El drama no pide permiso. Y menos en el automovilismo, en donde el riesgo es una constante. Aparece y punto. Ayer apareció en la gris mañana de Rafaela en pleno desarrollo de la 6 vuelta de la final de TC Pista. Eligió como escenario la zona de la segunda chicana, el mismo lugar de la espectacular carambola de Emanuel Moriatis con el Turismo Carretera hace dos años, que provocó varios heridos…

Esta vez no hubo tanta suerte, desde el momento en que Alberto Noya (30 años, casado, dos hijas, y piloto de TC Pista desde el 2001), entró en un trompo, presumiblemente por un toque de Gabriel Satorra (lo negó), que dejó cruzado su Dodge en medio de la chicana. Cuatro autos pudieron esquivarlo. No pasó lo mismo con el Ford Falcon de Hugo Fayanás, que a unos 180 km/h impactó de lleno en la puerta derecha del Dodge, la del lado que ocupaba Gabriel Miller como acompañante de Noya. La mecánica del accidente más temido en el automovilismo actual.

“Ahí mismo me di cuenta que se había matado”, contó Marcos Di Palma cuando cerca de las 13 se hizo oficial lo que todos imaginaban: la muerte de Miller. Como tantos, Marquitos intuyó lo peor al observar por las cámaras de televisión las tremendas características del choque. Como es una costumbre en este tipo de situaciones, la incertidumbre dominó la escena en los instantes posteriores al accidente mientras la carrera, con Ezequiel Bosio en punta, era primero neutralizada y luego terminada con bandera roja.

Fayanás, que además de piloto es propietario de un diario en Río Grande, y su acompañante Marcelo Montesanti, salieron por sus propios medios, pero rengueando, como consecuencia de los golpes de sus cinturones de seguridad en la zona testicular. Fueron internados pero sólo por precaución porque desde un primer momento sus vidas estuvieron fuera de peligro.

El rescate y la asistencia médica de Noya y su acompañante constituyeron una escena trabajosa y penosa a la vez. Trabajosa porque hubo que cortar el techo del auto para asistirlos. Y penoso porque ambos estaban inconscientes e incluso Miller sangraba de sus oídos, algo que hizo suponer a varios de quienes lo vieron que ya había fallecido. Esta teoría se fortaleció cuando la ambulancia que lo trasladó, marchó directamente al Policlínico Rafaela. En cambio, la que llevaba a Noya hizo una escala en la clínica del circuito.

Allí, según el doctor Rodolfo Balinoti, salió de un primer paro cardiorrespiratorio. El segundo lo superó antes de llegar al Policlínico Rafaela. Mientras tanto en el circuito nadie confirmaba ni desmentía la muerte de Miller. Incluso tras la suspensión del TC Pista se dio vía libre a la carrera del Desafío Focus, ganada por Facundo Meza. Y hasta hubo podio, aunque sin festejo. Hubiera sido el colmo porque en ese momento nadie dudaba del trágico final de Miller.

Oficialmente la muerte de Miller se produjo poco antes de llegar al Policlínico. No pudo sobreponerse a las graves lesiones por el impacto del Ford de Fayanás que prácticamente se incrustró en el habitáculo del Dodge. El infortunado deportista tenía 42 años, vivía en Pilar y acompañaba a Alberto Noya desde hacía un par de carreras, luego de haber estado sentado en la butaca derecha del auto de Mario Olivelli.

El mismo Olivelli que en el sector interno de boxes y tras enterarse por teléfono de la mala nueva respondió con un apesadumbrado y lacónico “murió” a la consulta de un auxiliar, cuando le preguntó por la suerte de Gabriel Miller. Por entonces los informes oficiales calificaban de grave el estado de Miller.

A las 16, el parte oficial del Policlínico Rafaela definió con estos términos médicos el estado de Noya: “Está en coma 3 con respirador artificial. Presenta hematoma laminal subdural en región temporal con edema cerebral difuso”. Su estado fue calificado de grave y por eso una hora más tarde se lo trasladó en avión a la Capital Federal. Ya había caído la noche cuando arribó a Buenos Aires. Fue derivado al Sanatorio Güemes, al que llegó a las 19. Allí los médicos comenzaron a evaluar las posibilidades de operarlo o colocarle una válvula intercerebral. Lo operaron. Y así seguía la difícil carrera de Noya por sobrevivir.