Existen hechos históricos tan potentes y determinantes, y se ha escrito tanto alrededor de sus causas, consecuencias y protagonistas, que cuesta pensar que se pueda reflexionar en torno de esos sucesos sin caer en la redundancia o el exceso. Tratándose del 17 de octubre de 1945, y a 68 años de aquella jornada épica en la que se gestó una verdadera epopeya nacional y popular, mucho se ha narrado y documentado, pero aún así vale la pena correr el riesgo de no ser original a la hora de intentar un modesto aporte. Poco se puede aportar desde el dato histórico, pero es preciso darle un breve contexto a lo ocurrido aquel miércoles 17 de octubre de 1945. El gobierno del general Edelmiro Farrell, surgido del proceso político-militar que en 1943 dio fin a la llamada Década Infame, obligó al entonces coronel Juan Domingo Perón a renunciar a todos los cargos públicos que ocupaba. El motivo, la inquietud y el recelo que provocaba el programa político que venía desarrollando Perón desde la Secretaría de Trabajo y Previsión. No sólo lo obligaron a abandonar sus cargos, también fue detenido y trasladado a la isla Martín García, lo que provocó que la CGT decretara una huelga general y que centenares de miles de mujeres y hombres organizaran la movilización más grande de la historia argentina, exigiendo su liberación. Hasta ahí la breve síntesis de un acontecimiento por cierto mucho más complejo, el episodio fundacional del peronismo movilizado, primera escena del recurrente protagonismo de las grandes mayorías populares adueñándose del espacio público para defender sus conquistas sociales. “Todos quieren ser Perón pero después del 17 de octubre”, decía con aguda ironía un viejo referente barrial rosarino, aludiendo a lo dificultoso que fue para el líder del peronismo llevar adelante su programa antes de esa fecha y cuánto facilitó el apoyo masivo del Pueblo movilizado la continuidad de esas políticas. Más sofisticado, Raúl Scalabrini Ortiz describió el arribo de las masas peronistas a la Plaza de Mayo: “Frente a mis ojos desfilaban rostros atezados, brazos membrudos, torsos fornidos… Un pujante palpitar sacudía la entraña de la ciudad… Era el subsuelo de la patria sublevado. Era el cimiento básico de la Nación que asomaba…”. A casi 70 años de aquel hito nacional y popular, y mientras algunas voces pretenden disociar al peronismo histórico del actual proceso político, nacido al calor de la llegada de Néstor Kirchner a la Presidencia de la Nación, resulta imposible ignorar que las conquistas y banderas de los dos primeros gobiernos de Perón encuentran una formidable continuidad en los logros de estos últimos diez años, primero a través de la gestión de Kirchner y luego de la mano firme y decidida de la compañera presidenta Cristina Fernández. ¿Quién puede soslayar el correlato entre el programa de desarrollo industrial de Juan Perón y el titánico esfuerzo que desde 2003 se viene realizando en pos de recuperar el perfil productivo nacional, con un Estado en permanente vigilia en defensa del empleo digno y de salarios y jubilaciones en alza? ¿Quién, sin mala intención, puede omitir la gigantesca redistribución de la renta nacional, sello genético del peronismo, que desde el 25 de mayo de 2003 se viene instrumentando al incluir a millones de nuevos jubilados, madres, niños y amas de casa que estaban desamparados porque el mercado se olvidó de “derramar”? ¿Quién se atreve a decir que no se hace peronismo al impulsar y sancionar el matrimonio igualitario, defender la diversidad de género, promover políticas activas para desterrar la trata de personas, condenar la violencia de género, defender el medio ambiente? Podrá decirse que estas políticas se incorporan a la agenda “clásica” del peronismo, que son tópicos “olvidados” por el peronismo de los ’40 y los ’50. No lo creo. El sufragio femenino, el Estatuto del Peón, la férrea defensa -discursiva, legislativa, institucional- que Eva Perón llevó adelante en favor de los “descamisados”, los “grasitas”, los “cabecita negra”, fueron resistidos con la misma virulencia con que la actual oligarquía y las corporaciones intentaron frenar la Asignación Universal por Hijo, la Ley de Medios, el retorno al Estado de los fondos previsionales, las nacionalizaciones de YPF y Aerolíneas Argentinas y tantas otras políticas del peronismo del siglo XXI. Al ensayar estas reflexiones pensaba que Moisés estuvo 40 años dando vueltas en el desierto antes de llevar a su Pueblo a las puertas de la Tierra Prometida. Y si se suman los 17 años de proscripción del peronismo luego de 1955 y los años que pasaron desde 1976 hasta que el Pueblo pudo reencontrarse con las políticas que alguna vez hicieron feliz a la Nación, en 2003, llegamos a la conclusión de que durante 44 años los poderes fácticos hicieron lo imposible por destruir todo vestigio del programa que postula algo tan simple como vivir en una Patria Justa, Libre y Soberana. No pudieron. Esos poderes no lograron borrar del inconsciente colectivo de las grandes mayorías el anhelo de aquel hombre que un 17 de octubre de hace 68 años se corrió del centro de la escena y le cedió a su Pueblo, para siempre, el principal rol protagónico en la gran escena política nacional. Eso defendemos, por eso luchamos y, también, a causa de todo esto algunos quieren atrasar los relojes de la Historia.

Por Daniel Luis Rubeo