Ricardo Alfonsín y Hermes Binner se llevan bien, se aprecian. Por ejemplo, se dispensan mutuamente mucho más respeto y confianza que el que cualquiera de ellos deposita en la diputada Elisa Carrió. Más aún, es posible que el gobernador tenga mejor empatía con el diputado radical que con su compañero socialista Rubén Giustiniani. Y que el diputado radical valore más a Binner que a su correligionario Julio Cobos. Hete aquí que no se ponen de acuerdo, lo que no contradice lo antedicho porque discuten una táctica, poder e intereses. La controversia no tiene una instancia superior que la resuelva, ni se podría zanjar por pura argumentación o racionalidad. Ni una computadora de ultimísima generación ni el mejor politólogo del mundo podrían proponer una solución virtuosa para ambos, inapelable. De nuevo: es la política… si usted no quiere ser estúpido.

La polémica es, conceptualmente, sencilla. Es factible una coalición entre socialistas y radicales. Pero éstos proponen un añadido pragmático que es sumar al diputado Francisco de Narváez, un dirigente peronista y de (acentuado) centroderecha. El objetivo, claro, es sumar votos.

Binner cree que ese pacto desnaturalizaría la alianza (con minúscula) y recuerda, mucho más que Alfonsín, a la Alianza (con mayúscula).

Las tratativas se prolongan, en parte porque ambos tratan de disuadirse o de (amablemente) quebrar la voluntad del otro. Y también, aunque se explicite menos, porque los dos imaginan que el que “rompa” puede pagar un costo simbólico. ¿Alto, bajo, tremendo, irrisorio? Vaya usted a saber, la política es muy compleja.

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La historia reciente, desde 1973 hasta hoy, comprueba que los ganadores de las presidenciales cosechan (deben, pues, “armar” para poder cosechar) un porcentaje muy alto de los votos válidos, más del cuarenta por ciento, a veces del cincuenta. Fue y es forzoso por normativa legal, cuando existe ballottage (en 1973 y desde 1995 tras la reforma constitucional). Ocurrió “de facto” por obra de la polarización en 1983 y 1989 cuando Raúl Alfonsín y Carlos Menem llegaron al sillón de Rivadavia. En una sociedad compleja, pluralista y en un sistema federal acceder a tamaña carrada de votos impone (o propende a imponer, por ser cautos) interpelaciones vastas en lo ideológico y policlasistas. Para el peronismo, dirá el observador más inadvertido, no es novedad y por lo tanto ni merece desarrollarse en esta nota.

Para el radicalismo, si bien se mira, tampoco. El presidente Alfonsín sumó votos progresistas, más todo el espectro conservador de su propio partido, más el electorado propiamente gorila. En 1989 (dato casi olvidado) Eduardo Angeloz hizo una elección decorosa contra Menem sumando los votos de la lista boina blanca con la de una “colectora” sui generis en la que se alió con Cristina Guzmán, que era tan de derechas como De Narváez, amén de procesista. La Alianza también fue catch all, agarró de donde pudo. En suma, ampliar el espectro ideológico es, para quien compite por la presidencia, una táctica bastante racional, lindante con lo imperativo.

Cuestionarlo en términos de estricto purismo puede llegar a ser, en eso tienen su lógica los radicales, un reclamo excesivo. Al fin y al cabo, el Frente para la Victoria es muy amplio y hasta laxo en su arco de apoyos (que va desde Gildo Insfrán hasta el Movimiento Evita o Martín Sabbatella por decirlo de modo paródico).

Pero Binner no disiente solo en términos abstractos o de pureza política, aunque (como buen polemista) subraye ese aspecto. También agrega un ingrediente práctico, no ya para ganar sino para gobernar, lo que dista de ser una nimiedad. El cronista, seguramente por limitaciones de su pensamiento, sólo puede sintetizar este punto apelando a un vocablo caro a los peronistas. Una coalición amplia, desde un vértice superior considerado valorable (“progresista” en este caso) se justifica y sobrevive si quien la lidera se da maña para “conducirla”. Esto es, para llevar al conjunto hacia objetivos y realizaciones consecuentes con el ideario y el proyecto de quien la encabeza. Con contradicciones, limitaciones y concesiones, pero primando en la determinación del rumbo. Debe, en esos términos, garantizar la gobernabilidad política y la sustentabilidad económica que son demandas perennes de la ciudadanía.

Forcemos una reseña, ciertamente veloz y digna de un abordaje más profundo, sobre diversas experiencias previas. Raúl Alfonsín pudo imprimir su sesgo a su “movimiento” hasta 1986 o 1987, luego sucumbió a los poderes fácticos. Carlos Menem, haciendo suyo el programa del establishment, mantuvo las riendas y el liderazgo imponiendo su proyecto por diez años, incluso pese a su derrota en las urnas en 1997. Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner instrumentaron su proyecto en un contexto de marcada estabilidad política, social y económica, en términos comparativos con los precedentes argentinos. Si se mira más lejos, Juan Domingo Perón articuló un modelo de país nacional, popular y “laborista” entre 1945 y 1955. En 1973 le estaba costando mucho conducir a su propio movimiento, su muerte impide emitir un juicio tajante sobre su potencial en ese sentido, pero es patente que Isabel Perón fue notoriamente incapaz de liderar al peronismo, ni qué decir al país. Desde luego, la valoración de las distintas experiencias no será (para nadie, tampoco para el cronista) idéntica, pero el punto (híper relevante, más vale) no es el eje de este análisis. El cronista propone que sería necio discutir que un liderazgo que no se sostiene en el gobierno, en términos de estabilidad y direccionalidad, es riesgoso y contraproducente, para la población tanto como para la fuerza que lo encabeza.

Binner alerta acerca de cuán infausto y didáctico fue el gobierno de Fernando de la Rúa, montado en una coalición política más homogénea, con más rodaje y mejor representación parlamentaria que la que tiene Alfonsín. La advertencia es pura sensatez. Lo que no dilucida la respuesta al dilema en términos negativos, pero genera una preocupación seria.

Los radicales imaginan que podrán resolver el brete. Otros, el cronista incluido, suponen que sería entre dificilísimo e imposible.

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Los grandes medios de comunicación no cavilan: incitan a Binner a ceder, lo regañan con acre severidad. La bronca viene desde hace un rato, desde que el socialista apoyó la ley de medios audiovisuales, pensando en términos político-ideológicos y también pragmáticos. La estructura de los medios dominantes le impedía poder propagar mensaje alguno que llegara a toda Santa Fe sin pasar por las cabeceras porteñas de los multimedios.

El gran empresariado ya no es unánime pero, en general, se pliega a la demanda de los medios dominantes. Su punto es destituir al kirchnerismo, relevarlo. Tal su principal bandera, lo demás vendrá después. No es que no tengan un programa sino que sería antipático sincerarlo. Tras el pliegue “republicano” se oculta un proy
ecto regresivo cuyo pilar es la recuperación del poder de las corporaciones en detrimento del poder político.

Tales son, cifra el cronista, las coordenadas del debate. Todos los factores deberían ser tomados en cuenta y la dilucidación, que incluye profecías sobre el futuro, no es sencilla.

En el ínterin, radicales y socialistas discuten ese aspecto central y también las futuras listas nacionales en Santa Fe. Las dos historias, claro, continuarán.