EE.UU. es un imperio. Pero no todos los imperios son iguales. No es lo mismo Ciro que Augusto, ni Carlomagno que Guillermo de Orange. Y dentro de un mismo sistema imperial tampoco equivalen sus mandatarios. No son iguales Nerón y Marco Aurelio ni los Bushes y Obama. Creer que los “sistemas” tienen leyes inexorables que atan de manos a los sujetos políticos, proviene de una racionalidad absurda desmentida cada día por la historia. No es menos cierto que la distribución de posibilidades de acción es limitada y el juego social está determinado por reglas específicas.

Hay quienes odian y odiarán a los norteamericanos. Ni el fin de la guerra fría, ni un presidente negro, ni nada, les hará alterar la imagen acerca de una sociedad que califican de genocida, criminal, racista y explotadora universal. Festejarán cada atentado, derrota y fracaso que le toque padecer.

Barack Obama no parece un presidente norteamericano como los que hemos conocido. No sólo por el color de su piel. Su presencia evoca a la de los luchadores sociales y a los que bregan por los derechos civiles. Su oratoria parece provenir menos del discurso académico que del púlpito de los evangelistas. Pero su carácter pastoral no lo emparenta con el ministerio de los fanáticos que linchan herejes, sino con el ruido sordo e inextinguible de los esclavos afroamericanos.

Esta voz lejana de la lucha por la libertad de una raza diezmada se mezcla hoy con los intereses de un imperio que es uno de los más poderosos que ha conocido la historia de la humanidad. Se ha asociado con frecuencia este carácter imperial de la sociedad norteamericana con su antecedente romano. Más de una faceta puede tender puentes entre semejanzas a pesar del paso del tiempo. El mestizaje, el carácter permeable del sistema de creencias colectivas, la absorción de costumbres exóticas y su conversión en modas, la formación de legiones y falanges militares subordinadas a jefes con poder de autonomía creciente, el prestigio de un poder central y la inevitable fragmentación debida a la extensión de fronteras y los conflictos en tierras colonizadas, la decadencia del sistema fundacional de valores y una anomia ética enmarcada por un marco cultural en el que el poder y la riqueza orientan la ambición social.

Esta asociación frecuente para los aficionados a las comparaciones históricas es posible ampliarla de acuerdo con otra perspectiva que también está en las raíces culturales de la sociedad norteamericana. Es la que trajeron a estas tierras –escribo desde Nueva York– los primeros colonos holandeses que provenían de otro imperio que revolucionó el mundo del siglo XVII. El imperio holandés que dominó el capitalismo mercantil desde Djakarta a Recife, en manos de aquellas compañías monopólicas que se atribuían el dominio de las Indias, había consolidado un régimen político con asiento en Amsterdam, de tipo republicano, en el que la tolerancia religiosa, la libertad de expresión política, los principios de austeridad moral y las reglas estrictas que ordenaban el mundo de los negocios mostraban el triunfo de una burguesía expansionista y democrática a la vez. El colonialismo coexistió con una política generosa que le dio refugio a la disidencia europea perseguida por iglesias y monarquías. Tras haber salvado sus tierras del anegamiento por las terribles inundaciones del pasado, los mercaderes de Amsterdam no sólo tenían fe en su futuro, sino que se creían depositarios de una misión religiosa. Dios había puesto su mirada en ellos.

Ser el pueblo elegido, como lo había sido el de Israel, era una creencia asentada en esta nueva clase social segura de sí y con una confianza ilimitada en su entereza para vencer cualquier tipo de dificultades que le impusieran la naturaleza o la fortuna política.

Esta voluntad imperial de un pueblo elegido con una misión es analizada en lo referente a los norteamericanos por mentes de una lucidez a prueba de ideologismos y rencores vengativos, como Edmund Wilson y Harold Bloom, para nombrar a sólo dos hombres de probada calidad intelectual en el universo cultural de los EE.UU. Me refiero a ellos dos porque han incursionado en este tópico desde ángulos no tradicionales, como el de la literatura. Prueba de ello son los libros clásicos Patriotic Gore, sobre la literatura durante la guerra civil norteamericana de E. Wilson, y The American Religión, de H. Bloom.

¿Cómo juega Barack Obama en este poder imperial tan poderoso en tanto vocero de los valores de disidencia, libertad y defensa de los derechos civiles luego de dos años de gobierno? Los EE.UU. tienen varios frentes políticos. La herencia que recibió Obama abarca una intrincada madeja de problemas. En una reciente entrevista que el presidente le otorgó a la revista Rolling Stone repite que sólo los problemas difíciles de solucionar llegan a su despacho. Son aquellos que se presentan bajo las formas de dilemas que no encuentran una sola posibilidad de resolución y que implican siempre algún costo político. Podemos enumerar algunos de ellos como la regulación en las transacciones de futuros, la búsqueda de mayor transparencia en los mercados, las medidas que hay que tomar contra el desempleo creciente, la eliminación de impuestos para la clase trabajadora y las capas medias, el incremento de tasas fiscales para los ricos, la derogación de los privilegios de las gerencias financieras, la política de la salud y de las jubilaciones, el calentamiento del planeta y el efecto invernadero, la elaboración de nuevas normas para incluir a los inmigrantes indocumentados, la política energética y las modificaciones en el área del transporte para disminuir el uso de combustibles a base de fósiles, la guerra de Afganistán y la estrategia de contrainsurgencia en Pakistán, el retiro de tropas de Irak, el control judicial sobre la conducta de las fuerzas armadas en los interrogatorios, el conflicto de Medio Oriente y el intento de convencimiento para que los israelíes modifiquen su política de asentamientos, etc. En cada uno de estos temas hay intereses de enorme magnitud que intentan frenar los cambios, mantener sus posiciones de dominio y reforzar su poderío. Obama puede dar cuenta de cómo en menos de dos años llevó a cabo una política progresista que tiene realizado el setenta por ciento de lo prometido en la campaña por la presidencia. Se sabe que hay millones de pobres en los EE.UU., pero también hay una enormidad de ricos que no quieren ceder nada de sus posesiones y movilizan a la población con persistentes mensajes contra el gobierno, por medio de poderosas empresas de comunicación y donaciones secretas que con el amparo de la ley multiplican hasta por diez la recolección de fondos de su partido.

La entrevista termina con la pregunta del editor sobre los gustos musicales de Obama. Escucha a Miles Davis y a Stevie Wonder, entre otros, y cuando el cronista quiere saber qué le pareció el concierto de Bob Dylan en la Casa Blanca, responde que el cantante hizo lo que todo el mundo esperaba de él. No ensayó con anterioridad, llegó sobre la hora, no saludó previamente a la pareja presidencial, cantó una sola canción, The times they are a-changin, y al terminar se acercó a la butaca y le dio la mano a Barack con una leve inclinación de cabeza y una sonrisa. Luego se fue. Obama dice que hizo lo que un Dylan hace y debe hacer, ser escéptico, distante y lejos de todo tipo de complacencia y adulación.

*Filósofo (www.tomasabraham.com.ar). Desde Nueva York.