El primer argentino ordenado monje Soto Zen explica cómo aquietar la mente mejora el cuerpo y el espíritu, y aleja los miedos y los deseos. Desde hace más de treinta años enseña esta práctica milenaria que señala que pasamos la vida buscando la felicidad, cuando en realidad “la felicidad está dentro de uno mismo”


Discreto. Simple. Y con mucho para enseñar. Así es el monje Soto Zen Jorge Bustamante o Rynan Zenji, como lo bautizaron en la ceremonia de ordenación en el templo de la Gendronnière, en el valle del Loire, Francia hace ya 32 años.

Su filosofía para encarar la vida: hacer silencio y quedarse quieto. Algo totalmente impensado en este siglo en el que todo es inmediato y en el que estamos atrapados por las nuevas tecnologías.

Bustamante ocupa su tiempo en dar charlas y en explicar su modo de vida zen. Busca aquietar la mente y, a través de ella, combatir el deseo y el miedo y volver a la condición normal del cuerpo y del espíritu. Esta rama del budismo, no es una religión sino que es una actitud frente a la vida. Sin castigo, sin dogmas, sin cielo, ni infierno y una forma de realizarse en plenitud.

Conocerse a uno mismo es el gran desafío que todo ser humano experimenta y que plantea Bustamante. La práctica del zen es una vía de autoconocimiento, una oportunidad para tornarse completo.

El maestro ofrece en esta charla su experiencia de años al servicio de la enseñanza de esta disciplina milenaria. Una vida simple, sostiene, consiste en el gesto justo para cada momento. Así, el gesto justo se transforma en la acción correcta: no comer de más ni de menos; no dormir de más ni de menos; estar con los otros sin perder la propia naturaleza; aprender a deshacernos de lo superfluo. Esto se consigue a través de la práctica del samu (concentración en el hacer de cada día), y del zazen (encuentro con uno mismo en la meditación).

Con extraordinaria calma explica que la “iluminación” existe aquí y ahora, no es un logro conquistado esforzadamente al final de un camino. La postura zen es una postura frente a la vida, que nos permite transcurrirla sin la sensación constante de pérdida y ganancia, éxito y fracaso.

-¿Qué es ser un monje zen?

-Es ser una persona común y corriente como cualquiera. La diferencia es que ha aprendido a quedarse quieto y en silencio.

-¿Cómo sería?

-Quedarse quieto es quedarse quieto. En general, la gente común tiene miedo de quedarse quieta porque es como que pierde la sensación de existir. Entonces siempre están haciendo algo: rascándose, con el celular, mirando algo en internet, conversando con alguien. Pero quedarse quieto es quedarse quieto. Físicamente primero y después naturalmente aparece la quietud.

–¿Cuáles son las principales enfermedades del siglo XXI?

-La gente está muy acelerada. Se llena de deseos, de ilusiones y, obviamente, en la otra punta está la desilusión. En la otra punta del deseo está el miedo de no poder conseguir o alcanzar eso que se desea. Está ocurriendo todo el tiempo. Si no tiene trabajo, quiere trabajo. Cuando consigue trabajo, no le alcanza la plata y tiene que buscar otro trabajo y así.

-En su libro dice que hay que tener una vida simple. ¿Cómo explica el concepto de simpleza?

-La simpleza es que, viviendo en el siglo XXI, tenemos internet, tenemos aviones, tenemos de todo, de todo, de todo. Y está muy bien usarlos porque son herramientas muy útiles de nuestra época. No podemos escaparnos de esta época. Pero tenemos que reencontrarnos con lo esencial. Es decir, lo que estábamos diciendo: a la hora de dormir, prepararse para dormir; a la hora de encontrarse con la esposa, con los hijos, con los padres, prepararse para estar con ellos.

-¿Qué lo llevó a usted a convertirse en monje zen?

-Lo que me llevó fue una gran insatisfacción de mi vida en este mundo. De correr detrás de los fenómenos y chocarme contra las paredes, contra los árboles, y en algún momento dije: “Basta, el problema no está en las cosas que choco, el problema soy yo que me tiro contra esas cosas, no son las otras personas las que me dejan, que me abandonan, que me tratan mal, el problema está en otra parte”. En esa época estaba leyendo mucho mucho, y cuando me encontré con el zen, primero a través de la lectura, me di cuenta que por ahí andaba, esa era mi liberación.

– ¿Qué descubrió en ese mundo?

-Decir que me descubrí a mi mismo sería tal vez una pedantería, porque uno no se termina de descubrir nunca. Pero descubrí que lo importante es volver la mirada hacia uno. Es decir las cosas no cambian, cambia el ojo del que mira las cosas. Un plato de arroz es un plato de arroz. Un plato de caviar es un plato de caviar. Pero si yo estoy comiendo arroz, pensando que quiero comer caviar, ahí ya hay conflicto adentro mío, entonces ese arroz, o lo que estoy comiendo me va a caer mal. Me di cuenta de que el famoso “conócete a ti mismo” es de nunca acabar porque es como pelar una cebolla, sacar y sacar y sacar. Eso es un monje zen. Un maestro zen no es agregar cosas. Uno es teniente, subteniente, general, capitán, coronel, no se qué, va ascendiendo, o aprendiz de… y después… El monje es al revés, quitar, quitar, despojarse, despojarse, despojarse.

– ¿Despojarse de qué por ejemplo?

-Siempre hay cosas para dejar. Uno se mira en su propia naturaleza. Abre el ropero, por ejemplo, mira, “uh, todos estos zapatos, ¿los preciso?, todas estas blusas, ¿las preciso?, todas estas polleras, ¿las preciso? Sí, esta, esta y aquella, lo demás lo puedo donar, lo puedo regalar, lo puedo vender”. ¿Para qué lo quiero? Me di cuenta de que soy muy feliz vistiéndome siempre igual porque no necesito. Alguien me dijo que una persona que actúa de esta manera, no necesita adornos, y creo que es cierto, no necesito adornos porque creo en mí mismo. No necesito adornos, no necesito aparentar lo que no soy. Procuro el instante, el instante de ser lo que soy. Y cuando estoy enojado, estoy enojado.

-Hay una famosa frase que dice: “El mejor arquitecto de la vida es el deseo”. ¿Usted está de acuerdo?

-No. En absoluto, no estoy de acuerdo.

-¿Por qué?

-Porque la vida se hace sola en sí misma. O sea, que un perro busque a una perra, ¿a eso le llamamos deseo? No. Eso es un instinto natural. Que una mujer sea atraída por un hombre y que un hombre sea atraído por una mujer es una cosa natural.

-¿Y que alguien desee un puesto de trabajo? ¿O que alguien desee formar una familia? ¿Comprarse una casa?

-Habría que ver el significado de la palabra deseo. Yo creo que está muy bien querer formar una familia, está muy bien querer tener un hogar, sacar cuentas, ver cómo anda la cosa, ver un trabajo honestamente. Eso está muy bien. Es natural también. Pero hay que darse cuenta de que el deseo, tal cual lo estoy hablando en este momento, es como un pozo sin fin. Quiero más, quiero más y quiero más. Ahora quiero esto y ahora quiero lo otro. Un hombre está subiendo la montaña, el Everest, quiero llegar, quiero llegar. Ese deseo lo motoriza para tener energía y llegar. Llega arriba y saca una foto para sus amigos y está pensando en cómo bajar y en ningún momento disfrutó de todo su recorrido. El deseo se lo comió.

-Es interesante porque me imagino que muchos deben pensar que ese es el sentido de la vida: desear cosas, lograrlas; desear otras cosas y lograrlas…

-El deseo mueve al mundo pero Buda dijo que tengan pocos deseos. La pasión, el deseo apasionado es normal, pero cuando uno puede entrar en uno mismo, hacer silencio, el mismo acto de quedarse quieto y silencioso, transforma a esa pasión que antes era egoísta dirigida a una persona o a un objeto, en compasión. Y la compasión no quiere decir que yo no ame a mi mujer, o a mis hijos, o a mis padres que son personas individuales, sino que esa pasión se transforma en compasión. Es decir que puedo entender lo que le pasa a mi padre, lo que le pasa a mi hijo, lo que le pasa a mi mujer. Puedo entender por qué ellos son distintos y piensan distinto que yo, por más que sean de mi familia. Entonces, si yo puedo verlos con compasión, puedo ir más allá del tú y del yo, más allá del “porque vos dijiste tal cosa, yo dije tal otra”, de ese cuento de nunca acabar.

-¿Qué consejo suele dar?

-Aunque vivas 100 años o más, la vida es muy cortita. Muy cortita. Este instante es suficiente. Si este instante puede estar conmigo, puede estar contigo. Si estoy contigo puedo estar con los que me están escuchando. Este instante transforma toda mi vida, transforma todo mi futuro, pero también transforma mi pasado. Para eso hay que hacer silencio y quedarse quieto, como es difícil recomendamos que lo practiquen y que vayan a lugares donde un guía les enseñe con otros cómo practicarlo y sacar el egoísmo.

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