No tiene alas y mide entre tres y cinco centímetros. Avanzó hacia los pueblos en Chubut, Río Negro y Santa Cruz. Admiten que la infestación podría empeorar.

 

Hay bichos que integran estas pampas, pero son noticia cada 40 o 50 años, cuando aumentan su población exponencialmente, se vuelven plaga y la cosa se desmadra. Afectan a los animales porque les disputan la comida y, en consecuencia, a los agricultores, ganaderos y a todo aquel que termine sumergido en una pesadillesca invasión doméstica de insectos. Aunque la imagen de este tormento suele protagonizarla la langosta, hoy la mirada está puesta en el llamado tucura sapo, un bicho sin alas, desagradable y grande, de entre tres y cinco centímetros. Su nombre técnico es bufonacris claraziana, dato irrelevante frente a la voz popular de que se trata de una especie caníbal. ¿Cómo es, por qué asusta tanto y qué llevó al Senasa a declarar la emergencia fitosanitaria en Río Negro, Chubut y Santa Cruz?

“Ciertas condiciones generaron que haya crecido notablemente en las zonas del oeste de esas provincias, tomando como referencia la ruta 40, expandiéndose hacia la meseta céntrica”, contó a Clarín Héctor Medina, coordinador del Programa Nacional de Langostas y Tucuras, del Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (Senasa), y agregó: “Se trata de un insecto nativo en la región, por lo que la idea no es eliminarlo sino lograr un equilibrio en el número de la población, de modo de evitar daños”. Los hay de dos tipos: “reales” y “ficcionales”. Sobre los primeros, Medina explicó, “el tucura sapo come pastizales y le está generando competencia alimentaria a las ovejas, lo que es un problema importante”. En este punto, admitió, “dado que el Senasa no contabiliza pérdidas materiales, es difícil saber las consecuencias generadas hasta el momento”.

Sin dudas no se trata de un tema menor, en especial hablando del futuro, ya que cada hembra está depositando unos 40 huevos bajo tierra. “Si bien el ciclo de la plaga está cerrándose en forma natural y para marzo, digamos fines de marzo (cuando baje el calor), debería haber desaparecido, el problema es qué va a pasar en agosto o septiembre, cuando nazcan los huevos. Podría ser mucho peor que ahora, si no logramos realizar un control adecuado de la plaga”, advirtió el experto del Senasa.

En cuanto a los daños “ficcionales”, “se dice que es un bicho caníbal, pero no come personas, obviamente”, explicó Medina, y detalló: “Como muchos insectos, el tucura sapo puede llegar a ingerir ejemplares muertos de su misma especie, pero no es esa su principal fuente de alimentación. El tema es que hay mucho revuelo porque en estos meses avanzó hacia pueblos, escuelas y comunidades, lo que generó cierto caos en la gente. Hay que dar un mensaje claro: este bicho sólo se alimentan de material vegetal y no transmite enfermedades a los humanos. No hay riesgo en ese sentido”.

Aun así, el panorama es complejo. Por un lado, por la dificultad que representa, de aquí a los próximos meses “encontrar los depósitos de huevos que están bajo tierra, de modo de evitar una masiva avanzada de la plaga a fines de este año”. Por otro, porque —admitió el funcionario— “la plaga no debería haber llegado hasta las casas y asustar a la gente”, lo que puso en evidencia falencias en las acciones de vigilancia pasadas de parte de los productores y de los organismos provinciales correspondientes.

En cuanto al rol del Senasa, el terreno es pantanoso. Mientras “la responsabilidad del control de estas plagas es del productor” —dijo Medina—, en la medida en que las plagas de acrídidos (o insectos ortópteros) representaron históricamente un problema nacional, la Argentina sí cuenta con un programa de contención enfocado en su vigilancia y mitigación. Y es justamente el que lidera Medina. Fue cambiando de nombre, pero existe desde fines del siglo XIX.

¿Podía entonces preverse este avance del tucura sapo? El funcionario mencionó las dificultades en la implementación local de programas de largo plazo: “Previo a 1950, la langosta era la plaga más severa del país. Después se controló y durante 50 años no apareció. O sea que no tenía sentido mantener 6000 personas trabajando en eso. Con estas plagas el problema es que desaparecen y dejan de ser un problema y las acciones de vigilancia se relajan, con lo que [después] se actúa tarde. Y hasta que uno mueve todo de nuevo…”

Esta relajación hace que también “la investigación sobre estos insectos sea muy escasa”, dijo, aunque adelantó que “un equipos del Conicet está trabajando en una estrategia de control biológico de la plaga a través de un hongo (inocuo para las personas), de modo de evitar el uso de pesticidas químicos”.

Mientras tanto, la forma de controlar estas plagas cíclicas con tasas de reproducción tan alta es la detección temprana: “Tener una red de alerta. Verificar constantemente la presencia de los insectos y los niveles poblacionales”.