A 200 años del primer gobierno provincial de Estanislao López, interesaría saber qué podría pensar el caudillo de la situación de sumisión institucional de Santa Fe ante Buenos Aires, en el punto que los intereses porteños se disfrazan de Estado Nacional.

Por Pablo Benito

 

Proponemos un ejercicio, un juego intelectual de pensamiento político y cultural. Proyectar las ideas fundacionales de la provincia federal de Santa Fe es un acto de analogías discrecionales, pero son en serio. O tratarán de serlo.

Seguramente Don Estanislao tendría la certeza que fue derrotado y no en el campo de batalla sino en el de la política, la diplomacia y la cultura en su vertiente identitaria, partiendo de la denominación de “interior” a todo aquello que no es Capital Federal -lo de Federal es broma de mal gusto- y su conurbano que se nutrió, en los 200 años en que el Brigadier descansó, de las migraciones provinciales en busca de algo parecido a la sobrevivencia y que terminó fabricando marginalidad.

El 70 % de la población argentina apiñada mirando al puerto, es una derrota del común sentido, de la planificación territorial y de la sustentabilidad de una Nación que es inviable. Proyecto político que ignore la tontería demográfica argentina, como preocupación principal y fundamental, no puede sostener soluciones para los temas más elementales que preocupan a la población. Sea inseguridad, desocupación, salud, educación -y demás aspectos de la calidad de vida para los argentinos- es una farsa sino se empieza por el fomento de la migración inversa desde Buenos Aires hacia el interior. Cual si fuese una nueva colonización.

La actualidad, no la de 2018, sino la del último siglo, transforma las ideas y la lucha de López en una verdad irrefutable.

Sin descentralización y federalismo real, las condiciones reales para brindar a los argentinos una vida “vivible” son escasas, por no decir “nulas”.

El Brigadier López de resucitar, no “moriría de nuevo” como se dice normalmente, pero si “mataría” de nuevo en los campos de batalla que lo vieron desplegar la continuidad de la política por otros medios.

 

López el franciscano

La impronta combativa y austera del Brigadier López, mucho tiene que ver con la educación recibida por la orden que estuvo presente en Santa Fe desde la fundación misma de Santa Fe (la vieja). La Orden de los Frailes Menores (franciscanos) fue la primera que se instaló en el poblado.

Estanislao López ingresó a cursar sus estudios primarios en la escuela de los padres franciscanos, ubicada aledaña al templo y convento de la orden. Posteriormente, una vez concluidos estos estudios, y a la edad de quince años, inició la carrera militar, posiblemente inducido por su padre.

En 1811 participó de las luchas de la independencia en Corrientes y Paraguay, bajo el mando de Manuel Belgrano. Fue capturado en la batalla de Tacuarí y conducido prisionero a un buque frente a Montevideo, pero se escapó nadando y se incorporó al ejército sitiador de esa ciudad, regresando más tarde a Santa Fe con el cargo de alférez.

Su entrega absoluta y su renunciamiento a la paz de una crianza de época, guarda estrecha relación con su educación franciscana que lo lanzó a las luchas de independización de la Argentina y la conformación de una Nación soberana que incluía la permanente lucha con los indígenas, los malones y la conquista del territorio por parte de los criollos.

No obstante y teniendo en cuenta su participación permanente en conflictos bélicos y su destacado talento militar, López supo generar en la provincia las bases republicanas y democráticas de gobierno que resultaban de avanzada para la época y que lo diferenciaba de los demás caudillos, siendo que su proveniencia no era la de hacendado ni la riqueza lo estimulaba.

El aporte a la institucionalización hizo que sea Santa Fe la cuna de las Constituciones y sitio en donde se firmaron aquellos “pactos preexistentes” que dieran origen a la Constitución nacional.

Primer Gobernador electo a través del sufragio, López se forjó como un estadista cercano, no sólo por su pertenencia, al enorme Artigas. Esta cercanía ideológica con el oriental, con el propio San Martín y con Belgrano, revela el acercamiento del Brigadier a la masonería que predicaba y practicaba la creación de un Estado secular -separado de la iglesia- así como evidencia vinculaciones entre las logias y cierta parte de la iglesia.

 

 

Nunca se indagó la vinculación de López con la masonería, aunque sus ideas, claramente, estaban en consonancia con quienes, finalmente, triunfaron con un proyecto de país claramente eurocéntrico en su concepción y en el rol asignado al Estado laico.

Un dato, conocido en los últimos años, es la pertenencia del General Juan Pablo López, hermano de Estanislao, a la Gran Logia de la Argentina de Libres y Aceptados Masones en su condición de presidente de los talleres existentes en Rosario que, en 1857, se unieron a los porteños y un año después “levantó columnas” de la Logia Unión.

Tiempos en que los masones Bartolomé Mitre y Justo José de Urquiza saldaban en Cepeda y en Pavón, a sangre y fuego, las disputas entre el puerto de Buenos Aires y la Confederación Argentina.

 

El pensamiento federal y republicano

El 23 de febrero de 1820, concluye la Convención que reúne a los gobernadores Manuel Sarratea de Buenos Aires, Francisco Ramírez de Entre Ríos, y Estanislao López de Santa Fe, cuya principal finalidad es “el fin de la guerra suscitada entre dichas provincias, de proveer a la seguridad ulterior de ellas y de concretar sus fuerzas y recursos de un gobierno federal”. De esta experiencia estos territorios emergen transformados. Su exámen permite entender cuál es la propuesta provincial e interprovincial defendida por la nueva administración federal.

En el Artículo N° 1 se hace especial referencia a la fórmula política. Las partes contratantes expresan que “el voto de la nación, y muy particularmente las provincias de su mando”, con relación “al sistema de gobierno” que ha de regirlas, se inclina favorablemente a la idea de “federación que de hecho admiten”.

Esta decisión, sin embargo, no instala inmediatamente ese edificio constitucional en el cielo del poder. Las cosas deben cambiar en las provincias. En otra parte he mostrado cómo los federales e incluso los grupos directoriales, han señalado que la política centralista de los primeros cinco años de revolución no permite que el poder esté rodeado por la legitimidad de las elecciones populares. De ahí, que (no por casualidad) se señale que esa construcción política solo debe darse si se respeta una norma básica: ella debe ser obra de “la libre elección de los pueblos”, quienes van a elegir a sus diputados que oportunamente sometan esta cuestión “a sus deliberaciones”.

 

Constitución de la Provincia de Santa Fe

El 26 de agosto de 1819, Estanislao López da a Santa Fe su Constitución, la primera Constitución provincial de la Argentina. La redacción se origina en otra que había sido encargada a la Junta Electoral y que él desecha creando, él mismo, una pieza jurídica que finalmente se transforma en el pacto social del Estado santafesino. En dicho Estatuto se establece que la soberanía de la provincia reside en su representación, con la función única de elegir los miembros del Cabildo cada principio de año. Cumplida esta diligencia fenece el ejercicio de la misma, pudiendo el Gobierno convocarla en los casos que estime convenientes a la salud del país.

La cláusula fundamental radica en el artículo 19, que instituye por primera vez el voto directo del pueblo para la elección de gobernador o, como tan gráficamente expresa, el nombramiento de su caudillo, por ser uno de los actos más esenciales de la libertad del hombre.

 

Doscientos años después

En medio de la discusión sobre la necesidad de una reforma constitucional provincial, comprendemos qué poco quedó de aquella inicial, de López, en cuanto a la autonomía, e incluso soberanía, de aquel Estatuto de 1921.

La delegación de facultades de los gobiernos provinciales a la Nación que cumple, apenas, con la formalidad de una representatividad institucional -más no una equidad distributiva de la recaudación impositiva con una solidaridad desde la periferia hacia el centro-, hace del pensamiento y el hacer del Caudillo una necesaria revisión que fortalezca una identidad regional ante el avasallamiento territorial que pareciera favorecer al puerto pero que, en realidad, perjudica a una argentina que amontona su población generando urbes insostenibles, esponja de recursos naturales y ambientales que se consumen en un fragmento exiguo del territorio, agotando la riqueza del suelo y subsuelo del vasto país que mira hacia las luces de una concentración poblacional absurda.