Es uno de los autores clave de la narrativa de Occidente, y en China es furor. Su plan fue enorme. Es el escritor argentino más universal.
“Borges, es usted un genio”, sentenció un periodista de revista Gente que entrevistaba al escritor, en 1972. “No crea, son calumnias”, contestó él, con ese humor que convertía en una fiesta cualquier conversación compartida (si contestaba a alguna pregunta de manera solemne era, la mayoría de las veces, porque le tomaba el pelo a su interlocutor.) “No creo en el valor de lo que escribo, pero sí en el placer de escribir”, diría Borges cierta vez, consciente de que daba pruebas de su genialidad, en los hechos.

Intentar dar cuenta -o justificar- la obra de Jorge Luis Borges en un artículo es asumir una imposibilidad: así como El Aleph, ese objeto imaginado en uno de sus cuentos, propone la aventurada hipótesis de que existe un instante en el que convergen, “todos los nuestros ayeres, todo el presente y todo el porvenir”, su obra es en sí misma una constelación en la que el genio se revela multifacético y atemporal, irreductible. Pero además, él mismo parece haber querido abarcar el infinito a partir de una obra que se despliega en múltiples direcciones y atraviesa muy diversos géneros. Maestro del cuento, poeta, traductor, conferencista, crítico, ensayista y un excelso orador: todos son Borges. Lo define esa diversidad, que impide estabilizar una única visión.

Borges fue y es, a la vez, el escritor más argentino y el más universal: “Buscó la figura bifronte de un escritor que fue al mismo tiempo cosmopolita y nacional”, define Beatriz Sarlo en Borges, un escritor en las orillas, libro en el que compila cuatro conferencias sobre el escritor. “La originalidad de Borges –nota- reside en “su resistencia a ser encontrado allí donde lo buscamos. La ironía desalienta a quien busque fijar un sentido; pero también defrauda a quien piense que no hay un sentido en absoluto”. Como en un juego de espejos, esos que tanto le inquietaban, Borges, se multiplica en un sinfín de variables. Por todo eso, querer asirlo es caer en una trampa.

A 120 años de su nacimiento, que se cumplen este sábado, en relación a su obra ya no hay polémicas, sino un consenso celebratorio: para millones de lectores en el mundo, Borges se lee como la comprobación de que la perfección literaria es posible, mientras el mito sigue creciendo en países como China, donde es el escritor más traducido del español, una vuelta del destino que le hubiese encantado. Al día de hoy, en la web se registran más de dos millones de tesis académicas dedicadas al análisis de sus textos. El mito sigue creciendo.

A la altura de los más grandes

Intentando dar cuenta de la trascendencia del argentino, y del lugar que ocupa en el canon de la literatura de occidente, el crítico estadounidense Harold Bloom, uno de los más influyentes del mundo, ubicó a Borges junto al chileno Pablo Neruda como uno de los dos exponentes de la literatura en español más importantes de la historia después de Cervantes, en su libro más ambicioso, El canon occidental. Según Bloom, el efecto último que provocan sus libros es esa “perplejidad” de los escritores canónicos.

La opinión generalizada también lo ubica entre los más grandes autores del siglo XX, en un podio que comparte con autores como Kafka, Joyce, Beckett, Nabokov, Proust, Ibsen o Pessoa. Y no es exagerado predecir que en un futuro remoto –a uno, dos o cinco siglos de este presente- sus libros seguirán leyéndose como hoy se leen La Odisea o La IIíada: en sus últimos años, ese hombre que viajaba en sus ficciones por los laberintos del conocimiento y de la historia como un internauta por Internet, prefigurando lo que vendría, ya era considerado un clásico vivo, y su reputación no ha hecho sino afianzarse en estas tres décadas, en las que el mundo, por otra parte, se ha vuelto cada vez más borgeano.

“Fue un autor que se buscaba a sí mismo en todos los aspectos del mundo, en la filosofía más intrincada y en el descarado revoque de un muro perdido en una solitaria calle de barrio”, definió María Kodama, su viuda y la persona a la que el escritor dedicó expresamente más textos.

En sus libros, traducidos a más de 30 idiomas, Borges desplegaba una serie de obsesiones personales: las trampas del tiempo, la existencia como laberinto, la vastedad del infinito, el destino, la duplicidad, la finitud o la dudosa seguridad de los espejos, que entramaba con la historia de las culturas, la metafísica y una curiosidad evidente por el pasado de este país con el que tuvo una relación ambivalente y de donde huyó para morir, en 1986.

Su obra está signada también por su amor por la filosofía: “Si soy rico en algo, lo soy más en perplejidad que en certidumbre –decía-. Un colega declara desde su sillón que la filosofía es entendimiento claro y preciso; yo la definiría como la organización de las perplejidades esenciales del hombre”. ​

Hasta las entrevistas que concedió a lo largo de los años –y se editaron en numerosas ediciones- terminaron convirtiéndose en piezas de valor literario; sobre todo al final de su vida cuando, ya habituado a la ceguera que lo había entrenado en el hábito de “escribir dictando”, disparaba reflexiones y respuestas que parecían formar parte de un corpus de una coherencia y un ingenio casi imposibles en la improvisación.

Para 1986, el año en el que murió en Ginebra, Borges se había convertido en un personaje más famoso que su propia obra. Y su influencia sería de tal que llegaría a percibirse como una sombra maldita para los autores que vinieron después.

La biblioteca en la que se figuraba el paraíso

Frente a una tradición literaria -la argentina- que se definía por su inclinación hispánica o francófila, Borges introdujo la variable inglesa en una serie de cuentos y poemas. El origen de su formación se remonta a la biblioteca en la que creció, figurándose el paraíso: “Si tuviera que señalar el hecho capital de mi vida, diría la biblioteca de mi padre. En realidad, creo no haber salido nunca”, admitía en la madurez evocando a aquel chico que, en un proceso atípico para un niño sudamericano, había crecido leyendo en paralelo en español y en inglés.

Después de haber escrito su primer cuento, La visera fatal, y haber traducido con relativo éxito El príncipe feliz, de Oscar Wilde, a sus 6 años, a los 8 Borges le expresó al padre que tenía serias intenciones de llegar a ser un escritor profesional, mientras se jactaba de haber leído a Poe, Carrol Dickens, Stevenson, Wells y Kipling: hubiera descollado en un concurso de niños prodigio.

La escritura fue la consecuencia casi inevitable de esa vorágine de lecturas, y la encerrona que eligió como forma de vida determinó, a su vez, una existencia, en algún sentido, incorpórea, más intensa entre las páginas: “Recuerdo más lo que he leído que lo que me ha pasado”, asumía. Las mujeres –incluso habiéndose casado dos veces- le resultaban un misterio indescifrable.

En la obra que urdió en soledad, la ficción se entrama con la teología cristiana, judía e hindú, las distintas corrientes del arte universal o el estudio de la Cábala.

Así como Fervor de Buenos Aires (1921), su primer volumen de poemas, prefiguraba, según palabras de Borges, toda su obra posterior, en Historia Universal de la Infamia (1935), su primera obra narrativa importante, empieza a perfilarse el ilusionista capaz de moldear la realidad como una materia digna de ser mejorada. Con aquel libro, en el que combina su imaginación prolífica con personajes y circunstancias reales, su carrera empezaba a consolidarse.

En 1938, un grave accidente –la herida provocada por el golpe con una ventana derivó en una infección generalizada- instalaron en él el miedo a la muerte. Esa convalecencia, que le sirvió para dar pie a más páginas espléndidas –escribió, durante aquel trance, el cuento Pierre Menard, autor del Quijote- afianzó, además, su idea de que la realidad empírica es tan ilusoria como el mundo de las ficciones.

Después vendrían Historia de la eternidad (1936), Ficciones –con el que empezaría el proceso de consagración internacional y El Aleph (1949), que para la crítica es, casi unánimemente, su mejor colección de relatos. Allí presenta una serie de eventos u objetos inverosímiles enmarcados en un ambiente realista, lo que contribuye a resaltar su carácter fantástico.

Esos títulos son parte de una secuencia que incluiría otros libros, como Para las seis cuerdas (1965), El libro de los seres imaginarios (1967), Elogio de la sombra (1969), El Informe Brodie (1970) o El oro de los tigres (1972), además de los relatos y antologías compuestos en coautoría con Adolfo Bioy Casares. Mientras que su autobiografía publicada por primera vez en inglés en 1970, por The New Yorker, se editó en 1999.

La visión había empezado a fallarle tras ser nombrado director en la Biblioteca Nacional, en 1955. Rodeado de libros, supo que nunca más volvería a verlos: “Nadie rebaje a lágrima o reproche/ esta declaración de la maestría de Dios/ que con magnífica ironía/ me dio a la misma vez los libros y la noche”, resumió en su Poema de los dones.

Su biografía –como la de la mayor parte de los autores del continente- registra también numerosas incursiones en el periodismo cultural: co-fundó la revista Sur, de Victoria Ocampo –donde publicó algunos de sus mejores relatos y poemas-; dirigió el suplemento cultural del diario Crítica, de Natalio Botana, y escribió, entre otras publicaciones, en las revista El Hogar y Martín Fierro, prototípica del grupo literario Florida, que reivindicaban las innovaciones de las vanguardias de aquel animado comienzo del siglo XX. Fue un genio que no se privó de trajinar las redacciones.

El Nobel que no fue

Los cuestionamientos a su figura estuvieron asociados a su incomprensión –o comprensión tardía- del capítulo más sangriento de la historia argentina. El escritor sumaba al apellido patricio de su madre, Leonor Acevedo, otro de prosapia guerrera, por la rama de su padre, Jorge Guillermo Borges, descendiente de un linaje de militares que habían tomaron parte en la independencia Argentina. Esa herencia, a sus ojos heroica, acaso explique la ingenuidad imperdonable de haber creído, a mediados de los años 70, en unas fuerzas armadas prístinas, lo que, sumado a su furioso antiperonismo (“Los peronistas no son ni buenos ni malos, son incorregibles”, decía), lo llevó a cometer el peor error político de su vida.

Demostró un apoyo inicial a la última dictadura argentina –que derrocó a Isabel Perón- y compartió un almuerzo con el dictador Jorge Videla en 1976, al que llegó a agradecerle que hubiese “salvado a la patria del oprobio, el caos y la abyección en la que estábamos y, sobre todo, la idiotez. También aceptó un reconocimiento académico de manos del dictador chileno Augusto Pinochet en la Universidad Católica de Chile ese mismo año. Estos gestos habrían resultado imperdonables para el mundo civilizado. Al punto de haberle costado el Nobel, según la hipótesis más extendida: esperó el premio, en vano, durante casi tres décadas. (Otra hipótesis sostiene que la extensión de sus relatos, que rara vez supera las diez páginas, pudo haber sido un impedimento para la Academia Sueca.)

“No otorgarme el Premio Nobel se ha convertido en una tradición escandinava”, comentó burlón. Cuanto se lo concedieron a Gabriel García Márquez en 1982, disparó “Me parece un excelente escritor y es muy justo que le dieran a él ese premio. Cien años de soledad es una gran novela, aunque quizás con cincuenta años hubiera sido suficiente”.

Para 1980, el escritor admitía: “Me equivoqué. No debí hablar bien de los militares argentinos por una cuestión ética más que política. Ahora no apoyaría a los militares. No todos los muertos serían invariablemente inocentes pero deberían haber tenido el derecho de ser juzgados.” Ese mismo año, en el que recibía el premio Cervantes, firmaba una solicitada junto a otros intelectuales que repudiaban el régimen militar y reclamaban por la suerte de los desaparecidos, en un episodio que tendría notable repercusión internacional.

Durante la guerra de las Malvinas, en 1982, un coronel retirado increpó al escritor en la calle por su oposición a la intervención argentina y le recordó que tenía militares entre sus antepasados: Borges respondió levantando su bastón y amenazándole. Al final de su vida, iniciaba un período de corrección política ya definitivo.

El escritor que soñaba secretamente con que la posteridad le perdonase sus errores y le concediese la gloria de que se lo recordase por sus mejores textos, ostenta su merecido lugar en el cielo de los imprescindibles: lejos de ser un espectro inmóvil, sigue vivo, en el papel. Y ya nada puede destronarlo de su Olimpo. Finalmente, el genio se vuelve infinito.