Sean simples o complejas, intervienen las emociones. Cuándo hay que confiar en la intuición y la importancia de medir riesgos.

Tanto la toma de decisiones complejas como así también las más simples de la vida cotidiana conllevan el uso de emociones. Entonces, ¿cómo darse cuenta cuando esas emociones se transforman en una traba? ¿La intuición es una buena aliada o esconde algunas trampas? ¿Racionalizar ayuda o complica?

Durante toda la vida, suele existir la necesidad de tomar decisiones cotidianas de bajo impacto, y otras eventuales de mayor magnitud y alto impacto. Con las primeras, lo ideal es fluir con la intuición, que es una gran amiga de la decisión, sostiene Ezequiel Starobinsky, analista de mercados, Magister de Finanzas e instructor en técnicas de respiración de la Fundación El Arte de Vivir. Sin embargo, hay gente que sobreutiliza el intelecto y eso es muy costoso en términos de energía cerebral porque estresa, genera pensamientos que son inútiles y negativos.

Por el contrario, cuando hay que realizar elecciones de alto impacto y objetivos múltiples, hay que complementar la intuición con una pizca de intelecto, que es el único capaz de pensar en los riesgos, escenarios posibles, alternativas combinadas y estrategias.

“Hay que identificar el tipo de decisión (cotidiana o eventual), y tener en claro qué mecanismo interno utilizar para decidir, siempre con las emociones previamente reguladas. Eso es clave: corazón primero, luego intuición y después intelecto. Así tenés asegurado que tus decisiones van a ser de calidad”, afirma el licenciado en Administración de Empresas que cuenta con más de 15 años de experiencia como director en bancos internacionales y casas de bolsa, además de ser autor del exitoso libro “El Arte de Decidir”, en el que explica cómo equilibrar la intuición, la razón y las emociones.

Y agrega: “Solemos justificar racionalmente decisiones tomadas emocionalmente y eso no sirve porque por mucho intelecto que le pongas, cuando la decisión sale de una emoción disfuncional (enojo, miedo, envidia, entre otras) la vibración de la emoción trae un resultado en esa misma frecuencia¨.

Paso a paso

Hay muchas decisiones donde se mezcla lo emocional, con la voz interior de cada uno, el instinto y el intelecto. Por ejemplo, en una mudanza, una renuncia laboral, terminar una relación de pareja.

1-Preguntate cuál es tu objetivo. Ejemplo: Quiero una casa buena, bonita y barata. En ese caso, tenés que utilizar el intelecto, porque lo lindo y barato casi no existe. Tené en cuenta que los objetivos de la decisión siempre se tironean entre ellos.

2-Analizá las alternativas. Ejemplo: quiero una casa grande, bonita pero cara; o una barata, no tan grande y no tan linda; o una chiquita, bonita y costosa.

3-Comprendé la lógica de objetivos múltiples en conflicto y trabajá para hacer una priorización de los mismos

4-Pensá en los objetivos a corto y largo plazo. Cada meta vivila como un fin en sí mismo, no como un medio para un fin.

5-Analizá los riesgos y visualizá tanto el mejor como el peor escenario posible.

6-Si un objetivo que no se cumplió, pregúntate qué se puede mejorar para la próxima vez.

“Las emociones le restan calidad a la decisión. Las más importantes son dos y es recomendable tenerlas bien reguladas: el enojo, porque esa emoción disfuncional decide por vos; y el miedo que, por el contrario, te lleva al sobreanálisis que te paraliza y en el camino va pasando el tiempo, gastás energía, y una buena decisión con un mal timing (en un mal momento) ya no es una buena decisión”, apunta el instructor de El Arte de Vivir.

Y concluye: “El miedo también te hace ver riesgos donde no los hay y el enojo no te hace ver riesgos donde sí los hay. Por lo tanto, es clave que si es una decisión de impacto tiene que haber una buena medición del riesgo, que sea lo más objetiva posible”.