La arquitecta Tatiana Bilbao publica un libro en el que aboga por viviendas más humanas. Una visión en auge entre las nuevas generaciones de profesionales.

A principios de los años 2000, el Gobierno mexicano construyó varios miles de casas con unas vistas de excepción: el canal de desagüe de Ciudad Juárez, al norte del país. Por razones obvias, las familias empezaron a abandonar el lugar. Las autoridades acudieron entonces a la arquitecta Tatiana Bilbao para encontrar una solución. “Básicamente les dije que estaban haciendo todo mal”, recuerda. “Y me dijeron que me fuera a educar a la población para que pidiera mejor vivienda, que ellos no eran el problema. Casi me cierran la puerta en la cara”.

Era la época de los grandes proyectos de vivienda social. Hileras de casas idénticas, lejos de los centros urbanos, sin colegios adonde llevar a los niños, centros de salud a los que acudir, o buenas carreteras por donde acceder. “Una bomba atómica social. Imagínate si vives en una casa allí. Tu dirección dice casa número 22, calle número 13, unidad número 34”, señala Bilbao. “Eres un número”. La arquitecta, una de las más internacionales del país norteamericano, acaba de publicar un libro, editado por Columbia Books on Architecture and the City, donde aboga por una rebelión contra lo que ella llama las “cajas de zapatos” y expone un modelo de construcción, más humano y digno, que cada vez tiene más adeptos entre las nuevas generaciones de arquitectos mexicanos.

“Una casa no es solo una casa”. El título de la publicación apunta a una idea que parece básica pero que, en el contexto de la vivienda social mexicana, puede llegar a ser revolucionaria. Una casa no son solo cuatro paredes y un tejado; también es el entorno y la gente que vive dentro. En 2010, Bilbao tuvo la oportunidad de pasar de la teoría a la práctica. El Gobierno estaba planeando el desarrollo de 600 viviendas para familias desplazadas por una avalancha de lodo que había arrasado sus hogares en el Estado de Michoacán, en el centro del país. Le dijeron que el diseño de la casa no se podía tocar, pero que hiciera lo que pudiera con el resto.

El lugar elegido para el proyecto era un valle rodeado de colinas y bosques. “Vamos a usar la topografía”, pensó entonces Bilbao. En vez de construir las casas alineadas, como era la norma, estas seguirían un desorden intencionado, planeado. El objetivo era recrear la lógica de un pueblo, un lugar donde los desplazados se quisieran quedar y no lo abandonaran al cabo de poco tiempo, como había ocurrido en la urbanización de Ciudad Juárez y sigue ocurriendo en otros desarrollos urbanísticos donde casi un 30% está desocupado, según Bilbao. “Ahora la gente no solo quiere vivir allí, sino que las casas se han revalorizado increíblemente”, cuenta.

El nuevo discurso está empezando a abrirse paso dentro de los organismos gubernamentales que financian y planean vivienda social. Anteriormente dominados por desarrolladores y constructores, ahora se abren más a la colaboración con arquitectos externos. La visión también está calando en las facultades. Cuando Bilbao iba a la universidad, la vivienda era vista como algo menor, por debajo de la dignidad de los nuevos profesionales. “El arquitecto, nos decían, está para diseñar auditorios y teatros”, recuerda. “El discurso ahora ha cambiado”.

Comunal es un buen ejemplo de ese cambio generacional. Fundado en 2015 por dos jóvenes arquitectas, Mariana Ordóñez y Jesica Amescua, este despacho lleva un paso más allá la filosofía de “una casa no es solo una casa”. Su modelo pone al beneficiario en el centro del proceso. Es decir, le preguntan qué quiere. “La participación debe dejar de ser visto como algo bonito, fotografiable, y más como un derecho”, explica Ordóñez.

En su trabajo, son los mismos habitantes quienes producen los materiales y construyen las casas según sus necesidades. Ellas solo acompañan el proceso entre bambalinas. Ahora están planeando una proyecto de 800 viviendas en Ixtepec, una región del sur de México donde miles de familias, la mayoría de origen indígena, perdieron sus hogares a raíz del devastador terremoto de septiembre de 2017. “Lo primero que nos dijeron los habitantes es que nosotras estábamos allí contratadas por ellos, no al revés”, recuerdan.

Precisamente esta semana las dos arquitectas y un comité de familias de Ixtepec se van a reunir con la Comisión Nacional de Vivienda (Conavi), el organismo gubernamental que tiene que dar el visto bueno al proyecto y proporcionar la financiación. El proyecto incluye la organización de talleres de capacitación y la redacción de manuales de construcción. “Vamos a decirles que esto es lo que quieren los habitantes”, explican con asertividad.

Todavía falta que la visión que defienden Tatiana Bilbao y Comunal se vea plasmada en la política pública. La Conavi, por ejemplo, tiene reglas operativas para los subsidios de vivienda que limitan el uso de materiales tradicionales de construcción, como el bambú o la madera, por considerarlos precarios. Un escollo para ese nuevo modelo de vivienda social, más humana y digna, que poco a poco se va abriendo paso en despachos y planos.