la etapa final. La actitud del gobierno español no va a frenar el compromiso que adquirimos ante los ciudadanos. En junio a más tardar nos situaremos en el momento crítico en el que los catalanes tendrán que validar el rumbo que tomamos”, dijo Puigdemont ante un grupo de periodistas.

Negó que vaya a inhibirse ante las sentencias del Tribunal Constitucional que ordenan detener el proceso de ruptura. “Obedeceremos a las legítimas autoridades elegidas por el pueblo catalán”, respondió ayer a La Nación.

A diferencia de su antecesor, el también independentista Artur Mas, Puigdemont decidió participar de la manifestación del Día Nacional. Lo hizo en Salt, cerca de la frontera con Francia.

Otra asistencia muy significativa fue la de la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, aliada de Podemos, que no integra el bloque separatista y hasta ahora siempre había jugado en la ambigüedad.

Para el independentismo, la protesta de ayer significaba un reto vital porque coincide con un período de tensión entre los partidos que sostienen la rebelión. Las diferencias entre la coalición gobernante Juntos por el Sí y los anarquistas de la Candidatura de Unidad Popular (CUP) forzaron a que Puigdemont decidiera someterse a una moción de confianza, que será el miércoles 28. Consiguió la promesa de que le permitirán seguir gobernando, pero a cambio de no demorar el desafío soberanista.

La CUP reclama un referéndum independentista unilateral. El gobierno catalán cree que primero se debe intentar un acuerdo con España, para no perder legitimidad internacional, y sólo después encontrar una “fórmula creativa” para registrar en las urnas la voluntad de los catalanes.

Por eso hablan de elecciones constituyentes, que en realidad serían unos comicios legislativos anticipados y por ende España no podría invalidarlos.

Las elecciones regionales del año pasado mostraron la complicación de esas vías alternativas: los partidos secesionistas lograron una mayoría de diputados, pero se quedaron en el 48% de los votos. Desde entonces se discute quién ganó.

Lo que ayer quedó en evidencia es que el catalanismo mantiene el vigor cinco años después de la primera protesta masiva a favor de la autodeterminación.

Los organizadores del “Diada” temían una caída en la convocatoria y por eso dividieron el acto en cinco sedes, lo que dificultaba la comparación con otros años en los que, según sus cálculos, se movilizaron hasta 1.800.000 personas.

Las cifras que ayer difundió la policía local daban una suma cercana al millón de personas. Los partidos contrarios a la secesión la reducían a menos de la mitad.

En cualquier caso, en Barcelona la concentración desbordó los casi dos kilómetros de los paseos de Sant Joan y de Lluís Companys. Los asistentes siguieron con obediencia el montaje preparado por la ONG Asamblea Nacional Catalana (ANC) y levantaron a la hora señalada unos carteles circulares con el lema “A punto”, símbolo de ilusión y a la vez de ansiedad.

El cierre le tocó al presidente de la ANC, Jordi Sànchez: “La república catalana se gana en las urnas y se construye en las calles. Hemos vuelto a hacer historia contra todos los pronósticos”.

¿Continúa la parálisis?

Unas terceras elecciones en España volverían a originar un Congreso muy dividido, que no aportaría nuevas opciones de cara a romper el actual bloqueo para formar gobierno, según un sondeo de la firma GAD3 publicado ayer por el diario ABC.

Según la encuesta, en unas nuevas elecciones el conservador Partido Popular (PP) sumaría otros cinco diputados, hasta llegar a los 142, lejos de la mayoría absoluta situada en 176 escaños.