Y el escándalo por el gran negocio de los avistamientos para turistas que hay detrás de la amputación de la cola del cetáceo canario.


Eran días de olas leves y movimientos lentos. El brillo del sol atravesaba las aguas turquesas como cuchillos de luz. Santiago aplicaba inyección tras inyección de pentobarbital sódico a la ballena piloto de aleta corta (Globicephala macrorhynchus). Tardó poco en darle una dosis, dos… hasta contar cinco. El animal, inerte. El cetáceo había cesado en su dolor… Pocos espectadores pudieron ser testigos de la primera eutanasia de una ballena en altamar. Le dijeron adiós con la sensación de que aún había muchas preguntas por responder. ¿Cómo ocurrió? ¿Por qué era inevitable? El cetáceo había aparecido pendulante, luchando por moverse. Denominada también calderón tropical, tenía un pavoroso corte. Estaba allí Francis Pérez, el canario ganador del World Press Photo. Incluso debajo del agua sus chillidos de dolor se escuchaban: agudos, incesantes. Le acompañaban algunos de los de su especie como una escolta resignada pero protectora. Francis, experto buzo, había sido convocado por el biólogo marino Jacobo Marrero. «Lo primero que atiné a hacer fue lanzarme al agua para fotografiarlo y ver realmente lo que tenía, ya que desde la superficie era difícil ver el alcance de las heridas». La cola del cetáceo estaba casi separada del cuerpo. Francis pudo registrar cómo avanzaba. Apenas podía. Marrero, a su vez, había localizado al calderón tras recibir un mensaje en su teléfono:

-Hay un calderón joven herido… parece que está llorando.

La bautizaron Hope, esperanza en inglés. Era un hermoso ejemplar hembra, joven, de entre seis y ocho meses, y 120 kilogramos de peso. Las imágenes fueron tomadas por el ganador español del World Press Photo. REPORTAJE GRÁFICO: FRANCIS PÉREZ
Y era verdad, sus chillidos eran cual sollozo. Cuando logró encontrarla, Jacobo llama a Francis previsor, ya que Pérez es uno de los pocos fotógrafos de la zona con autorización para estar en el agua con cetáceos. Así podría registrar lo que sucedía. El aviso lo recibieron a las 11:54 del domingo 24 de marzo y a las 12:29 ya estaban con la ballena piloto. Jacobo, un amante de la estos animales, estaba despedazado por lo que veía. Francis hizo lo que mejor sabía, se zambulló envió las imágenes al Centro de Recuperación de Fauna del Cabildo de Tenerife. Eran descorazonadoras.

Tardó un par de horas en aparecer Santiago Mayans, reconocido veterinario. Estaban juntos, tres eminencias, tres hombres que aman el mar. Había que decidir qué hacer. Y decidieron escuchar la opinión de Mayans. El código deontológico de veterinaria para un animal con heridas físicas que comprometen su vida y con síntomas de sufrimiento es sólo uno. «La sección era completa. Estaba partida la aleta caudal, justo en un disco intervertebral. No podía recuperarse. Protocolo: Eutanasia. Había que tomar la decisión de sacrificio humanitario», describe su decisión Mayans a Crónica. Todos de acuerdo.

-¿Me ayudan a cogerlo?- preguntó el veterinario.

A pesar de las lesiones, no era sencillo capturar a la ballena. A pesar de su juventud, entre seis y ocho meses, medía unos 2,20 m y 102 kg. Pero eso no era lo más peligroso. Sus congéneres, estaban alrededor, atentos a lo que pasaba. Tenían que ser rápidos para que no sufriera más y no poner en riesgo vidas humanas. «Improvisamos una camilla con una red, y después de varios intentos logramos posar al calderón Éste no hacía sino emitir sonidos de llamada a la familia que andaba por debajo del barco…Todos sufríamos con cada sonido, con cada exhalación de aire salida por el espiráculo. ¡Dios mío! Nunca lo había oído tan cerca», relata Francis Pérez.

El reconocido veterinario Santiago Mayans realizando la eutanasia para terminar con su sufrimiento.
Dos calderones del grupo, de cinco metros de largo, el alto de una casa de dos plantas, se acercaban. Había que ser rápido. Mayans aplicó primero Xilacina, un potente relajante muscular. Su capacidad de sedarle hizo que pudiera aplicar cinco inyecciones de 25 ml de pentobarbital, el mismo medicamento que usó el marido de María José Carrasco para su eutanasia. Un total de 125 ml. «Te vi rendirte en un primer momento y como tus ojos se cerraban, estando en la red junto a uno de los barcos aún en el agua… Los acompañantes de Francis estaban llorando a lágrima viva», escribió como diario del momento Jacobo, en una suerte de carta en la que le habla a la ballena piloto. «Tu cabeza acabó junto a mis pies… Me rompí». Marrero, miembro de la Asociación Tonina, organización dedicada a la investigación del medio natural marino, la bautizó. Le llamó Hope, esperanza en inglés. «Sólo podía pensar: vete ya. Deja ya de sufrir y vete». Y se fue.

El equipo de Santiago Mayans tenía la responsabilidad de llevarle a tierra. Coordinar la necropsia con el Instituto de Universitario de Sanidad Anidad de las Palmas-IUSA, referencia mundial en el estudio de patología de cetáceos. El resultado sólo refrendó que se había hecho lo correcto. Revelaba que tenía mordiscos de tiburones que, al oler la sangre, había ido a atacarle. Su grupo le había salvado. Dejarla en el mar hubiera significado una horrenda muerte. También se confirmó que el desmembramiento había sido por la hélice de una embarcación.

Y ese es el drama. Las empresas de avistamiento de cetáceos facturan 25 millones de euros al año. Las hay serias, que lo hacen correctamente. Pero también, ante el dinero que se recauda, hay barcos piratas que lo hacen sin ningún control. Sin respetar a estos inteligentes mamíferos marinos. Lo denuncia sin tapujos Francis Pérez, que no duda en señalar que la muerte de Hope debe causar una reflexión. «Sobre las reservas marinas minúsculas y las áreas protegidas sólo en el papel… los piratas oportunistas, la falta de educación ambiental y el atropello a los animales». Jacobo Marrero, quien se quedó en Tenerife para proteger su hábitat: «Eres la esperanza de que se haga algo de una vez por todas».

En la ficha de necropsia Hope no tiene un nombre. Su número de identificación es el 10.756. Los investigadores tomaron todos los datos para aprender más de la anatomía del calderón, «una ayuda inestimable para la ciencia», añade Mayans. Está enterrado en el municipio de En Arico, al sur de la isla. Despiezado, en bolsas.