Evo Morales, Sebastián Piñera. Sebastián Piñera, Evo Morales…cara y cruz de una moneda que si es lanzada al aire bien podría caer de canto.

Por Analía De Luca

Las gestiones de los presidentes de Chile y Bolivia sufrieron en estas semanas un cimbronazo impensable hace apenas un par de meses. A ambos se les reclaman cuestiones diferentes, pero a los dos -tal como al gobernador de Puerto Rico- se les “pidió” dejar el poder.

Mientras en el caso chileno se solicita a Sebastián Piñera la distribución del crecimiento económico que ha mantenido su país en los últimos años pero que está concentrado no solo en pocas manos sino en pocas localidades: cuando por ejemplo nuestra provincia de Santa Fe está compuesta por 352 localidades, todo Chile en su extensión solo ostenta 346 municipios y comunas. Así, los conglomerados urbanos atraen y concentran población rural migrante que no halla su lugar en la ciudad, donde el rico gana 24 veces más que el pobre, según el coeficiente de Gini (una medida de la desigualdad ideada por el estadístico italiano Corrado Gini que se utiliza para medir la desigualdad en la distribución de los ingresos dentro de un país ) para 2018, que fue de 0,466.

Lidia Casas, directora del Centro de Derechos Humanos de la Universidad Diego Portales dice que en Chile existe una “discriminación estructural”, en relación a derechos básicos como la salud, la educación o las pensiones, y que “el Estado renunció a satisfacer las necesidades de las personas”, a raíz de las protestas contra el modelo neoliberal y el presidente Sebastián Piñera que se cobraron la vida de 23 personas en el último mes.

En tanto, en el caso boliviano, el presidente Evo Morales estaba en ejercicio desde el 22 de enero de 2006 hasta su renuncia, el último 10 de noviembre. Si bien Bolivia es uno de los países con mayor crecimiento económico en Sudamérica, ha logrado la visibilización y la inclusión social de los pueblos originarios, la pobreza extrema en Bolivia disminuyó de 36,7 % a 16,8 % entre 2005 y 2015 y el índice Gini es prácticamente igual al chileno (0,47), al presidente Morales se lo acusó de cometer fraude electoral para perpetuarse en el Gobierno, en medio de protestas en las que fallecieron nueve ciudadanos y que lo obligaron a pedir asilo político en México. Sus defensores argumentan que es un golpe de la derecha, que hace años no tiene cabida en Bolivia.

Y Argentina -que limita con ambos países- por supuesto observa atentamente la situación de sus vecinos y socios comerciales. Y como el argentino es opinador y solidario por naturaleza, según sea el argentino más de izquierda o de derecha se hace carne del reclamo de uno u otros. Así, por ejemplo, el economista Javier Milei y el líder de la izquierda Nicolás del Caño se han “cruzado” en Twitter por sus posturas encontradas: “Lo más valioso que está ocurriendo en Latinoamérica es ver como deja en evidencia a los zurdos. Condenan represión en Chile, pero la reclaman en Bolivia y la glorican en Cuba y Venezuela. Son absolutamente coherentes bajo la idea: dentro del socialismo todo y fuera de él nada”, inició Milei.

Nicolás Del Caño retuiteó el la publicación del economista y añadió: “Apoyamos el derecho del pueblo de Chile (y de todos los pueblos) a levantarse contra el despotismo capitalista de sus explotadores y opresores. Al mismo tiempo, rechazamos con la misma fuerza el golpe fascista en Bolivia al servicio del gran capital y el imperialismo. Así de simple”. Finalmente, Milei le respondió: “Gracias Nicolás por confirmar lo que he armado en el Tweet de origen. Ustedes son siempre coherentes y están dispuestos a soportar hasta el asesinato de millones de seres humanos con tal de defender esa idea estúpida que ha fracasado en todo lugar en la que se ha implementado”.

Trasladado a cualquier mesa de café o cualquier ronda de mate, esta inclinación a uno u otro lado es lógica y natural. Lo mismo en el caso de Venezuela, alguno dirán que Nicolás Maduro es un caudillo y otros lo verán como un dictador.
Sin embargo, antes de tomar partido, habría que tener en cuenta la autodeterminación de los pueblos y cierta “filtración” mediática que tamiza cuál información llega y cuál está vedada para el que mira el conflicto por televisión (o redes). Porque a la historia, a “las historias”, siempre la escriben los que ganan.

Dirimir el conflicto en Bolivia solo les cabe a los bolivianos. Lo mismo en Chile. Sus mayorías deberían decidir democráticamente qué quieren para sus gobiernos, sin presiones internacionales ni comentarios “bienintencionados” de consejeros sabelotodo en cuyas casas también se cuecen habas.