El conflicto en Siria ingresa esta semana en su octavo año convertido en una guerra mundial en miniatura, tan mortífero como siempre y con nuevos frentes que amenazan con un choque entre potencias mientras Damasco y sus aliados buscan su victoria final sobre el Estado Islámico (EI) y otros grupos rebeldes.

Pese a que la situación sobre el terreno empeora sin pausa, en el plano diplomático las negociaciones avanzan a cuenta gotas y sin logros sustanciales, marcadas por el eterno disenso sobre qué papel debería jugar el presidente sirio, Bashar al Assad, en cualquier transición posterior a una pacificación del país.

Aunque extensas áreas de Siria parecían estabilizadas a fines de 2017, dando la impresión de que la guerra, iniciada el 15 de marzo de 2011, estaba acabando, la violencia ha explotado en algunas zonas con ferocidad renovada, provocando la muerte o heridas a cientos de personas en una nueva e impredecible escalada.

En el centro de la atención mundial se sitúa Ghouta Oriental, una región ubicada cerca de Damasco donde fuerzas de Siria y de su principal aliado militar, Rusia, han lanzado días atrás una ofensiva terrestre para tratar de erradicar a grupos islamistas que controlan sus principales localidades desde 2012.

Más de 1.100 personas han muerto en Ghouta Oriental, y la tercera parte de las viviendas privadas y una importante porción de los hospitales ha sido destruida o dañada desde el 18 de febrero, cuando Siria y Rusia intensificaron una campaña de ataques aéreos y de artillería que precedió y que acompaña a la operación terrestre.

Los 400.000 residentes de Ghouta Oriental se han estado refugiando en sótanos, y sólo salen a buscar víveres o inspeccionar el daño a sus propiedades. Desde noviembre pasado, la ONU sólo logró ingresar a la región dos caravanas con ayuda humanitaria -alimentos y medicinas- para unas 35.000 personas.

El Consejo de Seguridad de la ONU aprobó el mes pasado una tregua de 30 días para Siria, que no se ha cumplido.

En su lugar, y bajo presión, Rusia estableció una pausa de cinco horas diarias en los ataques a Ghouta para permitir el ingreso de ayuda y la evacuación de civiles, pero recién ayer salieron las primeras 52 personas, 15 días después de empezar a regir la tregua.

Con el EI cerca de quedar fuera de combate desde que el Ejército sirio retomó su “capital”, la ciudad de Al Raqqa, en octubre pasado, la captura de Ghouta marcaría la mayor victoria para Al Assad desde la reconquista de la norteña ciudad de Alepo, la segunda mayor del país, en diciembre de 2016, con ayuda de Rusia.

Mientras el gobierno se afianza, Estados Unidos, Israel y Turquía han profundizado su participación en el conflicto para proteger sus intereses, como evitar un retorno del EI, contrarrestar la influencia de Rusia, Irán y el grupo libanés Hezbollah, aliados de Siria, o impedir la creación de una entidad autónoma kurda como la del vecino Irak.

Como resultado, el reciente caos ha sido excepcional incluso para una devastadora guerra de siete años y unos 400.000 muertos: en pocos días del mes pasado, milicianos de Al Qaeda derribaron un avión ruso y combatientes kurdos un helicóptero militar turco, mientras que Israel abatió un drone iraní y el Ejército sirio abatió un caza F-16 israelí.

El descontrol, al que se suman denuncias sobre el continuo uso de armas químicas en varios frentes, ha levantado gran alarma.

“Todos los ingredientes están presentes, si no hacemos nada urgentemente, para una gran confrontación regional e internacional”, dijo el mes pasado el embajador francés ante la ONU, Francois Delattre, resumiendo los temores de buena parte del planeta.

En el este de Siria, en tanto, Estados Unidos continúa con su campaña de apoyo a milicias rebeldes lideradas por kurdos que combaten contra el EI en sus últimos reductos en la frontera con Irak, pese a las protestas de Siria y Rusia, que han denunciado la presencia ilegal de las tropas norteamericanas, y de Turquía, enemiga de los kurdos.

El mes pasado, aviones de Estados Unidos bombardearon a combatientes pro gubernamentales sirios que habían lanzado una ofensiva contra los grupos rebeldes aliados de Washington. El bombardeo terminó con un centenar de muertos y reflejó los peligros de encontronazos indeseados en un campo de batalla lleno de beligerantes.

De manera paralela, Turquía ha redoblado una ofensiva aérea y terrestre contra combatientes kurdos aliados de Estados Unidos en el noroeste de Siria, luego de invadir la región en enero pasado con tanques y blindados, agregando otra peligrosa capa a un conflicto cada vez más internacional.

Estos acontecimientos han disparado las tensiones entre Estados Unidos y Turquía, dos países aliados de la OTAN, y fundamentalmente entre Estados Unidos y Rusia, que parecen estar librando en Siria una guerra indirecta a través de intermediarios para afianzar su posición en Medio Oriente en un eventual periodo pos conflicto.

En el ámbito político, la ONU sigue trabajando para lograr un acuerdo de paz en negociaciones que auspicia en Ginebra desde 2014, sobre la base de una resolución del Consejo de Seguridad que pide una transición dirigida por una autoridad interina, una reforma de la Constitución y la celebración de elecciones.

Pero las conversaciones se han topado con una diferencia recurrente e insalvable: la oposición, apoyada por Estados Unidos, afirma que Al Assad no debería jugar ningún rol en esa transición, mientras que Damasco y Rusia insisten en que la cuestión debe ser decidida por los sirios.

Además, la creación de una comisión para redactar una nueva Constitución, pactada a fines de enero en la ciudad rusa de Sochi, que reavivó las esperanzas de progresos por esta vía, está ahora en peligro ante la negativa de Damasco a aceptar que sea la ONU quien elija a sus miembros.