El nombre propio del título era una referencia a Manuel Azaña, el presidente de la república derrocado por el golpe que dio origen a la guerra civil. Hace décadas que, cada vez que las autoridades religiosas aparecen con un sermón sobre cualquier asunto, me vuelve y me vuelve la primera escena de esa película.

Era, más o menos, así.

En primer plano, todo el tiempo, se veía la cara tierna y temerosa –pero también inexpresiva– de un nene muy pequeño, digamos de primer grado. Por datos fragmentarios de contexto se veía que estaba en un aula. Y que escuchaba la larga admonición de un cura todopoderoso.

“Imagínense ustedes una pelota maciza de plomo del tamaño del globo terráqueo –recitaba este–. Ahora imaginen que una vez cada millón de años, un gorrión se posa sobre ella unos segundos y vuelve a volar. Son sólo unos segundos. Imagínense que no hay viento, ni mar, ni lluvia. No hay atmósfera. No hay nada. La única causa para erosionar la pelota de plomo del tamaño del planeta es el roce de ese gorrión que se produce cada millón de años. Ahora imaginen el tiempo que tarda esa pelota en desaparecer por causa de la erosión que provoca el pequeño gorrión.”

El cura hace silencio.

El nene mira, escucha, no se le mueve una pestaña.

Y el cura remata.

“Muy bien. Ese es el tiempo que permanecerán en el infierno si sois pecadores.”

Mamita mía.

Si a mí me hubieran explicado eso cuando tenía seis años, ni loco me hubiera animado a pecar, signifique eso lo que signifique. No sé si lo hubiera llegado a querer, pero seguro que a Dios le hubiera tenido un miedo bárbaro. Es más, cada vez que me acuerdo me da ganas de convertirme al catolicismo y portarme bien, signifique eso lo que signifique.

Hace bastante tiempo que no pienso en cómo será Dios. Para un agnóstico es una misión casi imposible. Pero así como algunas imágenes de Dios dan miedo, hay otras que son realmente decepcionantes. No dan ganas de convertirse sino de no creerle nunca más nada, ni pedirle ni rogarle, y volverse un ateo fanático para siempre. Ustedes no lo recordarán porque los momentos traumáticos tienden a olvidarse con rapidez. Pero hace unas semanas, la agencia de publicidad Young & Rubicam difundió el aviso de cerveza Quilmes para el mundial de futbol que acaba de terminar. ¿Se van acordando? Dios nos hablaba desde el cielo.

“Hola, hola, hola. ¿Me escuchan? Hola, hola, ¿me escuchan argentinos? Sí, sí soy yo. Falta poco, y quería decirles algo. Fui yo el del palo en el último minuto contra holanda en el ’78. Fui yo el del travesaño contra Yugoslavia. En el ’90, contra Brasil, obviamente fui yo. ¿Alguna duda? Y hasta puede ser, que haya sido mi mano… Ustedes dirán, dónde estuviste contra Suecia y contra Alemania. ¿Qué va a hacer? El de abajo también juega… Pero no fui yo el que volvió contra los tres de naranja. No fui yo el de los reflejos increíbles, Dios mío. No fui yo el que metió este mágico zapatazo en el ángulo. Estas no fueron mis manos. No fui yo el que corrió 50 metros con la pelota, no fui yo el que los dejó ahí, para siempre. No fui yo el del milagro. Recen, pidan, prometan, llenen los bares, las calles, las casas, las oficinas, y amen a estos colores, por sobre todas las cosas… Yo creo en ustedes.”

Era imposible no entusiasmarse. Si hasta Dios era argentino. Y allí fuimos: llenamos los bares, las calles, las casas. Y otra vez nos volvimos con las manos vacías.

No sé cuál prefiero: si al Dios castigador de ¡Arriba Azaña! o al chantapufi ese de la cerveza Quilmes, si al que me da terror o al que me produce desesperanza, desasosiego, un vacío irremediable.

Lo que creo, sí, es que Dios necesita a un par de asesores. Hay demasiada gente –y muy importante– que habla muy mal de él. Dicen, por ejemplo, que Dios es cruel y estricto. Que no tolera las diferencias. Que cree que la naturaleza es una sola y está dada de una vez y para siempre. Que es representado en la tierra por personas muy poderosas cuyas verdades son indiscutibles por el mero hecho de que ellas las pronuncian. Andan diciendo que Dios expulsa de su calor a los disidentes y castiga con amenazas horrorosas. Y que considera enfermos a personas comunes que hacen lo que pueden o quieren con su propia vida. Dicen que Dios cree que una y sólo una forma de vida es la correcta y que rara vez se ríe. Por lo menos a juzgar por la expresión de quienes lo promocionan. Dicen que Dios es todopoderoso pero que, al mismo tiempo, cree que la familia tiene una sola forma: papá, mamá y nene. Y que se expresó hace miles de años en un texto que dictó a sus seguidores y ahí, el pobre, se quedó. Dejó de dictar y punto. No se le vino más en gana. Quedó mudito. Dicen que Dios es divino y muy poco humano. Que es perfecto y juzga demasiado duro las imperfecciones de todos los demás. Y que al amigo le perdona todo –aun las peores cosas– pero al enemigo ni justicia.

Esas personas creen que le hacen propaganda mostrándolo así: duro, frío, cruel e insensible.

Si pudiera escoger, yo preferiría a un Dios refugio, como un lugar calentito donde ir cuando ya no hay adonde ir, cuando ni siquiera nos sirve taparnos con todas las frazadas, o meternos debajo de la cama. A un Dios que entienda lo difícil que nos resulta ser nosotros mismos, con todas las cosas que hay que decidir, y lo fácil que es equivocarse, el poco margen que tenemos para no errar. Piadoso. Eso. Un Dios piadoso, comprensivo, y bueno. Que nos permita experimentar lo más que podamos, porque de eso parece tratarse la búsqueda de la felicidad, o de algunos instantes de felicidad. Y que aprenda también un poco de todas nuestras búsquedas, que no son tan malas sobre todo porque son nuestras. Y que les enseñe a los chicos que equivocarse no está mal, que es apenas una forma de aprender: equivocarse una, dos, cien, mil veces. Yo preferiría un Dios que vea una virtud, y no un pecado, en la debilidad, en la incoherencia y en la pelea por evitarlas, aun cuando sean inevitables. Y, sobre todo, que entienda cuando le pedimos cosas importantes –la salud de un hijo, la salud de otro hijo, un gol de Estudiantes en el último minuto– aunque no creamos en él.

O sea: un Dios amigo y no un tribunal de justicia. Al fin y al cabo, hay tantos tribunales –en la izquierda, en la derecha, en el periodismo, en el fútbol, en la vida, hasta en la tele oficial hay uno– que agregar más resulta redundante: agobia.

Si hubiera un Dios amigo, si nos contaran que existe, quizá mucha gente simpatizaría con él. Pero nos venden uno tan duro, que da ganas de mandarlo a freír churros. Si hasta nos han dicho en estos días que está en guerra contra el matrimonio gay. La guerra de Dios. Tamaña estupidez: ¿será tan primario Dios, tan esquemático, tan inflexible?

Hay otras imágenes posibles de Dios.

Hace muchos años, mi hijo mayor estaba preocupado por saber si el tipo existe o no, y un día apareció con la demostración acabada del asunto.

Ten&ia
cute;a cinco años.

–Papá, ya no tengo dudas de que Dios existe: si el hijo de Dios estuvo en la tierra.

Juro que me sorprendió.

–¿Ah, sí? ¿Y quién es el hijo de Dios?

Mi hijo dudó unos segundos,

–¿San Martín? –preguntó.

Yo me reí con suficiencia. Pero, a la larga, veo que en algo tenía razón.

El padre de San Martín era español. Y si hay algo claro en estos días es que Dios es español y se llama –perdón, Diego– Andrés Iniesta.

Tranquilos: ya volverá a ser argentino.

Dios es justo.