Estoy entre triste y enojado. Es una historia repetida. Hoy me levanté muy temprano para poder tomar a tiempo el avión que me llevaría a Tucumán y por la radio escuché las primeras noticias sobre la tragedia del boliche Beara en Palermo.

Otra vez volví a sentirme en Cromañón.

Vivimos en un país inseguro, pero no me refiero al nivel de robos. Vivimos en un país donde es un riesgo ir a un recital de rock porque el local puede estar rebasado de gente y las bengalas pueden causar una tragedia inimaginable. Vivimos en un país donde es un riesgo ir a una plaza con tu hijo porque te puede aplastar una estatua. Vivimos en un país donde es un riesgo cruzar la calle porque te puede arrollar un colectivo. Vivimos en un país donde es un peligro ir al gimnasio porque se puede derrumbar en tu cabeza. El ingeniero que construía al lado era un irresponsable pero a pesar de las advertencias del gremio nadie clausuró la obra.

Vivimos en un país donde es un riesgo ir a bailar porque el local se pude incendiar y no hay salidas de emergencias adecuadas. Y todo porque la policía y los inspectores recibían coimas.

Vivimos en un país donde es peligroso consumir un medicamento porque puede ser trucho y te lo vende tu obra social. Vivimos en un país donde es un riesgo ir al banco porque te pueden matar en una salidera y el tipo que te marcó estaba atrás tuyo en la cola. Vivimos en un país donde si no te cuidás vos no te cuida nadie. Vivimos en un país donde el estado parece llegar siempre tarde.

Vivimos en un país donde los ciudadanos son de baja intensidad y la mayoría piensa que no va a pasar nada, aun cuando se percibe el peligro con claridad. Y vivimos en un país donde cuando se piensa que no va a pasar nada casi siempre pasa lo peor. No me quiero ir de Argentina, quiero salir de Cromañón.