Pusieron el foco en la inmigración en su primer encuentro en el Vaticano.

Hubo evidente sintonía hoy entre el papa Francisco y el presidente francés, Emmanuel Macron , que por primera vez fue recibido en el Vaticano junto a su esposa, Brigitte –vestida de riguroso negro y con el pelo recogido– y una delegación.

Cuando el Pontífice y Macron se despidieron, después de haber estado reunidos a solas en la biblioteca del Palacio Apostólico durante 57 minutos -una audiencia más larga que la de Barack Obama -, el saludo fue muy intenso y excepcionalmente cálido.

Según pudo verse en una transmisión en directo de Vatican Media, en ese momento hubo una conexión especial entre los dos: el Papa, muy sonriente y evidentemente contento por su encuentro con uno de los hombres clave de una Europa dividida, en italiano le dijo: “muchas gracias”. Y el jefe de Estado francés, evidentemente emocionado, saliéndose del protocolo, pero en una iniciativa espontánea, puso sus manos en los hombros del Papa, lo abrazó y besó, en una imagen poco común en una visita de Estado.

Nacido en una familia no religiosa, bautizado católico a los 12 años por su voluntad, pero actualmente agnóstico, de 40 años, Macron estudió en su Amiens natal en el colegio La Providence, de los jesuitas, donde era profesora su futura esposa, Brigitte.

La intimidad de la reunión

Durante los 57 minutos de cara a cara –junto a intérpretes– entre el Papa y él, el principal tema de conversación fue la crisis de inmigrantes que sacude a Europa desde que Italia –con un nuevo gobierno populista y de derecha–, decidió cerrarle sus puertos a las naves que salvan a los desesperados que intentan cruzar el Mediterráneo desde África. Si bien la política de Macron no fue nunca de apertura hacia los inmigrantes –que suelen ser expulsados a diario de la frontera de Ventimiglia, entre Francia e Italia–, comparada con nueva política casi xenófoba del vicepremier y ministro del Interior Matteo Salvini, seguramente aparece como más moderado y humano.

La pregunta que reinaba luego de su insólito abrazo y beso del final era si, quizás, los dos líderes habían apuntado a construir una inesperada alianza sobre este tema. Macron y la canciller alemana, Angela Merkel, se han vuelto los dos líderes fuertes de la Unión Europea, que coinciden en la urgente necesidad de contrarrestar las nuevas tendencias populistas y nacionalistas que amenazan al bloque.

Otra cuestión en la que seguro pudieron entenderse fue la de la lucha contra el cambio climático: se sabe cómo el presidente francés intentó salvar el Acuerdo de París después del “no” del su par estadounidense, Donald Trump.

Por lo demás, se descuenta que los dos líderes habrán tenido que sortear cierta desconfianza del Vaticano hacia Francia, país de mayoría católica pero tierra de laicismo puro y duro. Aunque en este sentido se considera que Macron es distinto con respecto a su antecesor François Hollande.

“Se han enfrentado cuestiones globales de interés común, como la protección del ambiente, las migraciones y el compromiso a nivel multilateral para la prevención y la resolución de los conflictos, especialmente en relación al desarme”, consignó un comunicado del Vaticano. “La conversación ha permitido, además, un intercambio de evaluación sobre algunas situaciones de conflicto, especialmente en Medio Oriente y en África. Finalmente, no ha faltado una reflexión conjunta sobre las perspectivas del proyecto europeo”, agregó.

Regalos

A la hora del tradicional intercambio de regalos, el Papa, muy de buen humor y sonriente, le donó a Macron un medallón con San Martín de Tours que comparte su capa con un pobre. “Quiere subrayar la vocación de los gobernantes a ayudar a los pobres. Todos somos pobres”, explicó Francisco, que también le obsequió sus documentos Evangelii Gaudium, Luadato Sí, Amoris Laetitia, Gaudete et Exsultate y su último Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz. A su turno Macron le obsequió una copia antigua de Diario de un cura rural, del escritor francés Geroges Bernanos, libro al que el Papa aludió varias veces.

Más allá de la estricta laicidad y la separación entre Estado e Iglesia vigente en Francia, esta tarde Macron será nombrado canónigo honorario de la iglesia romana de San Juan de Letrán, una tradición reservada a los presidentes galos y que se remonta a 1604, en la época de la monarquía francesa de Enrique IV, cuando el país era conocido como “la hija mayor de la Iglesia”.

Antes de ir al Vaticano el presidente francés se reunió con una delegación de la Comunidad de San Egidio –movimiento católico desde siempre comprometida en la ayuda a migrantes y pobres–, en Palazzo Farnese, una de las sedes de la embajada de Francia en Roma. “El presidente francés mencionó a los corredores humanitarios como un modelo de la política de inmigración legal, sobre todo para las personas que necesitan protección humanitaria”, contó luego Marco Impagliazzo, presidente de la Comunidad de San Egidio, que desde hace dos años organiza corredores humanitarios junto a la Iglesia Valdesa.

“No hemos entrado en cuestiones políticas entre Italia y Francia, como era evidente, pero Macron ha expresado la voluntad de resolver el problema de la inmigración a nivel europeo”, agregó, aludiendo a las declaraciones de lo más agresivas de los últimos días del vicepremier y ministro del Interior, Matteo Salvini, que tampoco hoy se mantuvo callado.

“Hoy visita Roma ese gentilhombre de Macron, seguramente él podrá recibir a todos los que escapan. Él es bueno, no es como nosotros”, comentó, irónico, Salvini, que reiteró que “las ONG no tocarán más un puerto italiano”. Y agregó: “Francia hasta hoy habló mucho, pero hizo poco”.