Se trata de partir de un hecho primario, comprobable por todos, aceptado por muchos aunque no siempre por los mismos, rechazado por otros tantos o por otros menos y también no siempre por los mismos, con lo que tal vez podríamos acceder a nuestra primera aseveración en un tema que no se caracterizará por ellas, dado que las elude constantemente: el peronismo perdura, pero quienes se encuadran bajo su rótulo o quienes se deciden a apoyarlo varían según las diversas coyunturas históricas. Podría verificarse un matiz importante: se han acercado al peronismo o han trabado excelentes relaciones con él personas o sectores políticos o económicos que escasamente se han arrogado tal condición. Tomemos dos “abrazos históricos”. El dirigente radical Ricardo Balbín se abraza con Perón en 1972. Balbín fue un porfiado antiperonista a lo largo de su vida. Va a ver a Perón. Perón está en la residencia de Gaspar Campos. Al ser difícil el acceso, Balbín se encuentra ante la necesidad de “saltar” un muro. Lo hace. Luego se abraza con Perón. Tenemos dos acercamientos de Balbín a Perón: el “salto” del muro y el abrazo. Luego, muerto Perón, dice un discurso que él pretende sea “para la historia” y –aunque la historicidad de ese momento es de una densidad y un desbocamiento dramáticos, sofocantes– lo es. En el discurso Balbín dice: “Este viejo adversario hoy despide a un amigo”. Si algo no es Balbín aquí es lo que fue toda su vida: un antiperonista. Pareciera jugar dentro del campo del peronismo. Sin duda, contribuye a su perdurabilidad, a su capacidad inagotable de sumar, que es parte sustancial de su obstinación en “la patria de los argentinos” como solía decir ese líder radical, que no le hizo a la patria un solo mal, aunque acaso no le haya hecho ningún bien remarcable.

Sin embargo, dos males serios le ocasionó a “la patria de los argentinos”. Habló de “la guerrilla en las fábricas” poco antes del golpe del 24 de marzo de 1976. Y –cuando le dieron la cadena nacional de radiodifusión para que hiciera algo por frenar el golpe– acudiendo a ciertos aires de compadrito en que solía solazarse, dijo: “Me piden soluciones”, y contestó con una burrada política fenomenal: “No las tengo”. Los militares habrían de tomar esa frase como una confesión de la “dirigencia civil” y justificarían, con ella, la necesariedad de apoderarse del Estado.

Ellos sí tenían respuestas. En otro de sus dramatizados discursos, también por televisión, se dirigió a los jóvenes de la guerrilla. Usó a uno solo como figura de todos. “Muchacho”, les dijo, “contiene tu puñal. Y si yo no cumplo, entonces… clávamelo”.

Al día siguiente de la tragedia de Chile le preguntan qué opina: condena el golpe y lamenta que “el presidente Allende se haya suicidado”. Le dicen que lo mataron. “No lo sé”, dice, “pero tenía un arma en las manos”. Le preguntan qué habría hecho él en esa situación. Pone su mejor cara de “guapo del 900” y dice: “Ah, no: a mí no me hacen eso”. “Eso”: era el golpe de Pinochet. Regresa de un viaje y le preguntan por los desaparecidos: “Los desaparecidos están muertos”, responde, dando por inútil la consigna central de las Madres de Plaza de Mayo: “Con vida los queremos”.

Le decían “Chino” porque –en sus mejores momentos– se parecía algo a Akira Kurosawa. Y “guitarerro” por su estilo oratorio. Hoy, todo él, es pasado y olvido. Tal vez yo sería injusto si no dijera que –en 1973– lo habría preferido a él como vice de Perón en lugar de Isabel, con el “Brujo” atrás. Y que no era, ni habría podido ser, un carnicero como López Rega o Videla, aun cuando se haya equivocado gravemente un par de veces.

En un país en que ha corrido tanta sangre, en un país tan colmado de asesinos, corresponde decir esto de alguien, si decirlo es la verdad. El “otro” abrazo es más inesperado y fue impensable hasta el grado del delirio, la insensatez o la blasfemia. Sucedió en una época que contenía todos esos matices de la condición humana, añadiéndoles los de la falsedad, el robo, la befa, la farandulización de la existencia toda y el canallismo jocoso, circense: la «fiesta» menemista. Otra variedad de la «obstinación» peronista cuyo análisis requerirá espacio, tiempo y templanza, si es que deseamos apartar de nosotros el único modo de recordarlo: el de la ira, el de una insoslayable y fiera vehemencia. Trataremos de hacerlo. Buscamos tornar transparente hasta lo posible nuestro objeto de estudio. Será sensato advertir que parte de esa transparencia estará en las pasiones, en las broncas, en las heridas aún abiertas, porque fueron hechas para sangrar sin perecer, de las que estamos hechos.

Este ensayo se escribe buscando todos los rostros del objeto al que asedia, pero ese “objeto” (el peronismo) ha provocado, en todos nosotros, desilusiones, tristezas, derrotas, pérdidas sin reparo, muertes que no debieron ser, pavores sorprendentes, ilusiones luminosas, desengaños en los que aprendimos la resistencia de la realidad, la dureza de lo imposible. Una amiga no peronista, que se aferró a la esperanza Alfonsín, me contó que el mayor dolor de su vida, su mayor tragedia, fue la pérdida de dos amigos que cobijó en su casa en algún mes de 1976. Eran dos jóvenes peronistas. Se los llevaron y no los vio más. Todavía, al hablar de ellos, al contar esa historia, los ojos se le humedecen, se pone pálida y hasta tiene miedo otra vez. Prometemos, sí, asediar a nuestro objeto y estudiarlo con rigor. Pero no lo haríamos si dejáramos de lado las ilusiones que ese “objeto de estudio” despertó en nosotros, las de-sesperanzas, los espantos, y la prolija, fría idea de la muerte y la tortura.

Volvemos al “segundo” abrazo. Fue, dije, durante la “fiesta” menemista. Alianza entre el peronismo y el establishment agrícolo-ganadero, el establishment empresarial y financiero y las corporaciones transnacionales. Carlos Menem, en algún ágape de esos años de jolgorio, se encuentra con el almirante Rojas, el inventor de la línea Mayo-Caseros, el más puro símbolo del gorilismo nacional, el que ordenó, junto con Aramburu, los fusilamientos del ‘56 y las masacres de esa “operación” que narrará Rodolfo Walsh. El “Jefe” lo ve al Almirante y se le acerca con su sonrisa de plástico. El Almirante hace lo que siempre ha hecho: lo mejor para su clase social, la oligarquía, y el brazo vigoroso que la custodia, las Fuerzas Armadas. Se abraza con el peronista Menem. Ahí están, mírenlos: el masacrador del 16 de junio de 1955 y el caudillo del Interior federal postergado, el caudillo riojano en que se encarna el otro, el que cantó Sarmiento, el feroz Facundo, el Tigre de los Llanos. Este Tigre –sin embargo– se ha olvidado de los Llanos. Se recortó las patillas. Se viste “a la Versace”. Gobierna para las clases altas, para el Fondo Monetario Internacional y hasta ha enviado un cascajo que flota a la Guerra del Golfo, una guerra de Estados Unidos, pero que él hace suya dado que con el gigante del Norte quiere relaciones cercanas, a las que llama “carnales”. Algunos dicen que no es peronista. Usan, para desautorizarlo, un concepto inesperado, pero que hace historia: “menemismo”. El “menemista”. Menem no será peronista, pero todo el peronismo lo respalda.

Durante su Gobierno, Ubaldini, el sindicalista que vivía haciéndole huelgas a Alfonsín, pierde visibilidad; tanta, que casi se torna invisible. No: Menem es peronista. Y hace todo lo que no hizo Perón. O digámoslo con mayor propiedad: des-hace lo que hizo Perón. Qué cosa el peronismo, caramba. Cómo diablos será posible entenderlo. El que mejor desperonizó al país (una obsesión que compartieron durante años la oligarquía y la izquierda revolucionaria o académica) fue un peronista. Y no uno que vino de arriba, de algún planeta exótico para hacer la tarea. No: un peronista de verdad. Con historia, militancia y discurso peronista. Bastaba oírlo hablar y uno advertía que el tipo, al Manual de Conducción política de Perón, se lo sabía de cabo a rabo.

A comienzos de 2003, cuando se baja del ballotage para restarle a Kirchner los seguros y frondosos votos que cosecharía en una segunda vuelta, dice, por televisión y con el propósito de justificar su alejamiento, un discurso en que palabras como “arte de la conducción”, “táctica”, “estrategia”, “información”, “control de la situación” y hasta “economía de fuerzas” van de aquí para allá, incesantes. Había hecho los deberes del buen justicialista: conocer la doctrina. No los había hecho por casualidad.

Carlos Menem, el político que desarmó sin prisa, sin pausa y sobre todo sin piedad el Estado de Bienestar que Perón había construido desde 1943 y que ni los militares de la Seguridad Nacional habían logrado llevar a cenizas, era un peronista de larga historia, un caudillo de la más federal de las provincias, la de Facundo Quiroga, la de Angel Vicente Peñaloza, La Rioja. Nada de esto impidió su abrazo con Rojas. Era más fuerte aquello que lo tornaba posible: un nuevo rostro del peronismo, un peronismo neoliberal, construido al calor de la caída del Muro de Berlín, del triunfo global de la democracia neoliberal de mercado, de la hiperinflación alfonsinista, del golpe de mercado oligopólico, del Consenso de Washington y de una época que encarnó la “ética indolora” (el concepto es de Gilles Lipovetsky) de la posmodernidad. Hasta posmoderno fue el peronismo. Luego de ser, como había sido, el símbolo de los valores de la modernidad en la Argentina: Estado fuerte, política, enfrentamiento de clases, inclusión social de las clases postergadas, nacionalismo, primacía de la industria sobre los productos primarios. Ese abrazo Menem-Rojas disparó una frase de un peronista de también larga trayectoria, hombre que transitó de la JP en los setenta a la Renovación en el ‘84/’85 y al menemismo en los noventa. La frase fue: “El abrazo Menem-Rojas equivale al abrazo Perón-Balbín”. Le dije a otro peronista cómo era posible que Fulano dijera eso. Y me dijo: “Dejalo: dice eso y morfa un año entero”. Esto, también, es un elemento teórico. Y hasta lo es en la elección de la palabra “morfar” en lugar de “comer”. Un peronista morfa. Un oligarca come.