Opinión. Dentro de la jornada de homenaje al cine santafesino y los 60 años de Tire Die, el desafío mayor, desde lo cultural, era enfrentar a las nuevas generaciones con un film que habla de una Santa Fe, de 1958, en la que se muestran las dos ciudades que conviven en una.

Por Pablo Benito

Una pieza audiovisual, en blanco y negro, con el sonido doblado, algo descascarado no sólo por el paso del tiempo sino porque anduvo escondiéndose -como sus autores- en los años de plomo, para no caer en las garras de las bestias que quemaban y destruían todo aquello que pueda unir, desde la conciencia, a quienes padecen la injusticia social y la marginación.

Varias aristas se desprenden del resultado de ese encuentro. El primero es la permeabilidad de estudiantes, docentes y funcionarios -mejor dicho, de muchos estudiantes y muchos docentes- a lo nuevo en materia de propuestas pedagógicas que, en este caso, se nutre de la historia y la búsqueda de una identidad urbana a partir de la mirada menos “vendible” de la ciudad.

Dice Dolly Pusy, productora cinematográfica de amplia trayectoria mundial criada en aquel Instituto de Cine que parió Tire Die: “Nos decían ¿Por qué mostrar una villa miseria cuando hay tantas cosas lindas para ver en la ciudad? A lo que nosotros respondíamos: porque también existe a miseria y la desnutrición infantil en Santa Fe”.

Desde las butacas en el Centro Cultural Provincial Paco Urondo, centenas de adolescentes de escuelas secundarias retoman la pregunta, pero desde la indignación. Es que es muy fuerte reconocerse como parte de una ciudad que olvidó y desconoce a sus excluidos. La pobreza, la mendicidad o la cultura del trabajo, raída, no es un fenómeno meteorológico sino una huella social marcada en el barrio -y en el barro- que predestina la vida de quienes nacen en un tiempo y lugar desfavorable.

Ellos, los hoy espectadores de su propia historia, pueden estudiar sin tener que trabajar. Luego de ver los tres films –Tire Die (1958), Los Pibes de la Película (1998) y Testimonio (2018)- empiezan a movilizar sus cabezas hacia la valoración de una posición que, aunque justa, no deja de ser privilegiada ante la inequidad enquistada en la comunidad.

A 60 años de que el pueblo inundara el Paraninfo ingresando, por primera vez, a la Universidad pública y gratuita, en el Centro Cultural de la Provincia de Santa Fe con los celulares en alto -cual si fuesen armas para la concientización-, alumnos, docentes, realizadores, viejos jóvenes del cine y el barrio se unen en una foto que marca un comienzo. Otro comienzo, distinto, pero con el sentimiento a flor de piel.

 

“Del Celuloide al Celular”

Iberia Gutierrez, ex docente y egresada del Instituto de Fernando Birri, cuenta como se hizo Tire Die: “El que no tenía cámara, iba con papel y lápiz, lo filmado tardaba un mes en verse. Ahora miro un celular y pienso lo que hubiésemos podido hacer con este cuadradito que cabe en la mano. Pero al verlos a ustedes acá me emociono sabiendo que además de que el recurso técnico existe, también está latente aquel fuego sagrado de rebeldía que nos empujó a mí y a mis compañeros a mostrar lo que siempre se quiso esconder. El sufrimiento de tantos niñitos en un país inmensamente rico como el nuestro”.

Es el puente intergeneracional el que está funcionando. Son las 12:20 hs. Los chicos están desobligados, no hay timbre, no están en la escuela, pero se quedan y siguen preguntando.

Esta vez es a “El Sapo Busto”, un pibe de aquella película sexagenaria, a quien van dirigidas las preguntas. Quieren saber qué pasó con sus amigos, con aquellos que aparecen en el film. La respuesta es triste en un comienzo, pero de ninguna manera derrotista. Sea por violencia, enfermedades o el destino, la mayoría se han ido rápido de este mundo. “A mí la pobreza me mató. El hambre, el no tener agua y ver que a mi viejo lo echaban de los laburos. Siempre ayudé en casa de pibito. Hice de todo, vendí diarios, hice changas, manguié también, pero soy orgulloso de mi barrio y no me quiebro. Soy como los perros o los gatos, si me pisan muerdo o araño, pero no te la llevas gratis”.

Ellos también son hijos y nietos de los locos que, a su edad, encararon el barro a mostrar y demostrar lo que los intranquilizaba, lo que no los dejaba dormir, los que los llenaba de culpas y lo cargaban de responsabilidades.

 

Construir identidad santafesina

Los chicos se acercan, quieren llevar las películas a la escuela, es que no todos pudieron venir, no sabían que se iban encontrar con un pedacito suyo, con una porción de la identidad. No habían visto Tire Die, no imaginaron que Barrio San Lorenzo era una barriada que nació entre la basura. Tampoco lo estudiaron, ni leyeron, mucho menos vieron.

Saben que París es la capital de Francia, conocen que hay un barrio en Nueva York, llamado Bronx, de donde sale parte de la música que escuchan. Lo que no conocen, lo que nadie les mostró es que los barrios del oeste tienen carencias desde que nacieron, que un tren cruzaba el Salado y los pibes pedían monedas corriendo, peligrosamente, por entre el puente de hierro. Y que hoy, aquello, es el precedente de lo que pueden ver en los semáforos, en los trapitos. Ellos son hijos y nietos de los “Pibes de la Película”.

 

Imagen de la película Tire Die.

Los alumnos entienden que conocen a sus “padres” por su producción, admiran lo que hicieron con nada, con poco. La descendencia de aquellos delirantes que hicieron cine cuando decían que eso era imposible. Hombres y mujeres del Instituto de Cine de la UNL. Un desaparecido más, víctima del terrorismo de Estado que los cerró y obligó al abuelo de todos, Birri, a emigrar fuera del alcance de la censura.

Una flor entre las ruinas de los ciclos de crisis que bombardean los sueños, las utopías, pero no los aniquilan porque de nacen y renacen, siempre, los deseos por encima de la necesidad.

Juntar edades, géneros, clases sociales, dolores y vivencias es lo que el Poder –en cualquiera de sus formas- evitará para que esa comunión no se vuelva en su contra.