En la lista de cosas por resolver a menudo nos olvidamos de nosotros.

¿Cuánto tiempo invertimos en torturarnos por cuestiones que jamás ocurrirán, pero sí pasan en nuestras mentes? ¿Cuántas pesadillas nos ocupan minutos, horas, días valiosísimos de nuestro tiempo? ¿Cuánto tiempo dilapidamos en discusiones estériles con quienes nunca van a capitular? ¿Cuánto tiempo tiramos por la ventana de lo inservible intentando buscar soluciones a cuestiones que solo se resolverán con el correr de los días? ¿Cuánto tiempo usamos en buscar cosas que no recordamos donde dejamos simplemente porque tenemos nuestras mentes tan atiborradas de asuntos pendientes que ya nos movemos por inercia? Si sumamos esos minutos, horas, días valiosos e incalculables sabremos que tenemos -¡claro que tenemos!- tiempo para nosotros.

Pregunto en cada una de mis charlas para padres quiénes de los presentes hacen algo simplemente porque les dé placer más allá de las obligaciones de los hijos, del trabajo, de la agenda, del deber ser. En el sur del país, en el norte y en el centro, de cada 100 personas solo levantan la mano entre 30 y 40, en el más optimista de los escenarios. Pregunto al resto cuál es la causa y hago siempre el mismo chascarrillo. Digo: “Ahora va a aparecer una palabra que empieza con T en 3, 2, 1…” Y alguien responde: “¡Tiempo, no tenemos tiempo!”.

Consulto si el huso horario de ese lugar tiene alguna diferencia respecto de los otros, si los relojes se mueven distinto. La gente se ríe, se distiende y trato de explicar que tiempo tenemos para nosotros, simplemente no tomamos las decisiones adecuadas en la administración del mismo.

Se habla mucho en los últimos años, (en esta costumbre que tenemos los argentinos de incorporar verbos con palabras traídas del idioma inglés) de la procastinación. “Procastino, luego existo”, me decía un paciente experto en postergar decisiones importantes.

Tenemos la costumbre los seres humanos de dejar sistemáticamente para mañana aquello que tenemos que hacer hoy, pero habitualmente lo que queda pospuesto es aquello que tiene que ver con nosotros mismos. Cuando es por nuestros hijos, si tenemos que ir tres veces por semana a la fonoaudióloga, llevarlos a la escuelita de fútbol, preparar la muestra de fin de año de danzas, armar un disfraz del Hombre araña, el tiempo existe, nos lo hacemos.

Ser padre o madre no es un apostolado, no debería de serlo. Pero a menudo termina transformándose en eso. Aquí va un ejemplo.

Una madre confiesa:

—Yo soy para ellos, los chicos, mi marido, llevarlos a pasear, cocinarles. Hace un tiempo me permito dedicar media hora para mí: hago crucigramas cuando todos se duermen.

La respuesta:

—Parece que podés ser una excelente madre con todos. Pero con vos misma amerita que te inicies una causa por abandono de persona.

Egoísmo y altruismo: hallar el equilibrio

El egoísmo tiene mala prensa en la universidad de la calle. Alguien que porte tal rasgo será mal visto y considerado. No es otra cosa que el culto por uno mismo (ego-ismo). En el otro rincón, el altruismo (alter-ismo), la adoración pero por el otro. Como en todas las cosas, debemos hallar el sano equilibrio, el punto medio.

Hacer por uno es egoísta, pero si lo compensamos con lo que hacemos por los otros tendremos una perfecta conjunción entre lo que necesitamos de nosotros mismos y lo que los demás requieren que hagamos por ellos.

Pero a no engañarse, muchas veces hacemos por los que queremos, pero no porque ellos lo precisen, sino por nuestra propia tranquilidad. Por ejemplo: padres que resuelven cuestiones pendientes escolares de los hijos para quedarse ellos con la calma del deber cumplido. Es un error, y grande, porque criamos niños con capacidad de resolución baja y dependientes de lo que los adultos hacemos por ellos.

Dedicar horas y horas de nuestros días a complacer a personas queridas casi obsecuentemente es a menudo el resultado de nuestras inseguridades y requerimientos de que nos confirmen, afiancen y refuercen nuestra estima. ¿No es cierto que soy importante para vos? Pareciera que queremos decir en esa carrera por la felicidad del otro y para ver en el espejo de los ojos de quienes amamos nuestra aceptación. Desde ya que es hermoso hacer por quienes amamos, pero nuevamente traigo la palabra mágica: equilibrio. En el amor devoto hay alguien que suele perderse, y ese alguien, es ni más ni menos, nosotros mismos.

La administración del tiempo en la era líquida

En la facultad un docente solía decirnos “a veces menos es más”. Me costaba entenderlo en aquel momento. Varias décadas más tarde entiendo claramente lo que quería decir. Vivimos en tiempos de sujetos multitask, de monitores encendidos y miradas apagadas. Estos tiempos generan necesidades que antes no existían. Tiempos de todo ya, de cero espera, tiempos en donde (afortunadamente a menudo) para comunicar algo no tenemos que ir necesariamente al correo y enviar una carta.

Pero esto que facilita también nos complica. Sería interesante investigar cuánto tiempo dedicamos los hombres y mujeres de clase media a resolver cuestiones que tienen que ver con lo que los monitores nos generan. Mails, WhatsApp, las notificaciones, las distintas redes sociales, a través de las cuales nos “comunicamos”. Es cierto que optimizamos y es cierto que ganamos tiempo, pero el mismo fenómeno de la ansiedad virtual hace que destinemos una parte importante de nuestros valiosos segundos, minutos, horas, en cuestiones que en la era previa a la tecnología no existían.

Agrego una pequeña digresión, muchas veces tenemos que dedicarnos a arreglar aquellos malos entendidos que la misma virtualidad genera. Hace unos días, queriendo regañar a mi hijo menor por demorarse en llegar a casa, y en medio de múltiples tareas (escribiendo, teléfono a mi derecha, mate a mi izquierda) le mando un audio enfadado y equívoco retando a un paciente:

—¡Hace más de media hora que tendrías que estar acá!

—Pero hoy no tenía sesión- responde balbuceante.

Disculpas, algo de vergüenza, y TIEMPO que destino a arreglar equívocos.

El mundo virtual nos fabrica urgencias, nos liga responsabilidades. Tengo que contestar mails, tengo que responder mensajes de Whatsapp, no puedo clavar visto y no responder, etc. Ser corteses nos lleva, si estamos pendientes de la tecnología, un tiempo que muchas veces restamos a cuestiones esenciales que descuidamos en la vorágine de los monitores encendidos.

Fabricamos pendientes donde no los hay. En la lista de cosas por resolver a menudo nos olvidamos de nosotros. El dolce far niente (lo dulce de no hacer nada) es una especie en extinción. Seamos sabios, cerremos pestañas y ventanas de nuestras computadoras, teléfonos celulares, tabletas y demás para abrir otras que tengan que ver que ver con el verdadero contacto con el otro y con nosotros mismos.

No es igual un día lunes con agenda, colegio de los chicos, oficina, turno con el pediatra, supermercado, pagar impuestos… que un día de vacaciones, mirando el mar, con el agua para el mate como único compromiso ineludible.

El tiempo parece pasar distinto, un día dura más, se vive más, se respira distinto. Es como si el tiempo existiera solo cuando podemos descomprimir nuestras cabezas. El secreto -y la buena noticia- es que podemos hacer algo para engañar al lunes de marzo y hacerlo sentir un poco sábado de febrero. Podemos, si nos lo proponemos, cambiar tiempo perdido, por tiempo ganado. Tiempo de jugar, que es el mejor.

Alejandro Schujman

FuenteClarín
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