Comenzó a trabajar como hombre, después cambió su identidad de género y el DNI . “No sé si me siento mujer, pero si sé que soy una señora”, declama

Jorgelina Pineda es una de esas personas a las que aplica el dicho de que “lo que no mata engorda”. Nació como Jorge en el seno de una familia “ultraconservadora” de Correa, donde era la “mariquita del pueblo”. Gorda, encima. De 1,89 de altura, gay asumida desde los 16. Tuvo que hacer el servicio militar, “otro espanto”. Con todo, le salió bastante bien: “Entré a la colimba con 110 kilos y salí con un cuerpazo de 73”. Rosario le pintó como el paraíso prometido de liberación. Llegó y entró a trabajar al entonces Banco Provincial de riguroso traje y corbata, aunque “hasta el cieguito que vendía en la puerta se daba cuenta” de lo raro que le quedaba.

Los años trajeron una lenta transformación de su subjetividad e imagen, siempre contrariando el “chip” implantado en la infancia. Y ahora, con casi 40 años de trabajo, los últimos 20 en el Ministerio de Infraestructura, calienta motores para jubilarse, trámite que llevará su nuevo nombre legal, gracias al derecho que reconoció la ley de identidad de género. A sus casi 60 declama: “No sé si me siento mujer, pero sí sé que soy una señora”.

En junio de este año Jorgelina, con DNI que lleva ese nombre desde el 8 de mayo del 2017, cumplirá sus “primeros 60”. Gracias al cómputo del dos por uno que permite el Estado provincial, ya está en condiciones de jubilarse. Sólo que el cambio de identidad de género demoró un poquito el trámite.

Se retirará, entonces, después de casi cuatro décadas de “poner el lomo”, como mujer. Con nombre y una historia laboral de mujer. Tendrá un recibo de haber previsional de mujer, un carnet de jubilada. Donde dirá, como siempre asumió que se llamaba, Jorgelina.

“Tengo tanta felicidad de haber logrado esto, de que la gente me reconozca de esta manera, de que me digan señora…”, dice, mientras se le piantan algunos lagrimones.

Jorgelina nunca se operó nada. Luce pechos “adolescentes” (se ríe al decirlo) naturales, producto de que tiene una “ginecomastia”, es decir, un agrandamiento de las glándulas mamarias. Pelo rubio y largo. Uñas pintadas, muchos anillos y pulseras. No imposta la voz. Suena franca, directa, amable.

Mientras charla con LaCapital en un box vidriado que la cartera de Transporte tiene en la Terminal de Omnibus, fuera ya del horario de oficina, caen algunos rezagados. En medio de la entrevista, Jorgelina dispensa consejos para que los jubilados de más de 70 que van a tramitar su descuento en los colectivos de larga distancia no tengan que ir más de una vez.

Su sello reza un orgulloso “jefa de departamento”, categoría que le costó conseguir. “Fue la primera y única vez que sentí bullying en mi vida: alguno hasta me tiró preservativos o me escupió el escritorio”, recuerda.

“Pero de mí podrán decir cualquier cosa, menos que no soy dedicada a nivel laboral: lo único que tuve en mi vida fue trabajo. Quizás por eso me reconocieron como jefa departamental”, dice.

Y allí viene a cuento lo de la paradójica herencia paterna: un hombre superestricto que la mortificó mucho con sus mandatos conservadores y machistas, pero que a la vez la fortaleció. “Lo mismo que le recriminé a mi padre, quizás hoy se lo agradezco”, arriesga.

 

A su madre la define como de “pollera muy ancha” para cobijarla tanto como a su hermano gay. De ella, ya fallecida, Jorgelina dice algo conmovedor. “Viste lo que son las madres para nosotras, el tercer sexo… son las únicas mujeres de nuestras vidas, un tema muy importante”.

Hasta llegar al presente, como rezaba hace muchos años el jingle con aires feministas de Virginia Slims (“has recorrido, muchacha, un largo camino ya”), Jorgelina pasó de todo.

Al banco, se ha dicho, entró trajeada y con una “doble vida” en 1979. Hacia el 96 ya usaba “camisola de bambula y jeans, aritos chiquitos y el pelo largo atado, un poco más atrevida”.

En el 98, después de la privatización, pasó a trabajar en la órbita del por entonces Ministerio de la Producción: ocupó distintas sedes y oficinas y hace trece años se trasladó a las dependencias de la cartera (luego llamada de Infraestructura y Transporte) en la Estación Mariano Moreno.

Con tareas ligadas a la atención al público, el proceso de transformación de identidad de género se fue visibilizando con cambios de imagen. “Venía la gente y me decía: «Ehhh, mmmmm, señor, digo, señora…, pobres, no sabían qué decir”, cuenta. Y se ríe, Jorgelina.

Pelo largo “siempre”; teñida “toda la vida”. Cirugías, “hasta ahora ninguna” (“me haría un lifting, una lipo, pero me da miedo”). Después fue cambiando la ropa, cada vez más estampados, cada vez más bijou, cada vez uñas más largas.

Pareja en este momento no. “Me enamoro como una tontuela y los jóvenes me dan bola, pero después me termino convirtiendo en su hermana, su madre, su abuela… Hoy prefiero un «touch and go»”, admite.

Lejos del estereotipo del “nací en un cuerpo equivocado”, Jorgelina se asume como trans. Al menos en el espesor de esta charla, no como mujer. “Si no, me habría cortado el pito”, bromea.

Pero se siente, eso sí, toda una señora. “Yo soy muy feliz, entendiendo que la vida son momentitos felices. La amargura es la carga de imposición que me pusieron de chica”, dice, un “chip” que aún le pesa.

A lidiar con eso la ayudaron varias amigas que pide nombrar. Marcela Viegas, por ejemplo, que la impulsó a cambiar de vestimenta. Bibiana Blasón, que le dijo “decidíte: no podés ser mitad y mitad”. O Pamela Rocchi, que la ayudó con los trámites de su nueva identidad. Otras amigas ya no están, se murieron de VIH o se perdieron en las calles.

Después de una vida que el trabajo vertebró de modo esencial (no por nada se trata de una de las grandes asignaturas pendientes para el colectivo trans), Jorgelina merece jubilarse.

Después, dice, seguirá trabajando con “las chicas”, ese colectivo integrado por nombres que no caben en esta crónica y a las que ella, con su vozarrón y su calidez, seguramente tendrá mucho que dar.

Cambio de identidad

En Santa Fe, 719 personas optaron ya por cambiar legalmente su identidad de género, afirmó el subsecretario de Políticas de Diversidad Sexual, Esteban Paulón. Al hacerlo, cambian también las edades jubilatorias: en el caso de los hombres trans pasan de los 60 a los 65 años; en el de las mujeres, de 65 a 60.