Sus familiares acusan al hospital Sanguinetti de Pilar de mala praxis: los médicos mandaron a la paciente a su casa. El comedor Manos en Acción, que atiende a los chicos, está en crisis.

Mirian Sena se hinchó después de tomar un medicamento que le habían recetado en febrero. Fue al hospital Juan Sanguinetti de Pilar, donde a lo largo de varias horas le aplicaron tres inyecciones y la enviaron de nuevo a su casa con la cara todavía todavía deformada. Según el médico que la atendió, la medicación no iba a tardar en hacerle efecto.

Al segundo día, sin embargo, la mujer aún seguía hinchada y tenía dificultades para respirar. Volvió a la guardia, y de nuevo la mandaron a su domicilio. Su marido le dio la última dosis de una pastilla que le habían indicado a medianoche, y notó que había empeorado. Empezó a vomitar un líquido blanco. El esposo tuvo que sacarla de la cama y con la ayuda de un vecino, hacerle reanimación mientras esperaban la ambulancia. Mirian murió antes de llegar al hospital donde, según la familia, no la habían dejado en observación porque “no había camas”.

Los parientes, vecinos y amigos de Mirian organizaron una marcha frente al Municipio de Pilar. Los resultados de la autopsia todavía no les fueron entregados. Les extraña que el profesional que firmó la receta y le dio el alta no figura en los libros del establecimiento sanitario: es como si no hubiera trabajado aquella noche.

El Sanguinetti empezó mal el año. En enero, un joven de 21 años murió y también se sospecha del desempeño de los médicos del hospital. Como consecuencia de los dos episodios, renunció la secretaria de Salud de la gestión del intendente Nicolás Ducoté, Mariela Paz.

Duelo y pobreza

El viudo, Carlos Rodríguez, está devastado y deprimido. Quedó solo, a cargo de nueve hijos de entre 16 y 1 año. No tiene trabajo fijo, solamente changas como electricista.

La vivienda de madera donde vive hacinado con los chicos es frágil. Su heladera y su cocina no funcionan y el terreno, que no tiene ningún servicio , lo comparte con su hermana, Adriana y ahora con una nueva vecina que está levantando su casa con pallets en un retazo de tierra que le cedieron.

Cuando se manifestaron frente al municipio, los Rodríguez obtuvieron ayuda, sobre todo para resolver inconvenientes referidos a los trámites para que la insuficiente asistencia que Mirian recibía del estado le fuera transferida a su esposo. Pero todo se agotó en eso.

“El Municipio donó cinco bolsones de mercadería. Después, en el barrio Peruzzotti estuve con (Nicolás) Ducoté y me dijo que iba a darle un subsidio a mi hermano para que él pueda hacer el duelo en paz y que le daría trabajo. Me pidió el número, la dirección y nunca apareció. El Municipio se olvidó”, explicó una familiar a un medio digital local.

La organización Manos en Acción trabaja en el barrio de los Rodríguez- Sena colaborando con apoyo escolar, alfabetización, instrucción en deporte, atención médica, orientación familiar y todo aquello que se necesite. Lo más imprescindible, la comida, está disponible dos veces por día: el desayuno y una cena completa y temprana. Atienden en una de sus sedes, en el barrio Río Lujan, a 150 a 170 chicos. Tienen otra cercana, en el barrio Luchetti.

“Ya no damos abasto”, dice una de las encargadas. “Tenemos muchas familias que se acercan a pedirnos cosas: alimentos, remedios, chapas. Hacemos lo que podemos y no podemos todo. Recibimos del municipio 9000 pesos en mercadería y nosotros precisamos 300 mil. Algunas empresas que donaban dejaron de hacerlo, por la situación. El Banco de Alimentos, que nos vendía a bajo precio no alcanza. Las compañías les donan menos y cada vez más comedores van a comprar a bajo precio, porque tienen más demanda”.

Otra de las colaboradoras continúa con una radiografía de la situación: “Hacemos recortes por donde podemos. Vamos a dejar la sede administrativa en la Capital porque no podemos cubrir el alquiler. Esperamos que alguien nos ceda un espacio. Aquí, por ejemplo se paga electricidad con tarifa residencial a una tarifa muy alta”.

“Hay chicos de clase media que tuvieron que dejar el colegio privado y pasar al público, sus padres se quedaron sin trabajo y terminaron en el comedor. Y las escuelas públicas también están colapsadas. En una de la zona hay dos cuartos grados de 42 chicos, y están esperando que se nombre otra docente para abrir un tercer curso”, se queja.

Aún dentro de la situación que atraviesa, Manos en Acción asiste a los Rodríguez: “Sobreviven en pésimas condiciones. Seis de los chicos van al colegio. Conseguimos un padrino que cubriera el transporte en combi para los dos menores. No tienen la SUBE escolar y pagar el colectivo es un presupuesto, 21 pesos por cada viaje”, alegan.

Los reiterados intentos de que participara en el resguardo de la familia la secretaría de Niñez del municipio no tuvieron éxito. “Estamos colapsados”, se excusan desde la dependencia.

Un lugar mejor

Algunos de sus hijos no saben que Mirian murió. “Ya va a volver mi mamá”, aseguran. “Uno de ellos tiene epilepsia. Otros, bajo peso. Nosotras tratamos de que vengan al comedor, los llamamos por teléfono. Es importante que lo hagan no solo para que se aseguren la comida, sino porque así les podemos hacer un seguimiento con la nutricionista, con la médica”, añade una voluntaria.

A pesar de los paros de docentes, intentan que los chicos vayan siempre a la escuela. “Aunque sea a otro grado, si no viene su maestra. Por lo menos así algo aprenden y desarrollan el hábito de ir”, explican.

Belén es la mayor de los hermanitos. Tiene 16 años y está de novia. Se encarga de cuidar a los menores y al bebé recién nacido de su tía Adriana, la “mejor tía del mundo”. El menor de los Rodríguez tiene un año. “No quiere que lo alce porque lo pellizco”, se ríe.

Sentada en el patio de tierra de su casa, entre la de su nueva vecina y la de su hermano, Adriana dice que sus sobrinos van a ver a una psicóloga de la salita: “Mi hermano dirá si van a seguir yendo. Ellos me preguntan por la mamá y yo les digo que está en un lugar mejor, pero cuando llega la noche me vuelven a preguntar. Están tristes”.

La mujer, que tiene cuatro hijos, entre ellos un bebé recién nacido, sostiene: “Yo también me las tengo que arreglar. Sobrevivo como puedo, porque el sueldo de mi marido no alcanza. A mis sobrinos me los traigo a mi casa, saben que pueden contar conmigo. La mayor duerme acá. Yo me iba a ir del barrio, pero decidí quedarme para ayudar a mi hermano. Todos tienen que asimilar lo que pasó”.

Carlos, prefiere no hablar. No quiere exponerse. Pasa a saludar antes de irse a una changa, sobreponiéndose al dolor de su viudez. Es uno de los pocos recursos que le permiten reunir algo de dinero para sostener a sus hijos.

Las integrantes de Manos en Acción insisten antes de irse en que chicos de la familia vayan al comedor, porque notaron que últimamente están faltando. Ensayan varios argumentos: “Que hagan deportes, que vayan a apoyo escolar, que los vea la doctora”.

Adriana explica que no quieren ir porque algún compañero “le faltó el respeto a su mamá, y eso no lo pueden aceptar”. “Están muy sensibles y me es imposible obligar los. Los más grandes no quieren que los más chiquitos escuchen eso”, cuenta. Para los chicos, ahora, la memoria de Mirian es más importante que la panza llena. Pero las voluntarias de Manos, el futuro de ellos es lo que está en juego.

Para ayudar a la familia y a Manos en Acción llamar al (011) 45442774