El Pontífice da un discurso final en el que no hace referencia a las medidas que tomarán contra los abusadores o encubridores.

Formación de los sacerdotes, acompañamiento a las víctimas y seriedad en la aplicación de las normas eclesiásticas. Esta es la receta que ha dado el papa Francisco esta mañana para luchar contra la “plaga” de los abusos sexuales en la Iglesia. Al final de una misa con todos los participantes en la histórica cumbre contra la pedofilia que se ha celebrado estos días en Roma, el Pontífice ha presentado sus conclusiones, ha prometido que la Iglesia no se cansará de hacer todo lo necesario para llevar ante la justicia a cualquiera que haya cometido tales crímenes, y ha dicho que “ningún abuso debe ser jamás encubierto o infravalorado”. Sin embargo, no hay nada de las esperadas nuevas medidas concretas prometidas contra los abusadores.

En un discurso diseñado para no ofender a ninguno de los jerarcas católicos presentes en la cumbre, el Papa ha evitado referirse a los castigos a los que se enfrentarán los sacerdotes pederastas o los obispos que los han encubierto. La rendición de cuentas era el principal objetivo de las discusiones, y por el que se han reunido durante cuatro días los presidentes de las Conferencias Episcopales de todo el mundo. Y de momento, el Vaticano no ha ofrecido nada más que otro mensaje, duro, pero sin consecuencias prácticas.

“Es necesario cambiar la mentalidad para combatir la actitud defensiva-reaccionaria de salvaguardar la Institución, en beneficio de una búsqueda sincera y decisiva del bien de la comunidad, dando prioridad a las víctimas de los abusos en todos los sentidos”, ha reconocido Francisco.

Jorge Mario Bergoglio ha hablado durante un largo rato refiriéndose a los abusos como un fenómeno global que no afecta sólo a la Iglesia. También ha comparado los abusos sexuales con los rituales de sacrificios paganos y ha divagado sobre otros males, como el turismo sexual o la pornografía infantil. Incluso ha criticado “las polémicas ideológicas y las políticas periodísticas que a menudo instrumentalizan, por intereses varios, los mismos dramas vividos por los pequeños”.

“El discurso de Papa ha sido una bofetada a todas las víctimas de pederastia clerical que hemos venido de los cinco continentes a Roma y hemos protestado esta semana. Se ha pasado la mitad del discurso hablando de los abusos fuera de la Iglesia. Me gustaría decirle al papa que hemos sido abusados dentro de la Iglesia por sacerdotes católicos, por obispos católicos, por religiosos católicos, por maestros católicos. Por lo tanto querríamos que nos diera una explicación de qué va a hacer con nuestros casos”, ha criticado el catalán Miguel Hurtado, víctima de abusos en Montserrat.

Francisco sí que ha delimitado ocho nuevas dimensiones en las que la Iglesia se centrará a partir de ahora para combatir los abusos: la protección de menores, una seriedad “impecable” contra los abusadores, imponer un “renovado y perenne empeño hacia la santidad de los pastores”, una formación equilibrada de los candidatos al sacerdocio, más exigencia en las conferencias episcopales, el acompañamiento de las víctimas, la protección en el ámbito digital y la lucha contra el turismo sexual. Pero no ha especificado las prometidas “medidas concretas y eficaces” que muchos se esperaban.

En uno de los puntos enumerados, el argentino promete “reforzar y verificar las directrices de las Conferencias Episcopales: es decir, reafirmar la exigencia de la unidad de los obispos en la aplicación de parámetros que tengan valor de normas y no solo de orientación”. “Ningún abuso debe ser jamás encubierto ni infravalorado –ha continuado– (como ha sido costumbre en el pasado), porque el encubrimiento de los abusos favorece que se extienda el mal y añade un nivel adicional de escándalo. De modo particular, desarrollar un nuevo y eficaz planteamiento para la prevención en todas las instituciones y ambientes de actividad eclesial”.

Otra de las novedades es que el Papa llama a publicar los datos generales, que a su juicio son “siempre parciales”, a escala mundial, “para dar un cuadro de al gravedad y de la profundidad de esta plaga en nuestras sociedades”. La histórica cumbre que ha tenido lugar estos cuatro días en Roma termina sin que se cumplan las grandes expectativas mediáticas que había. Ahora es el momento de que los obispos lleven a sus países lo que han aprendido en una cita insólita en el Vaticano.