Opinión. Lo veníamos mencionando aquí a partir de una cierta confirmación empírica regional. La aristocracia se viste de agentes del poder judicial y desde ahí digitan el poder administrativo del Estado con guante de seda.

Cuentan los políticos, hoy viejos, ayer jóvenes producto de la Coordinadora radical -bien llamada Cotynadora- y miembros de su par Justicialista, los Renovadores -quienes eligieron como estandarte al más viejo y bostero de los Cafiero, Antonio-, que en sus viajes al país del norte, llevados de paseo por el abuelo Alfonsín en alguna misión diplomática ante la ONU, eran repartidos, prolijamente, según su perfil, presente y futuro, entre demócratas y republicanos.

El proyecto de fines de los 80 para Latinoamérica que tenían los americanos que se arrogaron -para sí- el nombre de América, era, entre muchas otras cosas, desarticular los partidos políticos y promover personalidades y nombres por encima de las estructuras.

Querían economizar recursos y esfuerzos asegurando un vínculo directo con los administradores del Estado y programadores de la administración política.

Eran tiempos en que la dictadura del “grado de conocimiento” de las personalidades, sazonados con el “que se vayan todos” a gusto, daban como resultado a los individuos candidateables.

Pero toda historia de amor tiene un fin, sea con la muerte, sea con la desilusión, y sin invasión ni evasión alguna, la burguesía “revolucionaria” autóctona mutó, nuevamente, a su figura lanuda de caniche toy, sobre todo toy, de faldero del poder real.

De la personalización de la política al saqueo generalizado, para pasar a la libertad ilusoria de una globalización que nunca pasó de ser un juego online en Internet.

Pero los Estados naciones de los pagos más poderosos nunca dejaron de tener los pies sobre la tierra y por eso mismo mantuvieron el poder bélico. Para garantizarse los pies sobre la tierra, también, de otros. Los interlocutores ya no podían ser sólo “vendibles” y caras, sino que debían tener algún grado de poder de destrucción quirúrgica de aquella libertad folclórica que se había otorgado a ciertos líderes.

Ahí es donde apareció la Justicia como las inferiores de los cuadros politizados que podían interpretar sus intereses. La democracia, hasta formal, fue borrada como estética y se pasó a un nuevo esquema.

La nueva aristocracia no se plantó entre los 22 jugadores en el campo de juego. Mucho más fácil era arreglar con el árbitro, el “señor Juez” y con los que cuidan las líneas… y sin VAR. Evitar, en lo posible, injerencia alguna de organismos internacionales.

Así se decide en Brasil que Lula no pueda ser presidente, que CFK deba elegir entre la cárcel o la demolición de su imagen, que Correa no pueda volver a su Ecuador y que una empresa corrupta como Odebrecht, ayude a disciplinar a la política y a los políticos de todo el continente. Una manera de limpiar con escoba nueva sin tener que apilar mugre.

La verdad no importa, con algo de cierto, el resto surge. La corrupción es un privilegio y los privilegios no pueden ser para muchos, porque dejarían de serlo.

Aquí un tal Bonadío, allá un tal Moro y más acá, en Perú otro tal Richard Concepción Carhuancho y un poquito más allá otra impoluta, Daniela Camacho, dictando la prisión preventiva de Rafael Correa. Los ciclos regionales se cumplen, al unísono, con una perfección alarmante en Latinoamérica, de dictaduras a socialdemocracias, de socialdemoracia a neoliberalismo y de neoliberalismo a nacionalismos moderados para terminar hoy en una especie de dictablanda de la Justicia que acota la facultad de elección y la cada vez más pachorrienta, “voluntad popular”.

Con los medios se la da un contexto más o menos legible al relato y las mismas instituciones que participaron de la corrupción aparecen como salvadores de la misma.

Todo clarito y en fila. Pueden enojarse, oponerse o patalear, pero la realidad está ahí con su condena.

No sería estético establecer algo parecido a una monarquía o feudos, eso funciona en oriente en donde la civilización que atrasa puede ser aceptada y hasta ser sede de mundiales.

Le toca a la Justicia. No por justa, sino como eficaz para establecer las pautas a cumplir.
Podrían ser los ejércitos invadiendo o reprimiendo desde adentro, pero eso ya no es necesario. Un juez, dos, si quieren hasta un centenar, pueden ser los jueces de parte.

Esa es la nueva política latinoamericana que consagra a su propia aristocracia y le de poderes absolutos.

Es el clima de época, el calentamiento de la economía global, enfriándose en el sur del hemisferio. Aquí abajo, abajo. Nos toca una democracia aún más restringida. Es tan visible que la señora con sus ojos tapados y con las manos ocupadas con balanza y espada puede operar a ciegas que sabe, perfectamente, para donde deber ir. Y para donde no.