El modo en que el pueblo Aymara, trata a la tierra y el concepto de madre de occidente confluyen en una verdad irrevocable: Tierra hay una sola.

Pablo Benito

La tierra no es aquello que vemos, no lo es en las ciudades, no es en los ríos, ni en la mar. Las clasificaciones, regionalización o el amor al terruño son apenas un capricho cultural por organizar el mundo. La tierra es una sola y apátrida. Que la tontería humana le ponga límites para plantar banderas, imagine fronteras y hasta confeccione leyes para certificar que existen países generadores de identidad, por oposición, le importa un bledo a la naturaleza que, la conozcamos, reconozcamos, o no, simplemente es.

La tierra, en sí, no está en crisis. Lo que está en tensión es la relación armoniosa entre el ser humano y el sitio en el que habita -o que mal habita.

En el día de la tierra sería menester rendirle homenaje acudiendo a la humildad y reflexionando sobre la absoluta carencia de respeto hacia lo que el “Laudato Si” -encíclica papal que ha reunido voluntades- subtitula, con meridiana lucidez: “La casa que habitamos”.

Poblar y despoblar

 

El éxodo en la última mitad de siglo que fue de 20 % porcentuales de las poblaciones rurales hacia las grandes urbes, es apenas la primera explicación del crecimiento irracional que han tenido las ciudades en detrimento de la desertificación rural, en cuanto a población.

En términos reales el impacto mayor sobre la tierra se ha producido a partir de la conformación de ciudades de características gigantescas que, lejos de producir, son esponjas de recursos naturales, sean regionales como globales.

En los países con territorios extensos y poblaciones escasas, como Argentina, ese proceso venía recrudeciendo, antes ya de la década del 60, dado el otorgamiento de la función de “patio trasero” del mundo. Hoy la población rural en Argentina es de apenas el 8 % -entendiendo como población rural a aquellos que habitan fuera de conglomerados que no llegan a ser ciudades.

 

La dinámica de esa reestructuración poblacional ha sido acompañada por un supuesto “progreso cultural” en que las ciudades crecen junto a la explosión exponencial del consumo de sus habitantes y de hábitos sedentarios.

No se sostiene el nivel de consumo de millones de personas que no producen más que servicios, sin un sector de producción primaria tecnificado que permita abastecer esa desmesurada demanda.

El consumo, activado por el deseo y no por la necesidad, le devuelve a la tierra lo que le sobra, el descarte, y empuja la rueda de la contaminación mediante agrotóxicos y técnicas que erosionan la tierra.

Como cachetazo final a esa tierra, que es una sola -como la madre-, se da la existencia, sobre todo en los países periféricos de los latifundios, de una liberalidad boba que establece la propiedad privada sobre enormes parcelas que producen una inmediata ganancia que repercute en el desmonte y la alteración de asociaciones vegetales y de la fauna para instalar amplias zonas de monocultivo que no responden a la necesidad natural de preservación sino al mercado, que no es tan invisible, y dirige sus demandas y precios a intervenir, directamente, sobre estrategias comerciales productivas.

 

La Soja en América Latina

 

Se podría reducir uno de los problemas de la dependencia económica de la región Cono Sur como “el problema de la soja”. Quizás hoy podremos ver las premoniciones que dieron sustento a la polémica resolución 125, que planteaba intervenir el mercado –por parte del Estado- no sólo para redestribuir la riqueza, sino para hacerlo sobre el mercado que controlaba de manera absoluta la ocupación de la tierra.

A raíz del elevado precio actual de los lácteos y la carne, quizás podemos preguntarnos si esos millones de argentinos que en 2008 se lanzaron a las calles porque decían “estamos con el campo”, reciben hoy -a la inversa- el apoyo del campo que “está con ellos” cuando pasan por caja de un supermercado.

La expansión explosiva de tierra sembrada con soja, corrió a la ganadería y la ganadería desmontó bosques, en muchos casos nativos, para hacerlos “productivos”.
En rigor de verdad, a esto no lo definió una política nacional de Estado, sino que fue el “mercado” quien tomó la batuta durante los últimos 15 años cambiando el mapa satelital de la llanura pampeana de verde absoluto a marrones allí donde había bosque y hoy hay pradera.

La emergencia hídrica se hizo permanente. Por ejemplo en nuestra provincia -y no obstante la contundencia de la crónica- se sigue fomentando el biodiesel en base a derivados de la soja como una alternativa energética “ecológica”.

 

El futuro… no es mejor

Actualmente, el 55 % de las personas en el mundo vive en ciudades. Según un nuevo informe de la ONU, se estima que esta proporción aumentará hasta un 13 % de cara a 2050, por lo que el desarrollo sostenible es una quimera si no se revierte la tendencia.

El Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de las Naciones Unidas ha lanzado un documento que prevé que el 68 % de la población vivirá en zonas urbanas de cara a 2050.

Se prevé que este aumento se producirá de forma desigual en términos geográficos y que, además, algunas de las urbes que actualmente presentan un mayor tamaño podría ver reducido su número de habitantes.

La urbanización va a continuar y lo va a hacer más rápido en los países de ingresos bajos y medios.

 

Distribución del proceso

El crecimiento previsto estará altamente concentrado: el 90 % tendrá lugar en los países de África y Asia, y tan solo India, China y Nigeria representarán el 35 % con 416 millones, 255 millones y 189 millones de habitantes respectivamente.

Actualmente, las áreas más urbanizadas son:
América del Norte: 82 % de población urbana.
América Latina y el Caribe: 81 %.
Europa: 74 %.
Oceanía: 68 %.

Asia, a pesar de su bajo nivel de urbanización (cerca del 50 %), acoge al 54 % de la población urbana mundial, seguida de Europa y África con un 13 % cada una. África, en contraste, predomina la población rural, con un 43 % de sus habitantes viviendo en las ciudades.

Tokio es la ciudad más poblada del planeta

Descenso de población en zonas urbanas y rurales

Algunas urbes han experimentado una disminución en el número de habitantes en los últimos años. La mayoría de ellas se encuentran en países con bajas tasas de fertilidad en Asia y Europa, pero la contracción económica, la inmigración y los desastres naturales también han provocado pérdidas de población. Esto ha ocurrido en las últimas dos décadas, por ejemplo, en ciudades del este de Europa, en países como Rumanía, Ucrania o la Federación Rusa.

 

Las “mega ciudades” y la pobreza.

Estas ciudades presentan núcleos de población de más de 10 millones de habitantes y actualmente hay 43 en el mundo. A la cabeza de ellas, se encuentra Tokio, la urbe más poblada con 37 millones de personas, y, detrás de ella, Nueva Delhi con 29 millones.

En este sentido, se observan distintas dinámicas. En el caso de Tokio, se espera que la población empiece a disminuir a partir de 2020, mientras que Delhi continuará creciendo hasta convertirse en la ciudad más poblada en 2028.

No obstante, las mega ciudades no dirigirán el crecimiento demográfico urbano, sino que serán las urbes con menos de un millón de habitantes, especialmente en América del Sur Asia y África, las que liderarán la tendencia. Mientras que en las primeras reside una de cada ocho personas, las últimas acogen a cerca de la mitad de la población urbana mundial.