Luego de la Segunda Guerra Mundial, durante la Guerra Fría, a lo largo de los póstumos episodios colonialistas y mientras los zarpazos del instinto imperial fueron económicamente sustentables, Estados Unidos desarrolló unas Fuerzas Armadas entrenadas y equipadas para derrotar a cualquier ejército convencional. Una versión tecno y remasterizada del concepto de “guerra total” acompañó como doctrina la mayoría de las empresas bélicas emprendidas por Washington durante las últimas dos décadas: destruir totalmente la capacidad de quienes fuesen identificados como “enemigos” era un objetivo al pie de cuyo altar había que ofrendar todos los recursos humanos, militares, tecnológicos y de cualquier otro tipo.

En el año 2006, el general David Petraeus testeó en Irak lo que luego se conocería como el Manual FM 3-24, texto que fue diseñado para llenar una brecha doctrinaria en el ramo “operaciones de contrainsurgencia”. Hacía veinte años que el Ejército norteamericano no publicaba un manual de campo dedicado exclusivamente al tema, y 25 que no lo hacía la Marina; Irak y Afganistán magnificaban la falta.
El manual desarrolla el criterio de “conflicto asimétrico”, superador del de “guerra total”. Allí es posible leer que “se pueden ganar todas las batallas y no ganar la guerra (…). En los conflictos asimétricos, la cuestión no es derrotar al enemigo, sino quitarle el apoyo de la población”.
El periodista madrileño Jesús Rodríguez, especializado en grandes reportajes y perfiles de celebrities, relata un episodio acaecido el 3 de junio de 2010 en Sang Atesh Mamakah, un vecindario situado en la provincia de Badghis, al oeste de Afganistán. “Es esto”, dijo a nadie en particular el general Stanley McChrystal, por entonces máxima autoridad militar extranjera en el país. Un oficial español que intervino en el match lo relata para el diario español El País: “Habíamos repelido por la mañana un ataque de la insurgencia; hubo un tiroteo muy fuerte. Se retiraron a las montañas. Lo pasamos mal. Necesitábamos soltar adrenalina. Y echamos un partido a nuestros compañeros del Ejército afgano, la gente con la que trabajamos, comemos y dormimos”.

Michael Hastings, en una asombrosa entrevista que le hiciera para el magazine Rolling Stones a Stanley McChrystal (para quien hubiese sido mejor una entrevista anodina, dado que le costó el puesto y fue sustituido por David Petraeus), desarrolla algunas de las ideas centrales del FM 3-24: por ejemplo, la doctrina requiere un gobierno local creíble.
Una prueba de las dificultades existentes para ir desde el living a la cama, o desde el papel a la práctica, fue ofrecida a los norteamericanos en febrero de 2010. El día anterior a descerrajar la ofensiva de Marja –la más importante operación militar del año–, McCrhystal se desplazó hasta el palacio presidencial para que Karzai la suscribiera. El staff del presidente insistió en que su excelencia estaba durmiendo su siesta y no podía ser molestado. Un oficial de la Legión que cumplió cuatro meses en Qala i Naw (ciudad de sesenta mil habitantes en el noroeste afgano) explica que se acabó el concepto de “guerra total”. “Es imposible ganar un conflicto asimétrico con un componente militar. La solución no llega por la aplicación de la fuerza. Los militares aportamos un elemento de reacción rápida, de seguridad, pero los nuevos conflictos tienen actores civiles, policiales, gente de narcóticos, diplomáticos, analistas, ONGs… Es un trabajo de equipo, y todo bajo el escrutinio del Parlamento, la prensa y la opinión pública”.

Según el manual, para obtener la victoria hay que contar con los afganos. Hablar claro y escuchar en silencio. Saber sobre su cultura y sorprenderlos con alguna frase en su idioma. “Comer, dormir y trabajar juntos”, sintetizaba McChrystal. “Nosotros tenemos mejores armas y técnicas de guerra. Pero los afganos hablan la lengua de los insurgentes, conocen sus costumbres y tienen mejores fuentes de información. Por eso, es tan importante vivir y luchar a su lado”.
El Manual FM 3-24 es tanto una receta como una somatización; el evangelio para ganar en este conflicto y la exteriorización de que ya no es posible naturalizar las ideas yacentes en la “Operación Libertad Duradera” –expresión empleada por el ex presidente norteamericano George W. Bush el 22 de marzo de 2003, cuando anunció el ataque a Irak–, o en la expresión “daños colaterales”. Y también, una hoja de ruta para otear algunos problemas de palacio.
Concretar, en los términos del manual, la faena en Afganistán podría insumir diez años. ¿La prensa, la opinión pública y la política son entidades de naturaleza paciente y contemplativa? Los republicanos de la Asociación Nacional del Rifle tildan a Obama de “paloma”; los demócratas más liberales de “halcón”. Lo tupacamarizan, por un lado, el complejo industrial-militar estadounidense y por el otro, su inexperiencia en lidiar con centauros. Hastings cuenta que en una ocasión, McChrystal se reunió con Obama y una docena de oficiales senior en un cuarto del Pentágono denominado “Tanque”. De acuerdo con fuentes informadas, McChrystal notó al presidente “incómodo e intimidado” dentro de esa sala llena de jefazos castrenses. Como para no echarlo a McChrystal luego de semejante reportaje.

En el terreno beligerante, la ISAF (Fuerza Internacional de Asistencia a la Seguridad, efectivos de la alianza militar de la OTAN en Afganistán) pelea con el FM 3-24 bajo el brazo, pero la Task Force 373, soldados miembros de las Fuerzas de Operaciones Especiales, tiene otra idea: “En ‘Libertad Duradera’ buscamos acabar con el terrorismo. Capturar y matar a los talibanes; localizar sus redes e instalaciones y destruirlas. Queremos hacer de Afganistán un país estable y libre de los terroristas que nos atacaron el 11-S. Ellos empezaron esta guerra (…). ‘Libertad Duradera’ no pregunta, dispara. Somos distintos”.
El periodista español Jesús Rodríguez los describe así: “Dotados de complejos sistemas de guerra electrónica y cubiertos de polvo (…), procedentes de las montañas, exhibiendo su agresiva estética guerrillera: manojos de músculos, gafas oscuras, barbas de muyahidin, pañuelos palestinos, vaqueros ceñidos, botas militares y también el atuendo típico afgano, el shalwar kameez, bajo cuyas túnicas sobresalían los cañones de sus fusiles M4”.
El futuro que presenta Afganistán es impredecible. En noviembre y en Lisboa, los socios de la alianza de la OTAN deberán tomar decisiones. Hasta el presente, no se alcanza a ver sobre qué bases.