Qué se juega al estar con otro. Y claves para saber si es saludable seguir sosteniendo la pareja.

“Duele el silencio, la mentira, el engaño. Duelen los momentos compartidos como si hubiéramos sido dos y ya éramos más. Duele lo no dicho, duele el contacto fugaz, una, dos veces, (no sé cuántas habrán sido) con el cuerpo del otro. Eso me desgarra, y no sé si me dejará de doler alguna vez”.

Alguna vez me dijeron que si uno no tiene nada inteligente para decir, es prudente un silencio discreto antes que un comentario desatinado y eso fue lo que hice cuando escuchaba desde mi sillón a esta mujer que, en un acto de introspección puro, describía su sentir frente al engaño de su pareja.

¿Es posible perdonar una infidelidad? Quizás sí, pero depende. ¿De qué depende? (como decía la canción de Jarabe de Palo): de muchas cosas.

Cuando pensamos en los motivos que pueden llevar a un hombre o a una mujer a “decidir” ser infiel a su pareja los motivos son variados y complejos. Descreo de esos argumentos que los seres humanos utilizamos a menudo para defender posturas y decisiones que tomamos. Cosas tales como:

-“Fue un momento de calentura, me dejé arrastrar por la situación. Si pudiera volver el tiempo atrás no lo haría”

-“Me quiero matar, tomé de más, no quise hacerlo”

Somos seres humanos, tenemos la palabra, la libertad de decidir y lo que hacemos tiene consecuencias.

Cuando en perspectiva y fuera de la situación tomamos contacto con lo que pasó -como en la película “¿Qué pasó anoche?”- ahí es donde surge el arrepentimiento, genuino y sincero muchas veces, pero tardío en ocasiones.

Fuera de la adrenalina, de la excitación propia de la situación, aparece el encuentro con la realidad. En este punto cuando un hombre o una mujer deciden dejarse llevar por el deseo a expensas del impacto en la pareja, la vuelta a lo cotidiano y el balance suele y puede ser duro.

No es sencilla la vida en sociedad, los estímulos son muchos y constantes en el “camino de la tentación”. En términos generales, y sabiendo que en terreno de las relaciones humanas aplica el “caso por caso”, digo: una infidelidad “es síntoma de”.

Como la fiebre en un cuadro gripal, como la deshidratación en un golpe de calor, un engaño dice lo que no se ha podido plantear a tiempo. No como justificativo, sino como elemento central en la compresión del fenómeno.

Puede ser la manifestación de una vida sexual pobre en la pareja, o bien celos no asumidos por el nacimiento de los hijos, o de una crisis personal en relación al paso del tiempo.

De una u otra forma, pensando en la posibilidad de la reparación y el intentar seguir adelante en la vida de pareja a pesar del episodio, es imprescindible poder entender el origen de la situación, las causas de la misma. Nada se soluciona si no sabemos qué es lo que ocurrió y porqué.

El dilema de la monogamia

El amor de pareja (a diferencia del amor filial, de amigos, fraterno) es un amor egoísta. En los otros vínculos los celos siempre están presentes, pero son manejables. Cuando se trata del amor de pareja es muy difícil –o casi imposible, diría– compartir el placer sexual y resignar la exclusividad en este campo.

Se ponen en juego elementos esenciales de la autoestima y el narcisismo, se activan factores culturales que nos atraviesan en este hemisferio de manera inapelable.

Echan a rodar cuestiones que tiene que ver con la “pertenencia”. Se nombra “mi esposa”, “mi marido”, “mi novia”, “mi pareja”. En cambio se habla de amigos se dice, “un amigo”, “un compañero” de trabajo”. No decimos “una novia mía” salvo que seamos jeques árabes y no está dirigida esta nota para ellos particularmente.

Para complejizar la situación debemos decir que la fantasía en el ser humano es polígama. Y no creo (y esto podrá ser sometido a debate) que fantasear con otro partenaire sexual sea un acto de infidelidad en sí.

Hay una sección en un programa de radio que “juzga” de manera lúdica distintos comportamientos de los oyentes que llaman para determinar si han sido o no infieles. Y es más que curioso (y tema para desarrollar en otra nota) la necesidad de estos tiempos de ir sacando miserias al sol por medios varios y redes sociales.

Cuando en un sueño –y el sueño es la manifestación más primaria del deseo– aparece un encuentro apasionado con una persona con la que existe –al menos en el plano imaginario– una corriente erótica, esto solo prueba y demuestra que el inconsciente existe. Hombres y mujeres mirarán a otras personas con deseo y esto no determina ni crisis de pareja ni acto infiel.

Por supuesto que si las miradas, los sueños, los pensamientos están siempre por fuera de la persona que está a nuestro lado, algo habrá que replantearse, algo seguramente anda mal.

En este punto es común y curioso ver cómo se permiten, y hasta juegan algunas parejas a ver quién es el famoso dueño de los pensamientos del otro. Quién sería el permitido si las distancias se achicaran y Hollywood fuera el límite de la General Paz.

Una pareja hace un tiempo, hablando de estas cuestiones en su sesión decía. “Si Johnny Depp te diera bola, podés ir con él. Si Uma Thurnan lo hiciera conmigo, tengo tu permiso imagino”. La distancia y la fama hacen que la fantasía sea casi un estímulo para ambos. “Mirá si pasara” se dicen. Pero como reza el proverbio chino “Nunca pidas aquello que te puedan llegar a dar”.

Una paciente me decía hace mucho: “Tengo la fantasía de armar un trío con mi marido y otra mujer, pero creo que si esto se llegara a concretar primero termina en tragedia”.

Algunas fantasías deben quedarse en ese plano, y no pasar al acto. La infidelidad es la puesta en acción de una fantasía que escapa de este territorio por decisión de quien la ejecuta y pasa al plano real.

Cuando a menudo hablo del axioma de las elecciones digo algo elemental en el terreno del sentido común: cada vez que tomamos un camino en lugar de otro, ganamos algo y perdemos también. Desde elegir un plato en un restaurante, una carrera para estudiar, o emprender y tomar el compromiso de una relación monogámica, quedan cosas, personas, posibilidades por fuera, y quedan otras por dentro.

Soportar, balancear, justificar el costo de aquello que queda como pérdida será la ecuación que deberemos monitorear y plantear para justificar y volver a re-formular nuestras decisiones.

El amor en tiempos del like

En épocas de hipervirtualidad el erotismo circula de manera compleja y peligrosa para la salud de las relaciones de pareja. El narcicismo virtual como la necesidad de aprobación permanente a través de likes y otras yerbas nos deja en estado indefensión y absoluta extimidad que poco tiene que ver con la intimidad y resguardo que una relación amorosa precisa.

Para decirlo de manera sencilla, aparece una foto en las redes sociales de aquella novia de los años mozos, espléndida ella, en alguna playa caribeña. Aquel amor imposible, capitán del equipo de rugby en el colegio secundario, sigue pasos en Instagram. La fantasía se despereza, si es que está anestesiada, y comienza el “coqueteo virtual”. Al filo de la cornisa, al borde del precipicio.

El destino final de esta historia dependerá de lo sólida que pueda estar la pareja, de la confianza que circule en el seno de la misma, de la capacidad de insight de cada uno de sus miembros.

¿Cuál es el límite? ¿Fantasear y soñar con esa compañera que sube un álbum de fotos es ser infiel? ¿Poner like a una de estas fotos? Escribir un comentario en el muro, un mensaje por inbox, un café para recordar viejas épocas, y escalada para terminar entre sábanas calientes. No hay en el universo de lo anímico verdades absolutas, sí hay verdades.

Una pareja que atraviesa una infidelidad queda herida. El tiempo, la historia, la entereza anímica, la magnitud en el conjunto de la relación dirá si es herida de muerte o si hay otra chance más.

“Una infidelidad se paga en cuotas”

​Con la determinación de un juez dictando sentencia, esta mujer de unos 40 años enuncia su decisión de seguir al lado del hombre que la engañó (y que quizás lo siga haciendo), con la venganza como sostén del desprecio recibido. Lo dice con tal convicción que es difícil poner en cuestión lo que para ella es una certeza.

Hace cinco años que descubrió que su marido tiene una relación paralela y decidió seguir adelante con el matrimonio. A cambio, “reventar la tarjeta de crédito, viajar todo lo que pueda, cambiar auto y casa lo más seguido posible, y ojalá que se pudra en su propia trampa” Es imposible, ética y profesionalmente, no decirle que la trampa es también para ella, que está hipotecando su vida en una cruzada propia de Kill Bill, y que no entiende ni oye su sufrimiento. Que su cuerpo sí lo ha hecho: esta paciente tiene desde hace 4 años diferentes y complejos trastornos psicosomáticos, cuyos tratamientos médicos “también los paga mi marido” (sic).

Es caro, muy caro, y no hablo del dinero del que dispone, sino de la vida que se le va enredada en su dolor y odio. Ya está más cerca de salir de ahí, ya pudo empezar a escuchar que “nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio”.

No es buena idea, jamás, taponar y compensar con dinero lo que de amor no tenemos. Ninguna relación que se precie de tal amerita inmolarse, soportar engaños o violencia en nombre del amor. El respeto por el otro, la nobleza como estandarte, ante todo. Somos seres humanos, podemos confundirnos, podemos pedir perdón, podemos reparar y podemos también perdonar. Pero nunca deberemos hipotecar años de nuestra vida por miedo a volver a empezar.

Será lo que deba ser, o si no será otra cosa.

¿Perdonar o no perdonar? Esa es la cuestión

El poder “perdonar” no es un acto inmediato y que se ejecute así como así. El rearmado de la historia se dará de a poco, según vayan cicatrizando las heridas abiertas.

¿Cuáles son las cuestiones que pueden jugar a la hora de perdonar o no una infidelidad?

-Que la confianza vuelva a ser la de antes. Si una infidelidad pone en juego la confianza de la pareja de manera irreversible, la reconciliación será tarea titánica. Habrá dolor, habrá quiebres, pero la fortaleza pre-existente en el vínculo es la que determinará el destino de la relación.

– Entender, para poder cambiar. Poder ver, reparar y remontar aquello que en el plano de la relación no funcionaba es esencial. Muchas veces el encuentro con otro/a se da como resultado del desencuentro no percibido, o simplemente por la soledad a pesar de estar de a dos.

-Peso relativo vs. peso absoluto. Es fundamental evaluar si es un hecho aislado o una situación sostenida en el tiempo. Una golondrina no hace verano, pero si tenemos cientos de ellas será imposible revertir la situación.

En definitiva, la sensatez, el sentido común y la presencia de los afectos más genuinos serán los indicadores para determinar si hay una vuelta más. Como he dicho muchas veces, el cotidiano se devora la pasión, las mariposas, la magia.

Y también cabe la pregunta si es el “perdón” la operación a realizar o será cuestión de poner lo que ha pasado como un problema a resolver y remontar de a dos, siempre que el amor sea la energía que alimente el vínculo y la infidelidad no sea producto de mentes manipuladoras o psicopáticas. En los otros casos quizá querer genuinamente desde el sentir sea poder.

El trabajo de volver a ser dos, o “mucho más que dos”, será una decisión a tomar, pensando sencillamente en la posibilidad de ser felices, de una u otra manera.

Alejandro Schujman, psicólogo especializado en familias. Director de Escuela para padres. Autor de Generación Ni-Ni, Es no porque yo lo digo y coautor de Padres a la obra.​​