Bruce H. Robison, biólogo marino del Instituto de Investigación del Acuario de la Bahía de Monterey en California, comenzó a merodear por las profundidades del océano Pacífico en una embarcación revolucionaria en 1985. En esencia, era una burbuja gigante de plástico transparente que le proporcionaba al ocupante vistas panorámicas asombrosas, en lugar de obligarlo a observar a través de un pequeño ojo de buey.

“Fue absolutamente transformativo”, comentó Robison hace poco. “La abundancia de la vida era mucho mayor de lo que me había imaginado”. El oscuro océano estaba vivo: brillante, resplandeciente, destellante. “Fue extraordinario ver toda esta bioluminiscencia y darme cuenta de que es una forma superior de comunicación”, dijo. “De verdad cambia tu perspectiva”.

Más de tres décadas después, las naves burbuja se han vuelto populares, y miles de personas están apreciando la vista de las profundidades del mar. Mientras que Elon Musk y Jeff Bezos logran avances en el campo de los viajes espaciales, otro grupo de emprendedores va en dirección contraria, buscando expandir la exploración del espacio interior. Los admiradores del navío submarino en ocasiones llaman a estos nuevos sumergibles naves espaciales interiores.

“Cada vez llegan más profundo”, comentó Will Kohnen, quien monitorea el desarrollo del sumergible burbuja para la Sociedad de Tecnología Marina (MTS, por su sigla en inglés), un grupo de profesionistas. Agregó que la mayor parte de la actividad de su campo surge de la creciente preocupación por la salud del océano: “Las personas quieren verlo de primera mano. Se trata de conectarse con el océano”.

La generación actual de embarcaciones burbuja puede sumergirse hasta 2,2 kilómetros de profundidad, una distancia mucho más profunda de lo que llegan los últimos rayos de sol, y puede albergar hasta siete pasajeros. Se prevé que existan burbujas más grandes que puedan sumergirse a mayor profundidad.

El Deep Rover monoplaza, producido por Graham Hawkes de Deep Ocean Engineering. Bruce H. Robison, biólogo marino, pilotó la embarcación en 1985 (T. Kerby/OAR/National Undersea Research Program; University of Hawaii/NOAA)

Las esferas gigantes de plástico y, al menos en un caso, un hemisferio, están develando las oscuras profundidades del océano y generando nuevos descubrimientos. En 2012, un submarino burbuja cerca de Japón registró el primer video de un calamar gigante, una criatura con una maraña aterradora de tentáculos. Una burbuja para tres pasajeros rastreó a la criatura a 800 metros por debajo de la superficie.

En 2016, una inmersión cerca de las islas Azores de Portugal avistó a un pez rape hembra y a su pequeño compañero entrelazados en un acercamiento sexual. Los biólogos marinos consideraron el video como un gran logro que revelaba los secretos conductuales del rape, que durante mucho tiempo ha sido famoso por llevar colgando una carnada bioluminiscente frente a sus dientes puntiagudos.

Este verano, un grupo de científicos en una burbuja cerca de las Bahamas colocaron una etiqueta satelital a un tiburón de peinetas, un gigante abisal que fue predador de muchos dinosaurios. Los investigadores afirmaron que el etiquetado en la profundidad fue un suceso sin precedentes en el propio hábitat del tiburón y que proporcionará un rastreo más preciso.

La innovadora embarcación es resultado de grandes avances en cuanto a electrónica y materiales. De acuerdo con Triton Submarines, una empresa de submarinos burbuja en Sebastián, Florida, se necesitan tres toneladas de acrílico para fabricar una burbuja plástica de 2,1 metros de ancho con paredes de un grosor de 16 centímetros. La embarcación puede albergar a tres pasajeros y sumergirlos a 3280 pies, casi 1207 metros.

Los fabricantes de los submarinos no son inmunes al asombro. Patrick Lahey, presidente de Triton Submarines, aseguró que en 2013 estaba explorando el océano Pacífico en una burbuja con científicos del Museo de Historia Natural de Estados Unidos cuando sacó su linterna e hizo parpadear la luz dos o tres veces en la oscuridad.

“A la distancia, un animal emitió el mismo parpadeo de luz”, recordó en una entrevista. “Fue increíble. Algo estaba comunicándose con nosotros”.

Durante la Guerra Fría, la Marina estadounidense fue la primera entidad en tener una burbuja certificada para inmersión y la nombró Nemo, en honor al capitán del submarino Nautilus, de la novela de Julio Verne, “Veinte mil leguas de viaje submarino”. La tecnología era tan reciente que la Marina recurrió a Bruce Beasley, un artista de Oakland, California, famoso por sus esculturas de acrílico brillante, para moldear las esferas submarinas.

Nemo medía 1,7 metros, tenía paredes de 76 centímetros de grosor y podía albergar a dos exploradores de las profundidades. El sumergible se sometió a ensayos en el mar en 1970 y, en la década siguiente, se sumergió en más de 600 ocasiones.

La burbuja que Robinson piloteó por primera vez en 1985 era una embarcación única, llamada Deep Rover, diseñada por Graham Hawkes de Deep Ocean Engineering, con sede en San Leandro, California.

Otros diseñadores comerciales siguieron su ejemplo. Un equipo oceanográfico en Costa Rica ha usado una burbuja fabricada por SEAmagine Hydrospace, con sede en Upland, California, para el turismo de las profundidades e investigaciones de biodiversidad durante más de una década.

“Han realizado toneladas de descubrimientos”, afirmó Kohnen, el funcionario de la Sociedad de Tecnología Marina quien también es presidente de la compañía. “Es verdaderamente fantástico”.

Ahora, el desarrollo de burbujas es dirigido casi en su totalidad por personas extremadamente adineradas, los típicos dueños de superyates que pueden llegar a costar 100 millones de dólares o más. Una burbuja es percibida como un símbolo de estatus; si cuesta entre dos y cinco millones de dólares, representa una parte relativamente pequeña de una inversión de lujo. Chris Cline, un empresario multimillonario, filántropo y donador político que falleció en un accidente de helicóptero en julio, ordenó un submarino burbuja para su superyate hace más de una década.

Otro de los primeros entusiastas fue Ray Dalio, fundador de la empresa de inversión Bridgewater Associates, en Westport, Connecticut. Con su superyate y un submarino Triton, en 2012 se convirtió en el primer hombre en registrar imágenes de un calamar gigante en su oscuro hábitat.

Dalio ha convertido su pasatiempo en un llamado a nivel mundial. El año pasado, él y su hijo Mark lanzaron OceanX, una filial de Dalio Philanthropies que fomenta la exploración del océano y la concientización al respecto, principalmente mediante la cinematografía. OceanX es propietaria de dos burbujas y está construyendo una segunda embarcación.

“La exploración del océano es más emocionante y relevante que la exploración del espacio”, comentó Dalio padre el año pasado en una declaración. “Es nuestra misión enseñarles eso a las personas”.

En septiembre, Triton anunció que Kjell Inge Rokke, un multimillonario noruego que hizo su fortuna en la pesca comercial, comprará una burbuja que puede sumergirse 2200 metros, aproximadamente 2,2 kilómetros. Esa cifra marcaría la inmersión más profunda que haya alcanzado una esfera plástica. Su fundación oceánica planea utilizar la embarcación de tres pasajeros para la investigación científica.

Las paredes del sumergible tendrán un grosor de 30 centímetros. “Hace unos años esto no era posible”, dijo Lahey de Triton en una entrevista. Triton subcontrató su producción de burbujas con un equipo alemán que incluye a Rohm, inventor del Plexiglas, una marca de plástico sólido trasparente.

En un folleto titulado “Sumergibles de lujo”, Triton publicita un modelo con capacidad de hasta siete personas (un piloto y seis pasajeros) que puede operarse desde un crucero.

Triton también se propuso construir un complejo turístico submarino llamado Poseidón. Se encontrará en el fondo de una laguna en Fiji, cerca de un arrecife de coral y tendrá 24 habitaciones; no burbujas, sino domos hechos de plástico.

El ascenso de los submarinos burbuja promete rendir frutos exploratorios en las próximas décadas. “Sin importar quién sea el piloto”, dijo Robison del Instituto de Investigación del Acuario de la Bahía de Monterey, “ya sea gente adinerada con yates o científicos con instrumentos, el hecho de que la tecnología esté evolucionando significa que será mucho más sencillo hacer este tipo de investigaciones en el futuro”.