La irrupción de Lorena Verdún, viuda de Claudio “Pájaro” Cantero, en la presentación del libro sobre Los Monos es un intento más de la banda narco de amedrentar a la sociedad y, sembrando el terror, lograr sus fines.

La presentación del libro “Los Monos” no pudo concretarse el miércoles pasado por la irrupción de una integrante de la familia Cantero, que interrumpió el acto desde la segunda fila lanzando insultos abiertos a los autores, además de amenazas contra ellos mismos y para sus familias. Estas expresiones fueron escuchadas por decenas de personas del público que guardaron primero un silencio perturbador, y que en algunos casos además registraron videos de lo ocurrido con sus teléfonos celulares.

Frente a los episodios violentos que azotaron a Rosario en los últimos años, este resulta un incidente por completo menor. Es indudable. Pero su condición de posibilidad ha sido preparada por un derrotero de acciones impunes mucho más graves que llevan un sello común. En esas acciones se mezclan hechos brutales insertos en una trama coherente donde no hay sanción. Eso prepara el terreno para que personas amparadas por esa inacción se sientan con derecho a cualquier cosa.

La persona que tuvo éxito en cancelar un acto con cien personas lanzando amenazas a los gritos es Lorena Verdún, primera esposa de Claudio “Pájaro” Cantero, asesinado líder de Los Monos, y madre de sus tres hijos. Verdún tiene que afrontar un juicio acusada de integrar una asociación ilícita que, entre otros delitos, comete homicidios. Distintos jueces han convalidado esta acusación contra ella para que se celebre un juicio que no llega nunca, por la postergación que los abogados de los líderes promueven con rutinarias martingalas procesales, y que tienen a los funcionarios del Poder Judicial provincial en un rol casi subordinado a estas acciones, respondiendo débilmente más que mostrando vocación y principio de autoridad.

¿Por qué Verdún entró a un salón universitario del centro de Rosario a romper todo? Porque puede hacerlo. Un camino hecho de impunidad, ineficacia estatal y miedo son el reaseguro para que, si ella lo desea, simplemente tome la decisión y la ponga en práctica.

La idea de que la familia Cantero puede hacer cualquier cosa queda plasmada en actos que se repiten de forma rutinaria. Algunos de ellos son hechos sombríos y bestiales que no se les pueden atribuir porque el Estado no avanza. Es una encerrona maquiavélica pero cargada de cuestiones sugerentes.

Los tres acusados de matar al “Pájaro” Cantero fueron absueltos en un juicio. Los padres de los tres acusados fueron asesinados en 18 meses. Ni uno solo de estos hechos fue esclarecido.

El abogado Jorge Bedouret renunció por decisión personal a la defensa de la familia Cantero en abril de 2016. A fines de mayo una persona lo citó por teléfono para una consulta legal en Las Carolinas, sobre la ruta 18, y le pegó cuatro balazos. El Ministerio Público de la Acusación tiene constancias de que inmediatamente antes y después del atentado un teléfono conectado con el celular desde el que convocaron a Bedouret a esa reunión recibió al menos diez comunicaciones de la cárcel de Rawson. Donde en ese momento estaba Ariel “Guille” Cantero, que es otro de los líderes de la banda. El ataque a tiros contra este abogado está impune.

La Procuración de la Corte impulsó un acuerdo de juicio abreviado contra 14 miembros de Los Monos que fue rubricado por las partes. Pero tres jueces de Sentencia decidieron no refrendarlo por la falta de lógica entre la historia del caso, por un lado, y las figuras penales y las bajas penas impuestas a tres de los firmantes acusados de un asesinato filmado, entre ellos “Guille” Cantero. Tiempo después la sede de la Procuración en la ciudad de Santa Fe apareció acribillada a balazos. Nunca se supo nada de los autores.

Las amenazas que según las resoluciones judiciales le sirvieron a la banda para enseñorearse en un territorio liberado son irrestrictas. Una de sus últimas víctimas fue el juez de Sentencia Edgardo Fertitta, a quien amenazaron de muerte cuando negó un traslado desde Rawson a Chubut a “Guille” Cantero. Frente a la negativa, el 19 de agosto de 2016 sonó el teléfono en el despacho del juez y una pasante judicial lo atendió: “Soy ‘Guille’ Cantero y decile al juez que se meta el traslado ya sabe dónde y que lo voy a matar”. A esa misma hora una cámara del presidio chubutense lo filmó a “Guille” hablando por el teléfono fijo del penal.

Hace dos meses Ramón Machuca, “Monchi Cantero”, que espera juicio por asociación ilícita y como responsable de cuatro asesinatos, envió un video dirigido a la ex jueza Alejandra Rodenas, que lo procesó como instigador de esos cuatro asesinatos, en el que entre otras cosas hacía alusión a saber dónde vivía. Rodenas denunció esa acción como una amenaza lisa y llana.

Siempre es prudente evitar sobreactuaciones. Pero algunas circunstancias de claridad rotunda demuestran que no es exagerado que se despierte una alerta frente a amenazas de muerte de personas que, como dijo una jueza, tienen a su entorno no solamente planeando asesinatos. “No sólo sabemos cómo lo hicieron. También los escuchamos”. Minutos antes de ejecutarse el crimen de Diego Demarre por el que “Guille” Cantero va a juicio como autor, se lo escucha a “Monchi Cantero” decirle a su padre: “Prendé la radio”, en relación con el aparato de comunicación, en el que están interconectados con ellos los que concretarán el homicidio. También se lo escucha a “Monchi” recibir un parte de un policía de la banda con el estado de las víctimas del ataque a una camioneta frente al distrito sudeste, en el que hubo tres muertos, a 45 minutos del hecho.

Lorena Verdún está procesada hace casi tres años por un delito que no llega a juicio. Por el mismo delito deberá sentarse a su lado su cuñado “Guille” Cantero que fue procesado la semana pasada, esta vez por un juez federal, por planificar desde la cárcel de Piñero el secuestro extorsivo de un chico de 20 años. El hecho de que aquel juicio lleve seis meses de postergaciones desde que se le fijó su primera fecha es todo un emblema de la precariedad de la Justicia Penal.

El escenario que se busca crear con todas estas cosas, en el que la presentación de un libro es un capítulo menor pero simbólico, es el de un miedo que lleve a la inmovilidad. El miedo es el motor de la impunidad. No son solamente los actos. Se toma como común que personas acusadas de homicidios les manden mensajes amenazantes, por teléfono, a los jueces que les dictaron medidas que no los favorecen. A esto se suman _como todo el mundo no deja de hablar y dar por normalizado en Tribunales_ que allegados directos a Los Monos refieran mensajes nunca del todo explícitos pero cargado de sentido a jueces, fiscales, secretarios penales, periodistas. Con comentarios, deslizamientos e insinuaciones de qué cosas les caen bien o les caen mal a los Cantero, qué expectativas tienen, qué cosas presagian panoramas más claros o más inquietantes, estos mensajes son elocuentes y tienen, en su enunciación oblicua y viniendo de quien vienen, un propósito claro.

El miedo es, en definitiva, el instrumento con el que una minoría busca su protección. Pero los que pueden sentir miedo lo pierden cuando ven que sus instituciones no vacilan en mantenerse firmes contra los que buscan rédito con ese miedo. Es en el momento en que las conductas oscuras son sacadas de su oscuridad cuando el miedo sembrado deja de ser eficaz. Hasta ahora las instituciones de la Justicia Penal y de la Seguridad Pública de Santa Fe se las ven en problemas porque a estas cosas no suelen llamarlas por su nombre ni actuar en consecuencia. Cuando todo está en la nebulosa, además, a los impunes les queda la chance de decir que los difaman, porque las cosas que se dicen no han sido probadas.

Los que estaban en la sala donde dos autores no pudieron presentar su libro fueron testigos de cómo allí campeaban, con los gritos amenazantes de la persona que interrumpió el acto, esas sensaciones de incertidumbre que provoca lo que no está claro. En ese sentido aquí se trata de dejar constancia de que estas cosas son inaceptables porque atacan a una mayoría hastiada de la violencia. En ese sentido también se lo concibe no como la ofensa a un periodista sino al diario todo. Y a todos los que tienen el afán de que ese miedo instrumental al que unos pocos recurren como método no impida a la comunidad enterarse de lo que le pasa.

FuenteLa Capital
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