Un estudio australiano revela el misterio y nos ayuda a entender los mecanismos metabólicos del cuerpo.

Muchas pagamos la matrícula anual del gimnasio o arrancamos toda clase de dietas para conseguir la deseada figura. En este proceso, nos preguntamos, ¿a dónde va la grasa o los kilos perdidos?

Hay infinidad de mitos en torno a qué pasa con la grasa, así como gran cantidad de falsos gurús de la nutrición o del fitness que ofrecen respuestas falsas a esta incógnita. Para despejar esta duda, recurrimos a un estudio realizado por la Escuela de Biotecnología y Ciencias Biomoleculares de la Universidad de Nueva Gales del Sur (Australia) que asegura que la mayor parte de la grasa que perdemos es espirada en forma de dióxido de carbono (CO2).

“Si perdés 10 kg de grasa, 8.4 kg salen por los pulmones y los 1.6 kg restantes se convierten en agua. En otras palabras, casi todo el peso que perdemos se exhala”, explicaron Ruben Meerman y Andrew Brown, autores de la investigación.

La doctora Irene Bretón, miembro de la unidad de obesidad del Hospital Universitario HM Montepríncipe y presidenta de la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición (SEEN), explica desde cómo el cuerpo obtiene energía hasta cómo se produce este fenómeno para que no queden dudas.

Necesitamos energía para todas las funciones metabólicas tales como el mantenimiento de los niveles de glucosa en la sangre, la contracción de los músculos, la secreción de las hormonas… En definitiva, la experta comenta que para estar vivos necesitamos energía. Esta se obtiene a partir de las vías metabólicas o reacciones químicas en la degradación de los nutrientes (también conocidos como sustratos energéticos: la glucosa, los ácidos grasos, los cuerpos cetónicos o los aminoácidos, entre otros).

Estas reacciones químicas de los nutrientes ocurren dentro de las células, especialmente en las mitocondrias, que son los orgánulos encargados de suministrar la mayor parte de la energía necesaria para la actividad celular. La energía que se genera en estas reacciones se ‘almacena’ en moléculas, como el ATP, y podrá ser utilizada posteriormente. “Se almacena energía y se utiliza en otras reacciones metabólicas, síntesis de moléculas… o, por ejemplo, cuando se produce una contracción muscular”, explica la doctora. La energía también se puede ‘disipar’ en forma de calor para mantener nuestra temperatura corporal.

Estas moléculas (glucosa, aminoácidos… y por supuesto, también las grasas) funcionan a modo de ‘gasolina’, puesto que generan una combustión para que nuestro cuerpo obtenga energía y pueda funcionar. Para dicha combustión necesitamos oxígeno, y se produce dióxido de carbono (CO2) que eliminaremos con la respiración y agua –eliminada también a través del riñón, el sudor…–. “Parte del agua que eliminamos con la orina, aparte de la que nos hemos bebido o que está en los alimentos, también viene por la combustión de las moléculas, entre ellas las grasas”, señala la endocrina.

Es más fácil quemar glucosa que grasa, puesto que se necesita menos tiempo y es una manera más rápida para el cuerpo de conseguir energía. La cantidad de glucosa que circula en nuestra sangre es pequeña, está solo en torno a 5 gramos. Además disponemos de otra pequeña reserva almacenada en forma de glucógeno en los músculos y el hígado.

La Vanguardia