El nuevo “desorden mundial”, es de una complejidad difícil de comprender en medio de una revolución tecnológica que modifica el concepto de territorio cuando las comunicaciones establecen la proximidad de manera asfixiante.

 

A través de la historia, tanto las guerras, como las pestes y fenómenos naturales han modificado el orden, sustantivamente, con sus consecuencias económicas y geopolítica en el mundo. La sintonía fina en la lectura de los acontecimientos históricos, de las últimas décadas, nos están mostrando que el Poder real maneja las circunstancias para producir los efectos y no a la inversa.

Se puede o no tener la certeza de la conducción de la inteligencia de sucesos determinados, pero lo cierto es que existen “casuales casualidades” que no dejan margen para determinar, detrás de algunos hechos, la existencia de la mano visible del Poder.

No sabemos, con certeza, si el VIH SIDA fue una travesura de la naturaleza o un resultado de laboratorio. Lo que podemos afirmar, con el diario del lunes, es que detuvo un proceso cultural sexual en un sector de la sociedad que el establishment no veía con agrado y, menos aún, la convocatoria masiva a la “lujuria” en el abandono y la crisis del “deber” como factor disciplinante de la moral como “ordenador”.

Además de un gran negocio farmacéutico, el temor y el uso de métodos de protección acompañó la tendencia al control de natalidad que se ha instaurado, como planificación familiar, en gran parte de la sociedad.

Pocos recordaran la “moda” de la gripe A en 2009, en medio del estallido de la burbuja financiera. La economía mundial necesitaba enfriarse, el consumo ralentizarse. La memoria colectiva ha decidido sepultar aquellos meses del final de la década pasada, pero aún nadie sabe cómo llegó y por qué se fue aquel mal aterrorizante que detuvo la cotidianeidad y condenó a la población a una cuarentena en sus propios hogares, sin moverse, consumiendo lo indispensable y dejando todo para cuando “pase”. El remedio fue la gripe y la enfermedad que curó, momentáneamente, fue la financiera –al menos en sus síntomas.

Coronavirus y la rata de metal

Hoy “aparece” en China el nuevo coronavirus, 2019-nCoV. Explota, sincrónicamente, con su año nuevo. Es el año de la rata de metal, que simboliza la abundancia en su faz ahorro, de acumulación.

Los números demuestran al gigante oriental en su fidelidad con su horóscopo. China en las últimas

semanas se ha paralizado y amenaza con distorsionar su economía, hoy inserta en el mundo occidental, frenando en seco su crecimiento en niveles históricos. Según diferentes estimaciones, el gigante asiático habrá dejado de crecer casi dos puntos porcentuales en este primer trimestre, situando su PIB alrededor del 5%. Sería, de confirmarse, su menor crecimiento desde la masacre del Tiananmen, en 1989.

Empresas norteamericanas, radicadas en China, como Apple, han interrumpido su suministro desde China (lo cual las obliga a ir buscando proveedores de bienes intermedios en otros países).

Y otras muchas, con fábricas en China, han decidido paralizar su producción. Los daños infligidos al sector del ocio, en plenas fiestas de año nuevo, también son considerables. Un tercio de las ventas derivadas del turismo global son a clientes chinos. Debido a la reducción prevista del turismo chino, Tailandia ha recortado sus previsiones de PIB para 2020.

Dentro de lo suntuoso, uno de cada dos productos tiene como cliente final un nacional chino, aprovechando sus viajes al extranjero para realizar estas compras. Este sector, parece, también podría sufrir una desaceleración.

Al evitar las aglomeraciones de personas, muchos negocios están cerrados o sin clientela suficiente, lo cual acabará ejerciendo cierta presión sobre el empleo. Los cines chinos, sin ir más lejos, han cerrado durante estas últimas fiestas cuando, en 2019, la recaudación del año nuevo ascendió hasta casi los ochocientos millones de dólares. Los costes económicos derivados del coronavirus, atendiendo a todas estas consideraciones, entre muchas otras, son devastadores.

Sin embargo, el virus en cuestión, presenta una tasa de mortalidad del 2-3%. Los fallecidos, esencialmente, son personas de edad avanzada con afecciones previas. Y docenas de pacientes, tras recibir tratamiento médico, han conseguido recuperarse. Este virus, es cierto, se contagia más rápidamente si lo comparamos con otras crisis similares como la del SARS (2003).