El 11 de febrero de 1990 dejó la cárcel luego de 27 años de encierro. La reclusión fue terrible, con maltratos, aislamiento y dolor. Sin embargo, el líder sudafricano no buscó venganza. Salió decidido a integrar, a construir una nueva nación.

 

Después de 27 años, recuperaba esa tarde la libertad. Nelson Mandela vestía de traje por primera vez desde que había sido encarcelado. Con el puño en alto, con su mujer parada al lado, se dirigió a la multitud. Este hombre que había resistido era su gran esperanza:

“Los saludo a todos en nombre de la paz, la democracia y la libertad para todos. Sus incansables y heroicos sacrificios han hecho posible que yo esté aquí hoy. Por lo tanto, pongo los restantes años de mi vida en sus manos. Hoy la mayoría de los sudafricanos, blancos y negros, reconocemos que el apartheid no tiene futuro. Tiene que ser terminado por nuestra decisiva y propia acción de masas, para la construcción de la paz y la seguridad. La campaña masiva de desafío de la gente sólo puede culminar en el establecimiento de la democracia. La destrucción causada por el apartheid en nuestro país es incalculable. (…)

“La necesidad de unir a la gente de nuestro país es una tarea tan importante ahora como lo ha sido siempre. Ningún líder individual es capaz de asumir esta enorme tarea por su cuenta. (…) Ahora es el momento de intensificar la lucha en todos los frentes. Relajar nuestros esfuerzos ahora sería un error que las generaciones venideras no serán capaces de perdonar. La visión de la libertad que se avecina en el horizonte debe animarnos a redoblar nuestros esfuerzos. (…)

“Hacemos un llamamiento a nuestros compatriotas blancos a unirse a nosotros en la conformación de una nueva Sudáfrica. Nuestra marcha hacia la libertad es irreversible. No debemos permitir que el miedo se interponga en nuestro camino”.

Libertad. Democracia. Unidad. El mensaje fue contundente y claro. También conciliador. Ni la venganza, ni el enardecimiento, ni la incitación a la violencia tuvieron lugar. Era un líder hablándole a su pueblo instalando una idea que no se basaba en sojuzgar a los que los habían sojuzgado. Hasta se podría decir que fueron palabras que desilusionaron al nutrido auditorio.

Un hombre de casi 50 años convertido en un número. 46664. El número que los carceleros pretendieron que fuera su identidad durante los 27 años en los que estuvo detenido. Pero no fue lo que ocurrió. Sin comodidades, sin libertad, sin poder comunicarse con el exterior, el nombre de Nelson Mandela fue creciendo y propalándose por todo el mundo. Se convirtió en sinónimo de lucha, igualdad y libertad.

Ya había conocido la cárcel. Varias veces fue detenido desde su juventud por su participación política, por oponerse a la injusticia. Mientras estudiaba derecho, fue el único alumno negro de su camada en la universidad. Sudáfrica era la tierra de la segregación, de los abusos y de las inequidades. La población negra era sojuzgada y postergada. No se les reconocían derechos civiles, no gozaban de derechos políticos (no votaban) y las necesidades básicas de la mayoría estaban insatisfechas.

Nelson Mandela dedicó su vida a luchar contra eso. Su accionar siempre estuvo dirigido a moldear una sociedad en la que se viviera mejor. Un raro espécimen político. No se dejaba seducir por el corto plazo. Sus objetivos eran enormes, bordeando lo inalcanzable, pero nunca desfalleció, aún cuando todas las perspectivas razonables indicaban que su empresa fracasaría.

En 1961 fue acusado de traición y detenido por un tiempo. Al año siguiente fue condenado de nuevo: esta vez por abandonar el país ilegalmente. En 1964, con otros compañeros de su partido, fue llevado a los estrados. Ya era una costumbre. Los acusaban de conspiración por sus protestas contra la segregación racial. Los condenaron a prisión perpetua.

De los 27 años consecutivos que pasó detenido, los primeros 18 fueron en la prisión de la Isla de Robben. 18 años en una celda mínima, sin siquiera un colchón, sin poder leer los diarios, en medio de maltratos, mal alimentado, donde la charla casual con un carcelero era un lujo.

Las visitas de sus amigos y familiares eran espaciadas. Sus carceleros encontraban, con frecuencia, alguna excusa para aislarlo, buscando enloquecerlo de soledad. No había horarios, ni rutina, ni siquiera otras personas. Sólo oscuridad y soledad.

“El confinamiento en aislamiento fue lo más duro de la vida en prisión. No había principio ni final. Solo existía la mente de uno, que puede llegar a traicionarte” escribió ya en libertad.

Esa celda, convertida en la actualidad en lugar histórico, en mojón turístico, es testimonio de lo inverosímil de la subsistencia de Mandela. Nadie puede pasar casi dos décadas en un ámbito tan estrecho y hostil y mantener la cordura. Sin embargo, Mandela intentó educarse en el sufrimiento. Considerar la reclusión como una ocasión más para aprender, una especie de hostil universidad. Cierta vez le preguntaron cómo ese machista recalcitrante que era el Mandela joven se había transformado en defensor de los derechos de la mujer. Respondió que en la cárcel tuvo tiempo para leer y pensar.

“Yo era un joven agresivo y arrogante. Mis 27 años de cárcel me hicieron comprender lo importante que es la tolerancia. Que no hay tiempo para la amargura, sino para la acción. El calabozo es el lugar idóneo para conocerte a vos mismo. Me da la oportunidad de meditar y evolucionar espiritualmente”, escribió en una carta a su mujer Winnie desde el último presidio en que estuvo detenido.

Después fue traslado a la prisión de Polismoor en las afueras de Ciudad del Cabo y luego a la de Vester. Allí pasó los últimos 9 años de reclusión. Sus compañeros de presidio, quienes compartían su causa, fueron liberados y sólo él era mantenido entre rejas. Pero las dificultades del régimen, la presión internacional para que cayera el Apartheid, la creciente fama mundial de Mandela y su paciencia sobrenatural hicieron que su libertad fuera una necesidad.

Desde dos años antes importantes emisarios del régimen se reunieron con el célebre preso. Hasta el presidente Botha aceptó tomar el te con él. Era el referente, era con quien se podía conversar, el interlocutor válido. Los blancos estaban preocupados. Temían una revuelta, sus privilegios corrían peligro pero, al mismo tiempo, sabían que su tiempo se había agotado

Free Nelson Mandela cantaban los Aka Specials en un estribillo machacante y pegadizo. A partir de mediados de la década del 80, Mandela, que había sido algo postergado (Stephen Biko era la figura de mayor repercusión internacional -también cantado por los ídolos de rock que ayudaban a la difusión y concientización, en este caso por Peter Gabriel) se convirtió en eje de campañas internacionales que clamaban por su liberación y como figura paradigmática del combate contra el apartheid.

En febrero de 1985 el presidente Botha ofreció la liberación condicional de Mandela a cambio de que renunciara a la vida pública y a la participación en política. Mandela rechazó la oferta mediante un comunicado: “¿Cuál es la libertad que me ofrecen mientras siguen prohibiendo que nos organicemos? Sólo los hombres libres pueden negociar”. Y pasó otros cinco años detenidos.

El 11 febrero de 1990 fue el gran día. Nelson Mandela, por fin, a los 71 años recuperaba la libertad.

Los supremacistas tenían motivos para pensar que lo habían domado. Que esa injusta e inhumana prisión de casi tres décadas había minado el ánimo del líder negro. Un anciano, sin contacto con el mundo, poco tenía para hacer. A la edad en que la gente se retira, Madiva (como lo conocían los sudafricanos) en vez de disfrutar de la libertad, trabajó con más fuerza y entusiasmo que nunca. Una actitud jovial pero principalmente lo que lo diferenciaba era la visión juvenil, fresca alejada de los preconceptos y lo anquilosado.

No sólo no lo habían derrotado sino que Mandela salió de la cárcel para encabezar una verdadera revolución. Recorrió todo Sudáfrica, habló ante multitudes, se reunió con simpatizantes, aliados, adversarios y enemigos. Nunca rehuyó a escuchar al que pensaba distinto, al que no actuaba como él. Siempre confió en el diálogo. Viajó por todo el mundo convirtiéndose en una figura global, adquiriendo tridimensionalidad. Ya no era el prisionero político que estaba en el póster, en la pancarta o en la canción pop. Era el líder de un proyecto político transformador e inclusivo. El anciano era quien daba esperanzas a un pueblo, el que se mostraba convencido de que había una salida y que la unión era posible. Era uno de los pocos que tenía la convicción que reemplazar un sometimiento por otro sólo traería más dolor y atraso. Su tarea era la de convencer.

Las negociaciones entre el oficialismo blanco, el CNA (partido de Mandela), y los otros partidos fueron largas y pendulares. Sus propios seguidores acusaban a Mandela de excederse en su búsqueda de acuerdos. Él nunca desfalleció en su intento por acercar a las partes. Así cayó el Apartheid y se abrió el camino para el arribo de la democracia plena.

En 1994 llegaron las elecciones. Mandela, como era previsible, arrasó. Obtuvo el 63% de los votos y se convirtió en el primer presidente negro de la historia de Sudáfrica.

Si esos cuatro años desde su liberación habían sido asombrosos, lo que hizo a partir de su asunción como presidente fue extraordinario. Pudo haber utilizado ese 63 % como signo de validación, pudo haber gobernado sólo para esa masa negra que sufrió violencia y postergaciones durante décadas, pudo haberse regodeado en los elogios y recostarse en los aduladores, pero entendió (como lo había hecho siempre) que la sociedad sudafricana necesitaba -pedía a gritos- dejar de excluir a cualquiera de sus miembros. Él, que había sufrido en carne propia el sojuzgamiento, decidió que la solución estaba en mirar hacia adelante.

Mandela supo que rencores, venganzas y mezquindades no construyen. Desgraciadamente son pocos los líderes que han seguido su ejemplo.

Un ejemplo excepcional fue el Mundial de Rugby de 1995. Sudáfrica era sede del torneo. El rugby y los Springboks eran uno de los principales orgullos y símbolos de la población blanca. De los 15 titulares sólo uno era de color. Mandela decidió utilizar el Mundial y a su seleccionado para disolver divisiones, como símbolo de la unión que el país necesitaba. Por eso su aparición en la final con la camiseta verde número 6 del capitán Piernaar.

Esa historia que contó John Carlin en su libro El factor Humano y que Clint Eastwood llevó al cine en Invictus es una de las escasas ocasiones en que el deporte es utilizado políticamente con un fin positivo. La política es una de las dimensiones del deporte moderno de masas. Los políticos suelen intentar aprovechar (aunque para la mayoría esa utilización sea poco fructífera) el deporte en beneficio propio: nacionalismo rampante, chauvinismo, demagogia. Mandela buscó unir a su nación en el entusiasmo. Y logró resignificar a una sociedad.

En esos primeros años de presidencia demostró una estirpe de estadista como pocos lo han hecho en el último siglo. La situación social y económica de Sudáfrica no era la ideal. Pero el camino de las transformaciones lo inició él aunque haya quedado mucho por hacer.

Otra de sus virtudes fue la de progresar a lo largo de su trayectoria. Si bien en la oscuridad de los años 50 y principios de los 60 tuvo acercamientos y financiamiento del comunismo (y de sus potencias que en ese entonces gozaban de buena salud), al asumir al mando del gobierno el pragmatismo lo guió, y buscó inversiones para tratar de mejorar el nivel de vida de sus ciudadanos.

Honrando pactos previos su vicepresidente fue Frederik De Klerk quien gobernaba hasta ese momento el país y su principal adversario. Sin embargo era lo que él consideraba que Sudáfrica necesitaba, que nadie fuera ni se sintiera excluido. Cumplía con sus acuerdos y con su principal lema de campaña: “Una mejor vida para todos”.

Principal víctima del régimen y de la segregación su relación con el pasado desilusionó a varios. Algunos, por ejemplo desde Sudamérica, no pudieron reconocer su estatura de líder político a la hora de los obituarios porque no persiguió a sus victimarios y a los de su pueblo. Sin embargo, Mandela no instaba a la impunidad. Inició en su mandato los Juicios de Verdad y Reconciliación en el que se analizó lo sucedido en las décadas previas. Al mando puso al intachable Premio Nobel de la Paz Desmond Tutu. Conocer el pasado, lidiar con él pero no dejar que nos rija; vivir en el presente pensando en el futuro parecía ser su credo.

Su vida no fue sencilla. Tres hijos muertos, varios divorcios (alguna vez reconoció que su dedicación a la causa hizo que descuidara a su familia y su vida privada), prisión, persecuciones, incomprensión.

Algunos de sus partidarios, los miembros más radicalizados del CNA, le pedían mano dura con los antiguos oficialistas y hasta ponían en duda su liderazgo por esta supuesta debilidad demostrada por el líder, hasta hablaban de un reblandecimiento senil. Le exigían menor apertura y mayor rigurosidad para sus adversarios, para quienes habían gobernado despóticamente, para quienes habían hecho de la segregación racial una norma. Mandela optó por intentar avanzar, por conformar una nación, por procurar que aquellos que habían estado enfrentados pudieran sentarse en la misma mesa, que intentaran construir algo juntos. No era una novedad. Era lo que siempre había propagado, era su convicción mayor.

Treinta años atrás, ese 11 de febrero de 1990, Nelson Mandela terminó su alocución recordando algo que había escrito en el peor momento, en el momento en que la condena a reclusión perpetua que lo tuvo encarcelado 27 años era una certeza, en el alegato final de ese irregular proceso.

En tres líneas expuso la esencia de su pensamiento, eso que iba a poner en práctica magnánimamente más de 30 años después cuando le llegara la oportunidad de conducir a su país: “He anhelado el ideal de una sociedad libre y democrática en la que todas las personas vivan juntas en armonía y con igualdad de oportunidades. Es un ideal por el que espero vivir y que espero lograr. Pero si es necesario, es un ideal por el que estoy dispuesto a morir”.