La despenalización del aborto a futuro implica mucho más que la eliminación de una figura jurídica.

Pablo Benito

Es destacable que el Congreso nacional funcionó, en este proceso, como una caja de resonancia de las distintas opiniones pero que ha sido llevado, por la existencia de un proyecto concreto y por la misma realidad a un blanco o negro que es inevitable, siendo que no hay admisión de grises en este debate.

Se está en contra o a favor de que el aborto sea un delito, tal como lo establece el Código Penal en los artículos 85, 86, 87 y 88, siendo este último el que desentraña el nudo de la discusión al establecer que “será reprimida con prisión de uno a cuatro años la mujer que causare su propio aborto o consintiere en que otro lo causare”, así mismo declara a la tentativa de la mujer como no punible. Este es el nudo de la discusión que puede, o no, desatar dos realidades absolutamente distintas.

Blanco o negro

El debate no admite grises porque la estructura, propia del Código Penal, no lo admite a partir de la premisa constitucional de que “todo lo que no está prohibido, está permitido”. Una vez que la ley penal no reprima el aborto -decidido por la mujer embarazada- comienza otro largo camino institucional para garantizar que el acceso a la práctica médica sea gratuita y segura, en la medida de los medios que arbitre el Estado dentro de una salud pública que incluye a la privada.

Nadie, con honestidad intelectual básica, puede asegurar que la despenalización aumentará o bajará los índices de una práctica de este tipo por la mera modificación del Código Penal. Todo depende de la actuación posterior del Estado y la sociedad, aunque es un dato objetivo que la Salud Pública tendrá acceso a una información que hoy es clandestina.

 

El 19 de febrero se realizó un pañuelazo frente al Congreso a favor del aborto legal.

Un Parlamento que “parla”

El costo del vaciamiento de contenidos en los procesos electorales se paga en leyes importantes y trascendentales, como ésta, en la que se discute la vida o la muere de los representados. Incluso el concepto de vida y muerte de quien pide un voto para deliberar en nuestro nombre y fijar las leyes que luego deberemos respetar, acatar o ser reprimidos en caso de violarlas.

Las cientos de caras y consignas repetidas en cientos de afiches y spot publicitarios, no definen la información necesaria para el elector ni para su electorado. Más que un “contrato social”, es un cheque en blanco que firma el ciudadano cuando emite su opinión en forma de sufragio.

Los representantes legislativos de la provincia de Santa Fe, por la razón mencionada, se encuentran entre la espada y su electorado -el pasado y el futuro. Dándose crisis de empatía que resultan interesantes, aunque tardías, no hubiese estado de más incluir, en el debate de candidatos, la posición personal y partidaria, sobre temas medulares como lo es el aborto en el que no hay tangente por la que la retórica pueda escapar.

El caso que más ruido está produciendo en los ámbitos partidarios, es el de Luis Contigiani, quien anunció su voto negativo al proyecto y fue más allá en su consideración manifestando una postura profunda que implica un desafío a quienes sostienen la despenalización. Se manifestó en defensa de “las dos vidas”, por lo que coloca a la opinión contraria del lugar que permite que se termine con una de ellas.

El exministro evitó, en campaña, referirse a su procedencia ideológica más profunda. Su comprometida fe cristiana y su práctica del catolicismo impiden que se su conciencia levante la mano por la secularización de cuestiones determinantes para la vida cotidiana. No lo dijo en campaña y nadie se lo preguntó.

El Frente Progresista, en pleno, y cómo posición institucional y programática se manifestó, históricamente, a favor de la despenalización. La crisis interna entre el votante y quien lo eligió para levantar la mano, puede llegar a una rudeza tal que implique la dimisión en su cargo. Algo ocurre parecido con la ex presidenta.

Dentro de la misma fórmula de Cambiemos que se impuso en las elecciones legislativas del pasado año, su cabeza de lista, Albord Cantard, anunció su voto a favor del proyecto al igual que el radical Gonzalo del Cerro. Sus acompañantes, Lucila Lehman y Gisella Scaglia, mantendrán su mano baja, mientras que Luciano Laspina no invierte su capital político hasta no estar seguro de la conveniencia para su carrera, podría abstenerse como lo harán muchos.

El peronismo no está menos complicado al respecto. Silvina Frana, está en contra. Su candidatura fue sostenida por los mismos sectores feministas que militan el pañuelo verde, pero nadie podrá alegar desconocimiento, como en el caso de Contingiani, dado que la hoy diputada participó activamente de las campañas contra la legalización desde que se inició actividad política. La diputada Lucila de Ponti, Alejandra Rodenas y Josefina Gonzalez no sólo votaran a favor del proyecto sino que han sido impulsoras. Marcos Cleri y el mismo Agustín Rossi votarían, finalmente, a favor de la despenalización pero con la mirada de “La Jefa” en la nuca.

Alejandro Ramos, ex secretario de Transporte de Cristina está indeciso de todo, al punto de tener su bloque “unipersonal”. El procesado por los subsidios al transporte “no sabe, no contesta, no habla, no aparece”, disfrutando sus últimos meses en la Cámara antes de tener que enfrentar su situación judicial.

El único referente del massismo santafesino, Alejandro Grandinetti, se unió a la política “ni” de su jefe político y excusa su indecisión en la “mala decisión” del macrismo de abrirse a un debate para el que la sociedad “aún no está madura”.

Crisis de representatividad

Si bien las encuestas demuestran cierta paridad en las opiniones, a favor y en contra de la legalización del aborto, no precisamente estas posiciones están delimitadas por pertenencias.

Lo interesante de esta crisis de representatividad, se da en un marco en que el posicionamiento político, en la Argentina, hace ya demasiado tiempo que se viene construyendo en base al opuesto. A la entidad que da el “anti” que es un giro creativo para justificar la pereza de mostrar la identidad y el pensamiento propio. Hasta los oficialismos tienen su ADN en la oposición a lo que “fue”. Hablar por sí mismo, en un tema que no admite intermediaciones opuestas, genera coincidencias y disidencias en asuntos fundamentales como lo es la vida, la muerte y el concepto de ella.

Sirve para preguntarse en base a qué se dan las coincidencias partidarias o de alianzas y si hay más que el corto objetivo de ocupar espacios de poder o gobierno, que no es lo mismo.